domingo, 1 de mayo de 2011

LAS BATALLAS DE LIBIA

LAS BATALLAS DE LIBIA

Desde hace ya más de dos meses (si tomamos el 17 de febrero, ”the day of rage”,  como punto de partida del conflicto),  la comunidad internacional se halla pendiente de los acontecimientos que se desarrollan en Libia. A pesar de que éstos están cargados de un tenso dramatismo, no es posible ignorar que buena parte de la opinión pública internacional no deja de mirar el conflicto desde una suerte de perspectiva ”deportiva”.
En efecto, los partidarios de ”los rebeldes” o ”los insurrectos” (la terminología utilizada por la prensa global cambia según el idioma utilizado) saludan entusiastamente desde sus blogs, o en sus comentarios a los diferentes artículos, cada kilómetro ganado sobre las fuerzas gubernamentales. Al mismo tiempo aquellos que ven en la intervención votada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas una simple engañifa instrumentada por Occidente y el “gran Satán” que los dirige, el imperialismo norteamericano, saludan lo más visiblemente posible los logros militares de las fuerzas armadas de Gadafi.
No es la primera vez que este tipo de alineamiento frívolo en torno al desarrollo de un conflicto serio se constata en la opinión pública y, a veces, esa polarización facilonga complica fuertemente el análisis (a veces incluso el desarrollo mismo) de algunos conflictos bélicos internacionales. Es exactamente lo que está pasando en Libia.
En este conflicto,  mientras se trató del enfrentamiento entre la población civil y el régimen gadafista, todo parecía ser una suerte de ”remake” de los escenarios inmediatamente anteriores de Túnez y de Egipto. Sólo los irredimibles vocacionales del autoritarismo ensayaban una tímida defensa del régimen. Pero cuando, el 17 de marzo, el Consejo de Seguridad autoriza, mediante la Resolución 1973  a la comunidad internacional a "…tomar todas las medidas necesarias… para proteger a los civiles y a las áreas pobladas bajo amenaza de ataques…"… ”…incluyendo la creación de una zona de exclusión aérea sobre el país”  las lecturas sobre el conflicto se complican. Los defensores de Gadafi y los partidarios del autoritarismo,  por lo general eternos defensores de ”la autonomía” que protege sus tropelías encontraron, en la crítica a la ayuda internacional, la excusa para defender un régimen cuyas prácticas son, desde hace décadas, inadmisibles.
El pronunciamiento formal de las Naciones Unidas fortaleció al campo insurgente y tanto la opinión pública libia como la internacional creyeron que Gadafi tendría un corto final, como poco antes lo tuvieran Ben Alí y Mubarak. Pero las cosas serían distintas y, rápidamente, el campo anti-gadafista comenzó a impacientarse, y continúa impacientándose, sin lograr analizar adecuadamente la realidad del conflicto en curso.
Por un lado los ”insurrectos”, más allá de sus respetables y compartibles reivindicaciones, políticamente han demorado una eternidad en organizarse en un Consejo Nacional de Transición y, militarmente, parecen ”…militantes de mayo 68 con kalachnikovs…”, según los calificara, antes de ayer, un sarcástico diplomático occidental. Lo que queda del ejército del régimen sigue siendo militarmente capaz de detenerlos por un buen tiempo. Por el otro, la Resolución 1973 excluyó (aunque no explícitamente) la intervención militar terrestre en suelo libio con lo que estableció en buena medida las modalidades tácticas mismas de la intervención que autorizaba. Aunque el marco de la autorización no deja de tener ambigüedades, y la OTAN y los países que participan en el apoyo a la revolución libia han cometido errores, no tiene sentido que en la comunidad internacional los partidarios de los rebeldes reclamen reiterada y airadamente ”…mayor apoyo de la OTAN…”, ”…armas para los rebeldes…”, “…más bombardeos contra las fuerzas de Gadafi…”, ”…apoyo militar directo…” o, aún peor, protesten contra ”…las ambigüedades del mandato extendido por el Consejo de Seguridad…”. Que quienes están arriesgando la vida en el frente clamen por mayor y más eficaz ayuda, se entiende perfectamente. Que quienes están sentados en los ”desks” de los media occidentales clamen y vociferen contra Inglaterra, Francia, EE.UU. y los escasos países que se han echado el fardo arriba de ayudar a combatir a Gadafi, es no entender ni la naturaleza política ni la importancia histórica de lo que está pasando en múltiples países árabes desde finales del año pasado (Túnez, Egipto, Yemen, Bahrein, Siria, Marruecos, etc. ) ni lo que representa el pronunciamiento del Consejo de Seguridad en el caso de Libia.
Empecemos por esto último. La Resolución 1973 del Consejo es una obra de orfebrería diplomática orquestada para: a) evitar el veto de Rusia y China, y el voto en contra de otros países claves como India y Alemania, a cualquier tipo de intervención internacional en Libia, permitiendo así algunas formas de apoyo importantes para que los insurrectos puedan enfrentar a Gadafi; b) contemplar la voluntad de los EE.UU. de jugar un papel no protagónico en esta guerra (porque, entre otras cosas, así lo requiere la coyuntura electoral que enfrenta Obama); c)  tomar en cuenta seriamente lo que, en forma reiterada, han manifestado tanto las autoridades recientemente constituidas de la oposición libia, como algunos países árabes proclives a la intervención, así como la inmensa mayoría de la opinión pública del mundo árabe: “…no queremos que en Libia se repita ni Irak ni Afganistán…“. Los países árabes aspiran a un cambio, que parece tener aspiraciones genuinamente democráticas y que no pretende alinearse en un eje anti-occidental pero que quieren llevar a cabo ellos mismos. Todo exceso de intervención occidental puede poner precisamente en riesgo las características de este novedoso proceso de mutación política.
En otros términos, y vamos al meollo de la cuestión que nos ocupará en el editorial de la semana que viene: lo que sucedió y sucede en el mundo árabe desde el mes de diciembre del 2010 tiene dimensiones globales y, en el pasado inmediato, sólo es comparable a la implosión de la URSS y al (re)nacimiento de innumerables países, en algunos casos democráticos, en el entorno del fracasado bloque soviético. Todo indica que los pueblos de los países árabes, hasta ahora sometidos a regímenes de corte autoritario, aspiran a ser, en muy buena parte, los conductores de estos procesos de intento de transición a la democracia. Que la impaciencia política, las tensiones interaliados occidentales o los intereses económicos más cortoplacistas no sigan reclamando ruidosamente MÁS intervención, cuando, lo que urge, es MEJOR colaboración con los nuevos regímenes en gestación.