domingo, 27 de julio de 2014

JAPÓN EN BUSQUEDA DEL LIDERAZGO PERDIDO






Japón: Entre Estados Unidos y China
En busca del liderazgo perdido
                  Por Carlos Moneta

Tercer potencia económica mundial, sólo desplazada del segundo puesto por China, Japón  busca sobreponerse de la crisis económica y de los desastres naturales y nucleares que azotaron recientemente al país. Rodeado por una región colmada de tensiones por conflictos históricos territoriales, económicos y la injerencia de potencias externas, como Estados Unidos y Rusia, busca a través de la diplomacia económica contrarrestar tanto el ascenso de China como su dependencia de Estados Unidos. Pero en el camino deberá hacer frente a los cambios impuestos por el neoliberalismo en su sociedad: la reconfiguración de su estructura productiva y la precarización de sus trabajadores.

Notas destacadas:
La configuración del Japón de posguerra es asimétrica: una potencia económica que cuenta con una reducida talla política.
El Acuerdo de Asociación Transpacífico, de concretarse, contaría con una población cercana a los 660 millones de personas y representaría el 50% del PIB mundial.
Japón promueve la presencia de EE.UU. en Asia, pero de manera acotada, ya que coincide con China en la necesidad de preservar la autonomía de la región.

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La fortaleza de Japón, su resistencia a todo tipo de crisis así como su capacidad para reconstruirse, no comienza tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial sino a partir de la era Meiji (1868-1912), cuando se embarcó en un sostenido proceso de modernización con el propósito de alcanzar el nivel de desarrollo occidental. El archipiélago hoy sigue luchando por sobreponerse no sólo a la crisis económica sino también a las catástrofes tanto naturales como nucleares que azotaron al país.
Japón es la tercer potencia económica del mundo y juega, por lo tanto, un papel clave en la nueva configuración regional e internacional. Cuenta con un producto interno del orden del 8% del PIB mundial; es el primer acreedor internacional, con un patrimonio neto cercano a los 2.500 billones de dólares en tenencias externas, y dispone de 12.000 billones de dólares en ahorros, y participa actualmente del 5% del comercio global. Dispone además del 45% del parque robótico existente y es la segunda potencia en inversión y desarrollo, contando con la capacidad para generar los bienes de consumo de alto valor que se requerirán en el futuro.
Esta potencia, asimismo, logró preservar una inversión del orden del 3% del PIB en inversión y desarrollo a lo largo de la década del noventa, cuando su crecimiento fue cero, muy bajo o errático. Esto posibilitó la preservación de sus posiciones de liderazgo en el campo de la salud, el cambio climático, el uso de fuentes de energía alternativa, la electrónica digital, la tecnología de información y telecomunicaciones, pantallas de cristales líquidos, robots industriales y nanotecnología. Varias de esas áreas constituirán los principales ejes de inserción económica internacional de Japón en las próximas décadas.

La flexibilización de la economía nipona 

El modelo económico que caracterizó a Japón hasta fines del siglo XX, basado fundamentalmente en la intervención concertada del Estado en la economía, en una capacidad de ahorro abundante canalizada en la industria, y un sistema de educación igualitario, se encuentra ahora sometido a drásticos desafíos, dados las particulares transformaciones del sistema productivo internacional y transnacional.
Estos cambios involucran una reorganización de la vida social, como la incorporación plena de las mujeres al trabajo, el reciclaje de trabajadores en edad de retiro, la robotización y la medicina preventiva. La reducción de las inversiones en obras públicas, la pérdida del “trabajo de por vida” y un insatisfactorio funcionamiento de la democracia japonesa -que a través del largo período de dominio del Partido Liberal Democrático (PLD) privilegia políticas conservadoras y pierde la capacidad de adaptarse a los cambios externos- genera un importante grado de frustración social. La sociedad japonesa hoy se divide entre kachigumi (ganadores) y makegumi (perdedores).
Deja así de tener vigencia el modelo industrial que asombró en décadas pasadas al mundo, caracterizado por una estrecha relación entre la administración gubernamental y las empresas, la existencia de grandes grupos industriales cerrados y relaciones de trabajo organizadas a partir de un objetivo de estabilidad. La independencia financiera y estratégica alcanzada por las grandes corporaciones y la reducción de la competitividad en sectores en los cuales Japón no tenía casi competencia, como los productos electrónicos para el gran público, contribuyeron a su erosión.
La mayor competitividad del resto de Asia Pacífico ejercerá una presión sustantiva sobre la economía nipona, contribuyendo a la reconfiguración de la estructura productiva del país. Éste cuenta ahora con una nueva oportunidad: el notable crecimiento de la clase media de China, del Sudeste Asiático e India, que genera una fuerte demanda para la producción  japonesa. Japón, gracias a su inversión extranjera directa (IED), asistencia al desarrollo y su papel clave en la promoción del desarrollo industrial de la región, surge como uno de los primeros socios comerciales y financieros. Si bien China representa una competencia de primer orden, también constituye su principal socio comercial y espacio para la localización de sus principales empresas e inversiones, aportando más del 40% de los beneficios totales nipones.
El modelo japonés incorpora experiencia y recursos provenientes de fuentes externas, desarrollándose un mercado de trabajo exterior a las empresas. Asimismo, los jóvenes profesionales, más individualistas, desean incorporar experiencias de trabajo distintas y emigrar a otros horizontes. Estas situaciones orientan al modelo hacia la flexibilización laboral, con ventajas de competitividad para las empresas y las consecuencias nefastas para los trabajadores japoneses.
Shinzo Abe, primer ministro japonés, presentó un nuevo programa económico para reactivar la economía, prometiendo llevar adelante una expansión fiscal a gran escala, que permita alcanzar un crecimiento del PIB del 3%. Desde el punto de vista financiero, puso énfasis en la necesidad de combatir la deflación, para lo cual consideraba que el Banco Central de Japón debía llevar a cabo una expansión casi ilimitada de sus aportes (véase Makoto, pág.31).
El plan ha comenzado a rendir fruto, pero su evolución es aún incierta. Miembros del gobierno utilizan por primera vez en seis años, la palabra “recuperación” por el aumento del consumo privado y una mejora de la inversión empresarial. No obstante, Japón tuvo en 2013, por tercer año consecutivo, un déficit comercial, dado que la depreciación del yen, si bien benefició las exportaciones, también encareció las importaciones, particularmente las de energía y no se ha logrado aún uno de los objetivos más importantes: incorporar plenamente las Pymes al comercio exterior por vía de apoyo y guía que debería ser provisto por las empresas transnacionales japonesas.

La estrategia: valores culturales y realpolitik 

Tras la Segunda Guerra Mundial,  Japón asumió un papel de “presencia occidental” en Asia Pacífico jugando simultáneamente un rol fundamental en la construcción económica regional. Esos logros desea preservarlos a través del estimulo de la presencia de Estados Unidos, pero de manera acotada, ya que más allá de diferencias con China, coincide en la necesidad de afirmar la identidad y un grado importante de la autonomía de la región. La declarada política nipona de “participación y compromiso constructivo” en Asia Pacífico y la actual orientación de la política exterior china, coinciden en la voluntad de evitar tensiones mayores, que perjudiquen su relación bilateral.
Contribuir a orientar el potencial que representan China e India, de una manera que, según sus valores e intereses considere constructivo para la estabilidad y el crecimiento sustentable de Asia y del mundo, constituye un tema de importancia para Japón. Forma parte de esa tarea la promoción de ciertos valores en Asia Pacífico –democracia, derechos humanos y el imperio del derecho- y forjar, junto a otros países, un desarrollo regional estable, basado en el entendimiento y la cooperación mutua.
En ese contexto, acercarse a la lógica que guía la política exterior del país requiere tener en cuenta los factores culturales: ¿cuál es la autopercepción de Japón sobre su lugar y función en el mundo? ¿Cuáles son sus valores?
La configuración del Japón de posguerra es asimétrica: una potencia económica que cuenta con una reducida talla política. De acuerdo a su ethos, procura alcanzar y mantener un “lugar honorable” en el mundo y merecer el respeto de las demás potencias. Pero hoy se ha erosionado su sentido de la unicidad ya que los cambios introducidos por la globalización está transformando los valores y formas de vida de las nuevas generaciones. Quizás esta situación constituya hoy su mayor desafío.
Japón se anima ahora a invertir una parte considerable de su liderazgo en la construcción de un sistema de integración regional. Pero no resultará fácil por el ascenso chino, los conflictos territoriales históricos con esta potencia, con Corea del Sur y con Rusia, las tensiones con Corea del Norte y, por último, las diferencias de perspectivas respecto a los procesos de integración regional.
Su dependencia de Estados Unidos en términos de seguridad y la década económicamente perdida en los noventa se convierten en una pesada carga, lastrando su autonomía y capacidad de maniobra en el sistema internacional. Comprende que de ese peso sólo podrá librarse si adquiere todos los recursos de un país desarrollado contemporáneo. Posee un alto nivel tecnológico, empresas transnacionales y enormes inversiones y dividendos externos, pero necesita incrementar su potencial militar y asumir nuevamente el crecimiento. La interacción de esas pulsiones y procesos genera una crónica inestabilidad política interna.
Japón debe participar activamente en la construcción de un mundo estable y pacífico, constituyendo ésta una condición necesaria para la prosperidad del país. En ese marco, surge la necesidad de que se superen las tradicionales visiones introspectivas y que con el apoyo de Estados Unidos y la Unión Europea (con la cual está negociando un tratado de libre comercio) haga uso de sus fortalezas, no solo en Asia Pacífico, sino más allá de la región. Con un enfoque más moderno, se propone que esa tarea se lleve a cabo con la participación de distintos actores de su sociedad, que incluirían, además del Estado, a las organizaciones no gubernamentales, empresas, gobiernos locales y otros agentes.

Diplomacia económica y estratégica

Japón observa cómo ahora debe compartir su posición de líder regional con China. Por esa razón el país debe desarrollar una diplomacia proactiva hacia Asia Pacífico, que incluya a su vez el mantenimiento de su relación de seguridad estratégica con Estados Unidos.
Al configurar actualmente el espacio asiático un área de confluencia entre potencias externas y países de la región, Japón enfatiza su deseo de fortalecer bilateralmente la cooperación con los países vecinos (China, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, India), prestando, asimismo, particular atención a la diplomacia multilateral. De igual manera, cabe destacar que la visión nipona sobre el sistema internacional y los instrumentos utilizables para la política exterior se tornan más complejos y sofisticados, procurando incorporar de manera más efectiva para su ejercicio, distintas organizaciones y actores sociales y transnacionales.
Surge ahora, el concepto de “múltiples redes interactivas” en distintos campos. En el caso de Asia Pacífico, pueden establecerse mediante redes multilaterales de diálogo con entes como la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN); la Comunidad de Asia del Este (EAS); el Foro Regional del ASEAN (ARF) y, con carácter transpacífico, la Conferencia de Cooperación de Asia Pacífico (APEC).
Se cuenta además con distintos acuerdos de libre comercio como la “Asociación Económica Regional Integral” (en negociación), que incorpora a Japón, China, Corea, ASEAN, Australia, India y Nueva Zelanda y constituye el mayor espacio de integración asiática incorporando a 3.200 millones de personas y representando un 44% del comercio intrarregional.
Pero Japón, en el plano transpacífico -al igual que varios países del Sudeste Asiático, Australia, Chile, Perú, México y Canadá- está simultáneamente negociando el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), conducido por Estados Unidos. Este proyecto ultra-avanzado de liberalización del comercio, de concretarse, contaría con una población cercana a los 660 millones de personas y representaría el 36% del comercio y el 50% del PIB mundial (1).
El TPP le permitiría a la gran potencia norteamericana contar con un acuerdo que actúe como cuña en los esquemas de integración asiáticos, fragmentándolos mediante la incorporación de Japón, Vietnam y otros países de ASEAN. El Acuerdo forma parte en el ámbito económico, del nuevo enfoque estratégico estadounidense de “pivote” sobre Asia, percibida ahora como un área de “importancia estratégica vital”, que debería servir de “contrapeso” al ascenso económico de China en el mundo. Así Japón se desliza, en una cuerda floja, entre Estados Unidos y China.
En ese contexto,  se establece un delicado juego de equilibrios cambiantes en la Cuenca del Pacífico, a partir de las interacciones que se suceden entre las potencias locales –China, Japón e India (en los cuales intervienen también Corea del Sur, Australia y otros países de la región)- y las “externas” en el marco regional y global, Estados Unidos y Rusia. Surgen así múltiples juegos, tanto de “cooperación-competencia” en el campo económico, como de “cooperación-conflicto” en el ámbito geoestratégico. Así, por ejemplo, las interacciones Japón-ASEAN están en parte, limitadas por las correspondientes a ASEAN-China. En otro ámbito, Tokio percibe a Nueva Delhi como un aliado estratégico frente a Pekín, pero mantiene simultáneamente interacciones en las dos dimensiones citadas con China (cooperación científico-tecnológica y competencia por mercados en los países en desarrollo).
Japón cuenta con los recursos y los conocimientos necesarios para su adaptación a los nuevos desafíos; todo depende de los caminos que elijan sus gobernantes y su sociedad.



         Carlos Moneta, “Los Mega Acuerdos Transrregionales: uno de los instrumentos principales de la actual fase de globalización económica”, Centro Interdisciplinario de Estudios Avanzados, UNTREF.

sábado, 26 de julio de 2014

"El pensamiento de Alexis de Tocqueville", por Javier Bonilla Saus

Estado de naturaleza, relaciones internacionales y justicia en Thomas Ho...

Contrato social, justicia distributiva y teoría del valor

¿Qué lugar para Dios en la esfera pública?

En los orígenes del constitucionalismo moderno. La obra de Montesquieu

El contractualismo de Algernon Sydney

jueves, 24 de julio de 2014

LE FASCISME ET L´ INTOLERANCE RELIGIEUSE S´INSTALLENT PARTOUT EN MOYEN ORIENT




        LE FIGARO
       24 juillet 2014

L'Etat islamique ordonne l'excision de toutes les femmes à Mossoul

          Par Lucile Quillet
Femmes irakiennes Photo AP
Femmes irakiennes de la région de Mossoul.
La « fatwa » imposée par les djihadistes de l'Etat islamique, qui contrôle depuis un mois la région de Mossoul, au nord de l'Irak, concerne potentiellement quatre millions de femmes et jeunes filles.
 
Les djihadistes de l'Etat islamique ont ordonné l'excision de toutes les femmes et jeunes filles de Mossoul, la région du nord de l'Irak qu'ils contrôlent depuis le mois dernier, ont rapporté jeudi les Nations Unies. La « fatwa » imposée par les djihadistes concerne potentiellement quatre millions de femmes et jeunes filles entre 11 et 46 ans, a précisé Jacqueline Badcock, coordinatrice humanitaire de l'Onu en Irak, lors d'un point de presse par visioconférence.
 
« Ce n'est pas la volonté du peuple irakien ou des femmes d'Irak de ces régions » a déclaré Jacqueline Badcock qui parlait à Erbil, capitale du Kurdistan irakien autonome. « C'est quelque chose de nouveau pour l'Irak, particulièrement dans cette région, de très préoccupant et il faut s'en occuper ». Les djihadistes de l'EI se sont emparés en juin de vastes régions dans le nord et l'ouest de l'Irak et y ont proclamé un califat, c'est-à-dire un territoire dirigé par un calife, qui revendique la succession de Mahomet.
 
Plus de 130 millions de filles et de femmes ont subi des mutilations génitales dans 29 pays d'Afrique et du Moyen-Orient, d'après les chiffres avancés par l'Unicef lors du Sommet des Filles qui s'est tenu le 22 juillet dernier. Ces pratiques mettent en danger la vie des femmes car elles conduisent à des hémorragies prolongées, des infections, parfois la stérilité et la mort. En Irak, le taux de mutilation avait été divisé par deux ces trente dernières années.
 
 
LINK D´ORIGINE: http://madame.lefigaro.fr/societe/letat-islamique-ordonne-lexcision-de-toutes-femmes-mossoul-240714-899278
 

miércoles, 23 de julio de 2014

CAN PUTIN SURVIVE THE UKRANIAN CHALLENGE ?


Can Putin Survive?

July 21, 2014.

By George Friedman


Vladimir Putin


There is a general view that Vladimir Putin governs the Russian Federation as a dictator, that he has defeated and intimidated his opponents and that he has marshaled a powerful threat to surrounding countries. This is a reasonable view, but perhaps it should be re-evaluated in the context of recent events. 


Ukraine and the Bid to Reverse Russia's Decline

 

Ukraine is, of course, the place to start. The country is vital to Russia as a buffer against the West and as a route for delivering energy to Europe, which is the foundation of the Russian economy. On Jan. 1, Ukraine's president was Viktor Yanukovich, generally regarded as favorably inclined to Russia. Given the complexity of Ukrainian society and politics, it would be unreasonable to say Ukraine under him was merely a Russian puppet. But it is fair to say that under Yanukovich and his supporters, fundamental Russian interests in Ukraine were secure. 

This was extremely important to Putin. Part of the reason Putin had replaced Boris Yeltsin in 2000 was Yeltsin's performance during the Kosovo war. Russia was allied with the Serbs and had not wanted NATO to launch a war against Serbia. Russian wishes were disregarded. The Russian views simply didn't matter to the West. Still, when the air war failed to force Belgrade's capitulation, the Russians negotiated a settlement that allowed U.S. and other NATO troops to enter and administer Kosovo. As part of that settlement, Russian troops were promised a significant part in peacekeeping in Kosovo. But the Russians were never allowed to take up that role, and Yeltsin proved unable to respond to the insult.

Putin also replaced Yeltsin because of the disastrous state of the Russian economy. Though Russia had always been poor, there was a pervasive sense that it been a force to be reckoned with in international affairs. Under Yeltsin, however, Russia had become even poorer and was now held in contempt in international affairs. Putin had to deal with both issues. He took a long time before moving to recreate Russian power, though he said early on that the fall of the Soviet Union had been the greatest geopolitical disaster of the 20th century. This did not mean he wanted to resurrect the Soviet Union in its failed form, but rather that he wanted Russian power to be taken seriously again, and he wanted to protect and enhance Russian national interests.

The breaking point came in Ukraine during the Orange Revolution of 2004. Yanukovich was elected president that year under dubious circumstances, but demonstrators forced him to submit to a second election. He lost, and a pro-Western government took office. At that time, Putin accused the CIA and other Western intelligence agencies of having organized the demonstrations. Fairly publicly, this was the point when Putin became convinced that the West intended to destroy the Russian Federation, sending it the way of the Soviet Union. For him, Ukraine's importance to Russia was self-evident. He therefore believed that the CIA organized the demonstration to put Russia in a dangerous position, and that the only reason for this was the overarching desire to cripple or destroy Russia. Following the Kosovo affair, Putin publicly moved from suspicion to hostility to the West.

The Russians worked from 2004 to 2010 to undo the Orange Revolution. They worked to rebuild the Russian military, focus their intelligence apparatus and use whatever economic influence they had to reshape their relationship with Ukraine. If they couldn't control Ukraine, they did not want it to be controlled by the United States and Europe. This was, of course, not their only international interest, but it was the pivotal one.

Russia's invasion of Georgia had more to do with Ukraine than it had to do with the Caucasus. At the time, the United States was still bogged down in Iraq and Afghanistan. While Washington had no formal obligation to Georgia, there were close ties and implicit guarantees. The invasion of Georgia was designed to do two things. The first was to show the region that the Russian military, which had been in shambles in 2000, was able to act decisively in 2008. The second was to demonstrate to the region, and particularly to Kiev, that American guarantees, explicit or implicit, had no value. In 2010, Yanukovich was elected president of Ukraine, reversing the Orange Revolution and limiting Western influence in the country. 

Recognizing the rift that was developing with Russia and the general trend against the United States in the region, the Obama administration tried to recreate older models of relationships when Hillary Clinton presented Putin with a "restart" button in 2009. But Washington wanted to restore the relationship in place during what Putin regarded as the "bad old days." He naturally had no interest in such a restart. Instead, he saw the United States as having adopted a defensive posture, and he intended to exploit his advantage. 

One place he did so was in Europe, using EU dependence on Russian energy to grow closer to the Continent, particularly Germany. But his high point came during the Syrian affair, when the Obama administration threatened airstrikes after Damascus used chemical weapons only to back off from its threat. The Russians aggressively opposed Obama's move, proposing a process of negotiations instead. The Russians emerged from the crisis appearing decisive and capable, the United States indecisive and feckless. Russian power accordingly appeared on the rise, and in spite of a weakening economy, this boosted Putin's standing.


The Tide Turns Against Putin

 

Events in Ukraine this year, by contrast, have proved devastating to Putin. In January, Russia dominated Ukraine. By February, Yanukovich had fled the country and a pro-Western government had taken power. The general uprising against Kiev that Putin had been expecting in eastern Ukraine after Yanukovich's ouster never happened. Meanwhile, the Kiev government, with Western advisers, implanted itself more firmly. By July, the Russians controlled only small parts of Ukraine. These included Crimea, where the Russians had always held overwhelming military force by virtue of treaty, and a triangle of territory from Donetsk to Luhansk to Severodonetsk, where a small number of insurgents apparently supported by Russian special operations forces controlled a dozen or so towns.

If no Ukrainian uprising occurred, Putin's strategy was to allow the government in Kiev to unravel of its own accord and to split the United States from Europe by exploiting Russia's strong trade and energy ties with the Continent. And this is where the crash of the Malaysia Airlines jet is crucial. If it turns out -- as appears to be the case -- that Russia supplied air defense systems to the separatists and sent crews to man them (since operating those systems requires extensive training), Russia could be held responsible for shooting down the plane. And this means Moscow's ability to divide the Europeans from the Americans would decline. Putin then moves from being an effective, sophisticated ruler who ruthlessly uses power to being a dangerous incompetent supporting a hopeless insurrection with wholly inappropriate weapons. And the West, no matter how opposed some countries might be to a split with Putin, must come to grips with how effective and rational he really is. 

Meanwhile, Putin must consider the fate of his predecessors. Nikita Khrushchev returned from vacation in October 1964 to find himself replaced by his protege, Leonid Brezhnev, and facing charges of, among other things, "harebrained scheming." Khrushchev had recently been humiliated in the Cuban missile crisis. This plus his failure to move the economy forward after about a decade in power saw his closest colleagues "retire" him. A massive setback in foreign affairs and economic failures had resulted in an apparently unassailable figure being deposed.

Russia's economic situation is nowhere near as catastrophic as it was under Khrushchev or Yeltsin, but it has deteriorated substantially recently, and perhaps more important, has failed to meet expectations. After recovering from the 2008 crisis, Russia has seen several years of declining gross domestic product growth rates, and its central bank is forecasting zero growth this year. Given current pressures, we would guess the Russian economy will slide into recession sometime in 2014. The debt levels of regional governments have doubled in the past four years, and several regions are close to bankruptcy. Moreover, some metals and mining firms are facing bankruptcy. The Ukrainian crisis has made things worse. Capital flight from Russia in the first six months stood at $76 billion, compared to $63 billion for all of 2013. Foreign direct investment fell 50 percent in the first half of 2014 compared to the same period in 2013. And all this happened in spite of oil prices remaining higher than $100 per barrel.

Putin's popularity at home soared after the successful Sochi Winter Olympics and after the Western media made him look like the aggressor in Crimea. He has, after all, built his reputation on being tough and aggressive. But as the reality of the situation in Ukraine becomes more obvious, the great victory will be seen as covering a retreat coming at a time of serious economic problems. For many leaders, the events in Ukraine would not represent such an immense challenge. But Putin has built his image on a tough foreign policy, and the economy meant his ratings were not very high before Ukraine.


Imagining Russia After Putin

 

In the sort of regime that Putin has helped craft, the democratic process may not be the key to understanding what will happen next. Putin has restored Soviet elements to the structure of the government, even using the term "Politburo" for his inner Cabinets. These are all men of his choosing, of course, and so one might assume they would be loyal to him. But in the Soviet-style Politburo, close colleagues were frequently the most feared.

The Politburo model is designed for a leader to build coalitions among factions. Putin has been very good at doing that, but then he has been very successful at all the things he has done until now. His ability to hold things together declines as trust in his abilities declines and various factions concerned about the consequences of remaining closely tied to a failing leader start to maneuver. Like Khrushchev, who was failing in economic and foreign policy, Putin could have his colleagues remove him.

It is difficult to know how a succession crisis would play out, given that the constitutional process of succession exists alongside the informal government Putin has created. From a democratic standpoint, Defense Minister Sergei Shoigu and Moscow Mayor Sergei Sobyanin are as popular as Putin is, and I suspect they both will become more popular in time. In a Soviet-style struggle, Chief of Staff Sergei Ivanov and Security Council Chief Nicolai Patryushev would be possible contenders. But there are others. Who, after all, expected the emergence of Mikhail Gorbachev? 

Ultimately, politicians who miscalculate and mismanage tend not to survive. Putin miscalculated in Ukraine, failing to anticipate the fall of an ally, failing to respond effectively and then stumbling badly in trying to recoup. His management of the economy has not been exemplary of late either, to say the least. He has colleagues who believe they could do a better job, and now there are important people in Europe who would be glad to see him go. He must reverse this tide rapidly, or he may be replaced.

Putin is far from finished. But he has governed for 14 years counting the time Dmitri Medvedev was officially in charge, and that is a long time. He may well regain his footing, but as things stand at the moment, I would expect quiet thoughts to be stirring in his colleagues' minds. Putin himself must be re-examining his options daily. Retreating in the face of the West and accepting the status quo in Ukraine would be difficult, given that the Kosovo issue that helped propel him to power and given what he has said about Ukraine over the years. But the current situation cannot sustain itself. The wild card in this situation is that if Putin finds himself in serious political trouble, he might become more rather than less aggressive. Whether Putin is in real trouble is not something I can be certain of, but too many things have gone wrong for him lately for me not to consider the possibility. And as in any political crisis, more and more extreme options are contemplated if the situation deteriorates.

Those who think that Putin is both the most repressive and aggressive Russian leader imaginable should bear in mind that this is far from the case. Lenin, for example, was fearsome. But Stalin was much worse. There may similarly come a time when the world looks at the Putin era as a time of liberality. For if the struggle by Putin to survive, and by his challengers to displace him, becomes more intense, the willingness of all to become more brutal might well increase.
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domingo, 20 de julio de 2014

José Joaquín Blanco A PROPÓSITO DE CRÓNICA E HISTORIA




CRÓNICA E HISTORIA

LA CRÓNICA COMO MÉTODO HISTORIOGRÁFICO
Coloquio Deh-Historia contemporánea, INAH, 21 de mayo de 2014. México.
Por José Joaquín Blanco
Al estudiar las obras históricas conviene recordar de vez en cuando no sólo el texto compacto, fijado, sino su proceso de composición y de escritura, su arqueología: cómo llegaron a escribirse. No siempre existió el código contemporáneo científico, académico, de la investigación y la escritura supuestamente puras, con financiamiento y oportunidades suficientes para aislarse un tanto, tomar distancia, de la realidad callejera, y así atender durante largo tiempo a requerimientos y métodos objetivos y tranquilos, como trabajo intelectual estrictamente especializado que atiende ante todo a su disciplina gremial. Pocas obras históricas se han escrito así, y eran casi excepcionales en México hasta mediados del siglo XX, cuando incluso los mayores historiadores, como Zavala y Cosío Villegas, debían compaginar su tareas académicas con funciones políticas, diplomáticas, administrativas, empresariales o periodísticas.
De hecho, no se enseñó profesionalmente la historia en México antes de los gobiernos posrevolucionarios: la historia era una extensión de la jurisprudencia, la filosofía, la literatura. Sólo con la creación y el fortalecimiento de las universidades públicas y de algunos otros centros de estudios superiores se llegó a esta depuración del trabajo historiográfico, aunque en muchos casos actuales se continúa entremezclando con otros tipos de quehacer teórico y práctico, y el historiador comparte y en no pocas ocasiones se beneficia de sus actividades paralelas como político, jurista, militante, periodista, escritor, artista, empresario. La historiografía de la Revolución Mexicana de  Cabrera, Vasconcelos, Guzmán, Sotelo Inclán, Mancisidor, empezó en las páginas culturales o editoriales de los periódicos.
 
Como sabemos, durante le Colonia los historiadores no perseguían el conocimiento objetivo y puro, sino la evangelización y la colonización: buscaban entender mejor a los indios para cristianizarlos y castellanizarlos, como en los casos de Motolinía y Sahagún, y no como a entes de conocimiento neutro o científico. Las grandes obras históricas que ahora celebramos eran en realidad disciplinas ancilares del predicador, del misionero, del oidor,  del gobernador, del administrador. Otras, como las de Cortés y Las Casas, atendían fundamentalmente propósitos jurídicos: justificar la conquista y los méritos del los conquistadores, o ponerlos en tela de juicio. Otras eran casi autobiografía y litigio de méritos personales, como Bernal.
Muchas otras obras históricas novohispanas fundamentalmente se proponían administrar el poder y las tareas de las órdenes religiosas, y sólo en segundo término estudiar rigurosamente los hechos y monumentos del pasado. Conocer para administrar. Y en múltiples ocasiones se ordenó cesar por completo, o moderar, o reservar, las investigaciones históricas o lingüísticas, porque estorbaban esa administración: así por ejemplo, Sahagún se enfrentó a obstáculos superiores, religiosos y políticos, porque conocer demasiado tanto la cultura como la religión y la lengua de los mexicas implicaba, en la opinión de los administradores del gobierno y la iglesia, preservarlos en su identidad, cuando lo que se buscaba precisamente era borrarla para impregnarlos de cristianismo y de castellanización.
De tal modo, en el fondo de la práctica historiográfica prevalecían los fines supremos de administración, evangelización, castellanización y fortalecimiento de las nuevas instituciones políticas y religiosas.
                Esto nos lleva a la construcción de una historiografía marginal, cuando no heterodoxa, cuando tales estudios no parecían fortalecer esos objetivos administrativos o políticos. Así tenemos las enormes peripecias y vicisitudes de Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y fray Servando que navegaron a contracorriente, incluso con episodios de persecución y cárcel.
Tal vez la primera obra historiográfica mexicana en el sentido científico o académico moderno sea la Historia antigua de México de Clavijero, que aprovechó el exilio, la libertad intelectual del exilio, y la libertad de discusión de la Europa ilustrada, para proponerse una emancipación del trabajo histórico y buscar la Verdad Histórica y ya no la mera administración del pasado, como nuevo objetivo. Aunque tal trabajo fue consecuencia de una polémica digamos periodística, si bien no tanto en periódicos en el sentido moderno sino en libros y libelos surgidos del clima de la Enciclopedia, en los cuales, pretendiendo perseguir conocimientos científicos, los pedantes philosophes vigorizaban prejuicios étnicos y nacionalistas no sólo contra los americanos, sino incluso contra los propios españoles. El gran libro de Clavijero, con toda su solidez de conocimiento y pensamiento, fue producto de circunstancias de debate de philosophes, cronistas o periodistas.
Décadas después, también desde Europa, un autor fundamentalmente libelista, cronista, periodista, sermonero, cuya obra hasta entonces desordenada al igual que su azarosa vida entremezclaba todo tipo de disciplinas casi sin otras preocupaciones que la polémica y la aventura, fray Servando Teresa de Mier, se vio en la oportunidad de abrir la historia moderna de México, con un libro que relatara sobre todo a los extranjeros la Historia de la revolución de Nueva España. Aunque sólo se ocupa, pues se publicó en 1813, de los orígenes del movimiento insurgente, funda no sólo la historiografía del México independiente sino esa vertiente, que existe hasta la fecha, de la historia nacional considerada principalmente como la historia de sus revoluciones. México y sus revoluciones, como se llamaría dos décadas más tarde la obra del Doctor Mora.
  
Historia del pasado inmediato, casi del presente, el libro de fray Servando era más periodismo que historia y buscaba divulgar los informes que había recibido sobre la insurgencia, desde el punto de vista de un decidido militante de ella. Todo este aspecto de la historia política de México durante los últimos dos siglos es casi indisolublemente una mezcla de historiografía, ideología, militancia, política, derecho, periodismo, mitologías populares. Y se diría que cuando muchos años o décadas después llega el historiador moderno, científico y riguroso, a limpiar esos establos y depurarlos de inexactitudes, supersticiones y datos sin fundamento, la nueva historia ya depurada de las revoluciones mexicanas se queda sin revoluciones y sin historia, como una mera especulación de estadísticas y datos azarosos o de autentificación de documentos dispersos. Su propio tema imponía precisamente ese estilo militante y misceláneo de composición; y un discurso más seco, al tiempo que la depura, la diseca.
 
Y aquí entramos en el momento más babélico y escandaloso del maridaje de crónica e historia en México: la enorme, desagregada, contradictoria, extravagante, casi esperpéntica obra de Carlos María de Bustamante. Bustamante fue insurgente, periodista, político y su calificación profesional estaba muy por encima del promedio de los intelectuales de su época. ¿Cómo fue entonces que en su obra gigantesca y miscelánea produjo lo que Guillermo Prieto llamaría “nido de urraca”, donde se mezclaban las perlas con todo tipo de bisutería y hasta de basura cultural, historiográfica y política? Porque su concepto de historia no tenía nada de científico, ni siquiera según los criterios de verdad de siglos anteriores: era una historia militante para el momento, en la que valían tanto sus innegables méritos de protagonista, testigo y conocedor de primera mano de algunos de los principales personajes y acontecimientos, como los para él no menores de la tradición oral, de los mitos populares, de los indicios y rumores fundados sobre todo en su éxito social, e incluso sus quimeras y ensoñaciones políticas, ideológicas, históricas y religiosas.
 La abusiva auto permisividad que ejerció Bustamante, para quien el trabajo de historiador se mezclaba con el de trovador de gesta e incluso el de inventor y administrador de mitologías, registra sin embargo buena parte del clima ideológico, intelectual y emotivo de su tiempo, especialmente entre su grupo político, lo que no deja de tener algo de historia según el criterio moderno de que también cuentan como fuentes, de alguna manera, los “monumentos inmateriales”, los datos, dichos y conocimientos sin prueba positiva, como reflejo de la mentalidad y de la emotividad de su sociedad.
 Buena parte de la concepción que ha prevalecido de los héroes y las hazañas no sólo insurgentes, sino incluso de la conquista (como el culto a Cuauhtémoc), y posteriores, hasta la guerra con los Estados Unidos vienen de Bustamante. Pero también revela la precariedad de los discursos historiográficos sin pruebas positivas, circunstancia que aprovecharon historiadores posteriores, especialmente Lucas Alamán, para desautorizarlo en bloque y, de paso, asumir abusivamente como dogma que nada es historia sin fuente positiva que cubra todos los protocolos científicos y académicos impuestos por las sucesivas élites intelectuales.
Con lo que nos quedaríamos ayunos de casi toda historia, pues el propio Lucas Alamán, tan positivista, prueba muy pocos de sus asertos, sólo afirma al igual que Bustamante, que él los vio –y a ratos miente, pues en la batalla de Guanajuato no vio nada, ya que se mantuvo escondido en su cuarto-, o que lo supo de gente de confianza, que en el caso de Alamán no sería el pueblo ni los soldados insurgentes sino la aristocracia “decente”. Con los criterios con que Alamán descalifica a Bustamante, también descalifica buena parte de su propia historia. Y esa es la razón de que a casi dos siglos de distancia siga la querella en prácticamente todos los detalles sobre las guerras de independencia.
 
 Tal vez sea Bustamante, cuyo defecto no sería un exceso de crónica sino un temperamento natural arrebatado, quimérico, esperpéntico; a ratos bilioso, a ratos melancólico, y poco dado a distinguir la realidad objetiva de sus personales presentaciones imaginarias, conceptuales o emotivas, el mayor perfil de la historiografía como crónica a ultranza y como subjetivismo voluntarista.
                Estos defectos de carencia o debilidad de pruebas positivas, tan señalados en Bustamante, en realidad caracterizan a toda la historiografía mexicana del siglo XIX. Sin embargo, a partir de digamos la década de 1830 se prestigia el concepto positivista de la historia hasta imponerlo como dogma. Se supone que la historia positivista exige pruebas científicas, pero lo que abundó en nuestros historiadores positivistas no fue la ciencia, sino la palpable  administración, el discurso administrativo. Y un nuevo protagonista: los números, las estadísticas, los cálculos que muchas veces, rascándole un poco, resultan tan inmateriales como los rumores, los dichos o el imaginario popular.
Pero Alamán y el Doctor Mora echan mano a los números, a los cálculos –que muchas veces ellos mismos fabrican, a ratos con gran tino, o que toman de documentos ajenos de poca rigurosa autenticidad o veracidad, como los siempre contradictorios informes contables de las oficinas de gobierno. A partir de ellos, la historia “seria” se basa en números y datos certificados y la crónica en dichos. Pero pronto los cronistas asimismo asaltan la estrategia contable, y se vuelven prestidigitadores aritméticos, mientras que los positivistas siguen considerando como “prueba científica” los supuestos dichos, ni siquiera escritos comprobables, de personajes de rango. Muchos de esos personajes de rango eran meros comerciantes, hacendados, empleados de gobierno o de negocios privados, curas, políticos, militares, totalmente involucrados en los intereses económicos y en las pasiones políticas en cuestión. No hay manera de certificar la mayoría de las fuentes “científicas” de Alamán, que no debieron ser otras que su correspondencia y sus tertulias personales.
                La realidad presente conjuraba para atraer a todo historiador a ese “nido de urraca” de que se quejaba Prieto. La historia se escribe en esos años poco en libros, y más en los periódicos (que se multiplican prodigiosamente), en libelos, en discursos, en sermones, en memorias administrativas, en correspondencia oficial. Todo historiador trabaja fundamentalmente como cronista, y todo cronista busca algunas de las credenciales nuevas (cifras, documentos prestigiosos y certificados) del historiador, pero con escasa claridad en el México revuelto de los gobiernos de Santa Anna, de la guerra de Texas, de la invasión norteamericana, de las guerras de Reforma y del Imperio.
En realidad no se calmaría ese nido de urraca, debates, altercados, desmentidos, mitologías, calumnias sino hasta el Porfiriato, cuando más por una medida administrativa, casi una orden presidencial, que por criterios realmente científicos o académicos, se recobra la tranquilidad historiográfica a través de una negociación política entre los diversos grupos y sus voceros intelectuales, bajo el mando del grupo liberal triunfante, pero un grupo liberal que se fue volviendo cada vez más conciliador.
                Esta orden administrativa suprema, el presidente como égida de la historia oficial, con respecto a la memoria de la nación; esta política historiográfica porfiriana de administrar el triunfo liberal con una generosa conciliación hacia los bandos vencidos o marginados, es lo que conduce a las dos grandes aportaciones del porfirismo: el México a través de los siglos (1884-1889) y México: su evolución social (1900-1902), dirigidos y parcialmente escritos respectivamente por Vicente Riva Palacio y Justo Sierra, y que conforman, especialmente el primero, el gran canon historiográfico de México,  hasta la fecha, pues los diversos intentos del siglo XX por imponer un nuevo canon, especialmente a través de las diferentes y a veces opuestas versiones de los libros de texto del gobierno, o de las dos versiones de la Historia general de México de El Colegio de México, no han hecho sino continuarlos y reafirmar su estrategia y sus líneas generales.
                Quiero decir que el triunfo historiográfico del Porfiriato, más que optar en la controversia entre ciencia y memoria, entre historia y crónica, entre positivismo y subjetivismo, entre contabilidad y lirismo, se decidió por la administración política oficial de la memoria de la nación.
No debe olvidarse que los dos grandes historiógrafos porfirianos citados también eran narradores, poetas y periodistas, además de políticos. Tampoco que el culto al documento, a la documentación de archivos, no impidió al buen Riva Palacio confeccionar todo un mural del Santo Oficio que acalambra a los historiógrafos académicos modernos, pues a final de cuentas el dato, la fuente, el documento es otro elemento más en la representación imaginaria que construye el historiógrafo. Tampoco que el culto “científico”, en este caso la filosofía social europea del positivismo, que profesó Justo Sierra, le lleva a narrar un discurso político y social no menos imaginativo, no menos cronicado, no menos ideológico, no menos mitológico que los de Fray Servando, Bustamante o Alamán. Pero se buscó administrar el caos a partir de un eje autoritario pero conciliador, la política de don Porfirio y luego de los señores presidentes del PRI en el siglo XX. La claridad de la historiografía porfiriana no devino sólo de mayor ciencia y mayor academia, sino de la égida presidencial. Había que narrar la historia nacional de acuerdo con el proyecto supremo del presidente.
                Mucho más que en el discurso o en el método historiográficos, las grandes aportaciones de la ciencia en los siglos XIX y XX se hicieron presentes pues en la búsqueda, estudio y conservación de las fuentes. Especialmente de las fuentes positivas, aunque a partir de finales del XX se revaloraron otras fuentes como la historia oral, la historia de las mentalidades, la historia de las atmósferas imaginarias, emotivas o ideológicas; y se dio mayor realce –sin llegar, claro, a la contundencia de la prueba positiva- al folklore, a la imagen, al mito, al rito, a la leyenda y a toda una serie de fuentes subjetivas o de objetividades frágiles, debatidas, etéreas. Por ejemplo, cuando Carlos María de Bustamante editó a Sahagún, y su edición fue la que prevaleció durante todo un siglo, se permitió intervenir abundante, tendenciosa, casi diríamos jocosamente en la fuente, glosando, suprimiendo y añadiendo texto, aprobando y reprobando a su capricho hasta fabricar un Sahagún-Bustamante a su gusto, lo que revela mucho de su idea del historiador-cronista como fabricante en gran medida de su propia fuente. Esto no lo harían ya los siguientes eruditos como José Fernando Ramírez, Troncoso, García Icazbalceta, Orozco y Berra.
Sin embargo, la propia circunstancia política o aleatoria de que sobrevivan o no las fuentes (que dispongamos de tales crónicas de conquistadores y no de otros, y de sólo retazos de la memoria de los vencidos, filtrada por los propios vencedores), y su poca o dudosa elocuencia a pesar de los sonoros términos “prueba positiva”, nos llevan a la patente realidad de que amén de científico, el trabajo historiográfico es inevitablemente subjetivo e imaginario en buena medida, y sobre todo cuando el historiógrafo no se da cuenta y se deja llevar dizque inocentemente por su tendencia o la de su tiempo como por una mera lógica formal inexorable.
Las mismas fuentes llevan a relatos a ratos contradictorios. Se pueden minusvaluar o sobrevalorar las fuentes al gusto. De ahí que incluso hoy en día, en nuestros científicos coloquios sigamos debatiendo, como en nido de urraca, situaciones historiográficamente supuestamente establecidas por largas décadas e incluso siglos de estudio, como el pasado prehispánico, la conquista, la colonia, la independencia, Santa Anna, Juárez, las guerras de Reforma y del Imperio, el Porfiriato, la revolución, los gobiernos posrevolucionarios… Ningún historiador deja nunca de ser cronista, aunque no lo quiera, y más le vale asumir y dirigir cautelosamente esta bendición o fatalidad; y en el mundo cientificista, tecnologizado que vivimos incluso el cronista más arrebatado se ve forzado a acudir al bagaje de las fuentes ciertas y de los métodos académicos consagrados. Y luego se vuelve a urdir el mismo nudo de la urraca. Nada más hay que asistir a las discusiones entre especialistas sobre encuestas, sondeos, censos, estadísticas. Pero esto no es deficiencia mexicana. Los franceses están en la misma situación con respecto a sus revoluciones. Los españoles lo mismo.
Decía Mark Twain que había tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. Podríamos decir que hay tres tipos de historia: la historia, la maldita historia y la historia con estadísticas. Y tres tipos de crónica: La crónica, la maldita crónica y la crónica con estadísticas. Podemos incluso sustituir la palabra estadística por la de “fuentes certificadas”, o “validadas” como se dice ahora en nuestro rancho. Diríamos: “La crónica, la maldita crónica y la crónica con fuentes ‘validadas’”.
Durante muchos años, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX, se sobrevaloró el trabajo historiográfico en libro, en librotes solemnes, pesados, monumentales; un historiador era aquel que escribía muchos de esos libros, los que raramente tenían suficientes lectores y muchas veces el grueso de la edición terminaba en bodegas. Era obligación: sin esos librotes no había carrera de historiador, ni nombramientos, ascensos y estímulos académicos, ni prestigio. Una Babel de esas ediciones recibió la producción conjunta de las universidades, de la SEP, de los diversos institutos de provincia.
El internet, y la reducción del mercado de libros en papel, han corregido esta superstición y recordado que la historiografía se puede practicar, y se ha practicado a lo largo de milenios, de múltiples formas y que no ha de abusarse de los librotes. En el pasado muchos historiadores publicaron pocos librotes. Practicaban su oficio en la cátedra, que en Grecia era simpemente pláticas en el Jardín de Academos. Los peripatéticos eran un “grupo del jardín”.
Hay muchos libros clásicos de historia compuestos como lecciones, entre ellos el curioso tomo Lecciones de Historia Patria de Guillermo Prieto, cuyo digamos dogmatismo de bronce encoleriza a los distraídos que no recuerdan lo que se anuncia desde el principio: que eran lecciones confeccionadas ex profeso para los cadetes cuadradotes del Colegio Militar. Un historiógrafo puede escribir de múltiples maneras para diferentes objetivos y públicos, y en el propio Prieto, incluso en temas precisos de Prieto como la invasión norteamericana, encontramos discursos diferentes según la oportunidad y el público al que correspondían.
Otros historiógrafos escribían para no ser publicados, sino leídos en manuscritos, por lectores escogidos, previamente seleccionados que requerían un permiso especial: tal fue el caso de varios cronistas frailes.  Otros simplemente salvaban, fijaban, administraban, comentaban las fuentes a veces oralmente y para públicos controlados: tal era el destino de la mayoría de los cronistas de las órdenes religiosas en la Colonia.
Se escribió historia en poemas (la poesía épica, o crónica en verso, fue un género muy apreciado durante siglos en el mundo hispánico), en anales, en tablas, en jeroglifos, en emblemas, en cuadros, en retablos, en esculturas, en sermones, en ceremonias y rituales, en cómics, películas y novelas. Riva Palacio no es menos historiador, ni menos riguroso, en sus novelas históricas que en sus ensayos, con la considerable ventaja que cuando leemos una novela ya estamos concediendo desde un principio grandes privilegios a su subjetividad, a su imaginario. Estamos sobre aviso.
Muchos libros de historia y de pensamiento de México conocieron su origen en  crónicas y artículos periodísticos –El laberinto de la soledad, de Paz, tuvo como origen una serie de artículos y crónicas de periódico-, o fascículos. O como tales eran distribuidos: durante décadas México a través de los siglos fue leído en México por entregas periódicas que ofrecían a sus lectores diarios como El Universal. El pueblo no tenía dinero para comprar los cinco gruesos y lujosos tomotes, ni librerote donde instalarlos. Autores como Reyes, Vasconcelos, Guzmán, Benítez, Poniatowska, usaban la prensa periódica como borrador: ahí iban publicado por trozos sus libros; aprovechaban la experiencia de la recepción del público, los comentarios, y sólo meses o años después los configuraban como libros o librotes. Con frecuencia son mejores, más ligeras, más sabrosas, menos categóricas, las primeras versiones periodísticas que el mármol final.
En una época de escasas y precarias universidades, de escasos y nulos centros de investigación –época que puede volver muy pronto, por la reconversión mundial de la academia al mercado, que volvería poco rentables tanta investigación, tanta docencia, tanta difusión, tanta publicación académicas-, los autores, y entre ellos los historiadores, recurrían a las columnas periodísticas como método para ir procesando los que serían sus grandes libros.
Y no sólo en México. Escribía a principios de siglo sobre España José Ortega y Gasset:
“En nuestro país, ni la cátedra ni el libro tenían existencia social. Nuestro pueblo no admite lo distanciado y solemne. Reina en él puramente lo cotidiano y vulgar. Las formas del aristocratismo “aparte” han sido siempre estériles en esta península. Quien quiera crear algo –y toda creación es aristocracia- tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico. No es necesario decir que se me ha censurado constantemente por ello. Pero algún acierto debía haber en tal resolución cuando de esos artículos de periódico han hecho libros formales las imprentas extranjeras”.
Ahora la prensa en papel sufre el mismo embate mercadotécnico y tecnológico que el libro de papel. Y buscamos hacer academia en los ágoras de la plazuela virtual. Ya ha ocurrido. El internet ya es todo un gran método historiográfico. Para no ir más lejos, hace apenas dos años, cuando se dio la por entonces llamada “primavera árabe” fue en internet, y especialmente en redes como Twitter y Facebook donde se hicieron los grandes anales –anales de unos cuantos días, como quería Quevedo- de las rebeliones y guerras de Egipto, Túnez, Siria, Yemen, Turquía… En estos días la historia y la historiografía se practican mucho en internet a propósito no sólo de toda la zona árabe, persa, turca o egipcia, sino también de Rusia y Ucrania.
Pronto la anterior complicidad-disputa entre crónica-historia en papel ingresará un poco al ámbito de los recuerdos arqueológicos. La historiografía se enriquecerá bastante con las nuevas oportunidades de los tuits, los retuits, los posts, los blogs, los memes, los mails, los mensajes de texto, los emoticonos, los followers, los likes y los correos de voz.
 

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