jueves, 19 de julio de 2018

Y GANÓ AMLO NOMÄS !!!!!!!




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MEXICO ANTE UN FUTURO  INCIERTO

“Y GANÓ AMLO, NOMÁS”  !!!!!!!

POR CARLOS MALAMUD  -  Blog ELCANO


El pasado 27 de junio, a pocos días de la histórica elección que vivió México, con índices de participación muy elevados, me preguntaba en este mismo Blog que pasaría si Andrés Manuel López Obrador ganaba las elecciones. Finalmente, y tal como vaticinaban todas las encuestas, AMLO se impuso de forma abrumadora.

A pocos días de que sea formalmente proclamado presidente electo, el tsunami electoral se ha convertido en un tsunami mediático y de ocupación del espacio informativo nacional e internacional. Por si quedaba alguna duda, es el próximo mandatario mexicano quien marca la agenda política y de los medios, y la condiciona diariamente con un nueva noticia de calado.

Su preocupación por transformar la realidad con una gestión frenética es constante. Su voluntad por convertirse en un ser omnipresente es incontrastable, al igual que su afán por llevar permanentemente la ofensiva política. No en vano Jorge Castañeda ha comparado su estilo hiperactivo con el del ex presidente Luis Echeverría, que gobernó México entre 1970 y 1976. De ahí su preocupación por generar una constante avalancha de noticias. Cuando no es su larga conversación telefónica con Donald Trump es la designación de su futuro gabinete, la reconciliación con diversos grupos empresariales o la distendida entrevista con Enrique Peña Nieto.

Teniendo en cuenta el prolongado período de transición existente, muchos se preguntan si AMLO podrá seguir generando tal cúmulo de noticias aunque no ocupe formalmente el gobierno hasta diciembre próximo. Si bien el nuevo Congreso se constituirá el 1 de septiembre, el nuevo gobierno deberá esperar al 1 de diciembre para comenzar a actuar. Son tales los inconvenientes que ocasionan estos largos cinco meses de interregno que con toda lógica se decidió que el gobierno que surja de las elecciones de 2024 se posicione en septiembre de ese año.

Pese a su holgada mayoría parlamentaria en ambas cámaras y a los excelentes resultados en las elecciones estaduales y locales, de momento  su capacidad de iniciativa es limitada. Por eso es importante saber cómo responderá la sociedad a los anuncios públicos que AMLO seguirá generando, pese a no poder materializarlos de inmediato por carecer de los resortes legales e institucionales. No basta con tener la voluntad política de cambiar el país, hay que disponer de los mecanismos necesarios para hacerlo.

Hay un punto adicional a considerar que es el tiempo en que se formulan dichos anuncios. Especialmente en algunas medidas que tienden a impulsar ciertas reformas estratégicas u otras orientadas a revertir algunas de las implementadas en su día por Peña Nieto. La existencia de anuncios presentados con mucho tiempo de antelación o la ausencia del factor sorpresa puede llevar a los directamente afectados con tales iniciativas a programar contramedidas que limiten sus efectos y los daños de la gran transformación buscada por AMLO.

Señalaba en la nota anterior que la incertidumbre en torno a esta elección se había desplazado de la necesidad de conocer al ganador a las políticas que podría implementar el nuevo presidente desde su desembarco en Los Pinos, la residencia presidencial. Por lo que de momento vamos sabiendo, el deseo firme es cumplir con buena parte de las promesas formuladas durante la campaña, aunque sin poner patas arriba el sistema político.

Parecería que López Obrador intenta evitar la polarización social y la división de la ciudadanía en dos bloques antagónicos. Más allá de la espectacularidad de algunas de sus promesas, la gran preocupación de los mexicanos es saber si las medidas anunciadas serán suficientes para hacer emerger un nuevo país, acabando con la corrupción, eliminando la violencia y reduciendo la pobreza y la desigualdad. ¿Será suficiente para garantizar el crecimiento la reducción del salario del presidente y de buena parte de sus asesores y funcionarios, o el cierre y el traslado de dependencias oficiales de alto nivel?

Los tics caudillistas del nuevo mandatario, su peculiar estilo de gestión, desplegado cuando estuvo al frente del gobierno local de la Ciudad de México, o sus primeros pasos políticos en el PRI seguro que condicionarán su gestión. Con todo, la cuestión esencial es saber hacia dónde se dirigirán sus políticas y de qué manera. Si bien, por ahora, muchos han descartado la posibilidad de que AMLO se convierta en un Chávez mexicano, otros interrogantes persisten.

En buena medida su triunfo se apoya en un discurso contrario al sistema, más que antisistema, que ha generado enormes expectativas en la sociedad mexicana. Expectativas en torno tanto a la solución de problemas de interés general como otros más individualizados. Responder a la enorme confianza depositada en su persona y en su gestión implicará, sin duda, emprender diversas iniciativas de fuerte impacto en los meses iniciales de su gobierno.

¿Tendrá éxito AMLO para ganarse la confianza de sus votantes y de una sociedad pendiente de cambio profundos? ¿Será AMLO el presidente de todos los mexicanos o de solo una parte de ellos? ¿Logrará restablecer la centralidad de las instituciones democráticas o se empeñará en minar su solidez y estabilidad? Por tanto, al próximo sexenio le esperan desafíos enormes y de compleja solución.

Para llevar a buen puerto sus iniciativas deberá conciliar su vocación de cambio con el armado de un equipo eficaz, la formulación e implementación de políticas públicas virtuosas y la posibilidad de contar con los recursos necesarios. La ecuación no es de fácil resolución, pero las capacidades políticas del personaje están a la vista. Esperemos, por el bien de México, que sepa estar a la altura. De eso depende que su gobierno logre impulsar la cuarta gran transformación del país con la que AMLO sueña desde hace tiempo.

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El legado de Norberto Bobbio





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El legado de Norberto Bobbio

Por Michelangelo Bovero  -  Revista NEXOS - México,  Mayo 2018.

Pues, ¿cómo? ¿Ya se acabó? 

No, no me estoy refiriendo a esta magnífica fiesta que tantos amigos me habéis regalado. La emoción que he sentido en estos dos días no va a acabar, va a durar el tiempo que me resta. Me refiero más bien a otro periodo de tiempo que, ése sí, está a punto de finalizar: el medio siglo de mi dedicación a la enseñanza. Primero en el liceo, desde octubre de 1968; luego en la academia. Siempre en Turín.

Hegel decía que una persona, al cabo de cincuenta años, mirando hacia atrás a la trayectoria de su vida puede percibir —¡nada menos!— el avance del mundo. Él no dudaba que el curso del mundo fuera reconocible, siempre y objetivamente, como un avance, a pesar de las frustraciones que los seres humanos padecemos por el fracaso de nuestros deseos, ilusiones, aspiraciones subjetivas. Nosotros tenemos muchas razones para ponerlo en duda. Pero, tal vez, habría que ponderar bien el juicio, problematizarlo, matizarlo. Después de medio siglo, en las últimas millas de un largo camino, al final del día de la labor activa, resulta espontáneo para un viejo lector de Hegel volverse a observar el mundo y su curso con los ojos del búho de Minerva. A la pálida luz de Véspero, la estrella del atardecer.

Cuando empecé a actuar como (jovencísimo) maestro, apenas había dejado el rol de alumno del liceo; pero ya había hecho, pocos meses antes, mi primera gran experiencia política: la del sesentayocho. Del cual celebramos este año, este mes precisamente, el cincuenta aniversario. Hace un momento ¡hablábamos de ilusiones! Bueno: ilusiones, sí, pero no sólo. Antes que nada, fue el primer movimiento político y cultural global, planetario; más bien, yo prefiero decir: (casi) universal. Múltiple, heterogéneo, incluso contradictorio, ciertamente. Pero sí tenía una dirección fundamental, un alma unívoca: el alma antiautoritaria, exacerbada y resuelta contra las disciplinas impartidas por poderes burdos en todos los espacios de la vida social: empezando por las estructuras universitarias y escolares, pero, más allá de éstas, en los otros aparatos públicos y en la empresa privada, en el Estado, la fábrica y la familia. 

Más en general todavía, el alma del sesentayocho era el rechazo de una forma de vida que percibíamos como impuesta, la lucha contra su cáscara opresiva y represiva que nos parecía sin sentido e intolerable. Queríamos sacudir el mundo. Quería ser una revolución, y fue una rebeldía. ¿Fracasó? Sin duda, como revolución, si es que de alguna forma, de algún modo o en algunos lugares, “imaginamos” conquistar el poder. No fracasó como rebeldía. No se quedó en la nada, igual que no había nacido de la nada. No era pura y simplemente una rebeldía generacional, repentina e improvisada, porque venía de más lejos, tenía raíces en los grandes y graves acontecimientos de los primeros años de la posguerra: la revolución de Cuba y sus consecuencias, la escalation militar norteamericana en Vietnam, las luchas sociales y políticas en América Latina y África, en Congo, en Argelia. 

Las nuevas generaciones del mundo tomamos la palabra, a gritos, encarando la represión del disenso. Claro que los numerosos enemigos políticos no se rindieron; al contrario, lograron finalmente neutralizar la protesta. Pero el enemigo cultural, el autoritarismo, fue desafiado y derrotado en su principio: después de nosotros, la obediencia dejó de ser una virtud (como había dicho un cura revolucionario italiano). El disenso, incluso radical, no sólo conquistó su espacio como un fenómeno normal de la vida social, sino que se mostró y demostró como la levadura de una entera forma de convivencia, de civilización, de la vida pública y privada, personal y política.

Ilustraciones: Alberto Caudillo

Pero, no: no habíamos entendido, reconocido, que esta forma era —nada más, nada menos— la democracia, la quintaesencia de la democracia en tanto que régimen del disenso antes que del consenso. No habíamos entendido, comprendido la democracia. Al revés, creíamos encarnarla, practicarla, más allá y en contra de la que nos parecía, a tantos de nosotros en aquel entonces, una apariencia engañosa, la “democracia formal” y sus reglas, ridiculizadas por muchos como si fueran un simple disfraz del poder autoritario. No habíamos entendido, aprendido, elaborado, asimilado el patrimonio de la cultura política y jurídica que los milenios de la civilización occidental habían dejado en herencia a nuestros padres, a la generación de Bobbio, para permitirles fundar la democracia constitucional tras los horrores de la guerra civil, desbaratando las ruinas del fascismo.

No, no habíamos entendido. Pero no éramos ignorantes, tampoco estúpidos. Sí habíamos comprendido en cambio, más o menos claramente, que la revolución y la democracia son dos caminos no sólo distintos sino divergentes e incompatibles. Con la revolución a veces se puede instaurar la democracia, pero también y más fácilmente destruirla; mas sobre todo, con la democracia no se puede hacer ninguna revolución. Creo que valdría la pena remontarnos a nuestras antiguas convicciones, volver a pensarlas, a reflexionar crítica y autocríticamente, revirtiendo el punto de vista desde el que entonces considerábamos el problema: en aquel tiempo, desde la perspectiva de la revolución; ahora, de la democracia.

Los estudiantes y los jóvenes estudiosos “sesentayocheros” nos hicimos marxistas, en una amplia mayoría. Pero una mayoría dispersa y fragmentada en una miríada de minorías de varios colores, políticos y culturales. Algunos nos inclinábamos hacia un marxismo “tercermundista”; otros, rígidamente leninista; otros más, pasionalmente maoístas. Algunos se reconocieron en una interpretación del marxismo como una pretendida superciencia, a veces muy doctrinaria y dogmática; otros, por vocación filosófica, nos presentábamos como hegelomarxistas (tal vez fuimos marxistas o filomarxistas en tanto que hegelianos). Eran resultados precarios y provisionales de un proceso de formación apretado y excitado, forjado al calor de los eventos. Y fueron puntos de partida para varios caminos de transformación y maduración de nuestras identidades. 

Sobre el sesentayocho se derramaron después, y siguen derramándose, mil acritudes. Inmerecidas, distorsionadoras. No es cierto que consecuencia necesaria y fatal del sesentayocho haya sido la fase histórica del terrorismo interno (de las BR en Italia y de la RAF en Alemania), de los enfrentamientos violentos, de las matanzas fascistas, de los homicidios políticos como el asesinato de Aldo Moro (en 1978): los que en Italia se conocen como “los años de plomo”. Algunos de estos fenómenos sí han tenido raíces en el sesentayocho, pero no han sido generados por él: tenían un código genético diferente. El sesentayocho generó en cambio, o bien impulsó, procesos de reivindicación y emancipación social, los cuales a su vez suscitaron —como siempre, como en cualquier tiempo de la historia y en cualquier región del mundo— respuestas reaccionarias.

Del clima de los “años de plomo” formó parte también un componente precoz del terrorismo internacional, todavía ajeno de identificaciones religiosas: basta mencionar la organización palestina “Septiembre negro” y su atentado en las olimpiadas de 1972. Pero si abrimos la mirada al globo encontramos las manifestaciones más horribles de aquella etapa: el nacimiento o la consolidación de dictaduras militares, de Grecia a Brasil, de Argentina a Chile; el empeoramiento esclerótico de las dictaduras de partido en el universo soviético, a partir de la represión de la primavera de Praga. 

Luego, volvió a parecer que un viento nuevo soplaba sobre el mundo entero. La salida de los años de plomo comenzó a caminar en distintas direcciones, ambiguamente. Por un lado, empezó la época de la (que a posteriori fue llamada la) “tercera ola” de transiciones a la democracia, a partir del agotamiento de los vetero-fascismos sobrevividos a sí mismos en Portugal y España, el restablecimiento de instituciones representativas en muchos países oprimidos por dictaduras en América Latina, y finalmente la quiebra del imperio autocrático en Europa Oriental. En la misma dirección se encaminaron, en varias regiones del mundo, los movimientos para instaurar o restaurar o fortalecer el Estado constitucional; para impulsar el reconocimiento y promover la efectividad de los derechos fundamentales; para devolverle, o bien otorgarle, finalmente, dignidad y seriedad a las reglas del juego político, comenzando por las reglas del juego electoral, primera columna de la democracia de los modernos.

Por otro lado, y en el mismo periodo —sobre todo en otros países, los de la “primera o segunda ola”, pero no sólo en ellos—, los años de plomo fueron reemplazados por los del llamado “reflujo”, el desquite de lo privado sobre lo político, la revancha de los microegoísmos cotidianos sobre las pasiones colectivas. Fue el paulatino pero inexorable triunfo del principio de publicidad en el sentido antikantiano: ya no el principio de transparencia, del gobierno público en público, del uso crítico y manifiesto de la razón, sino la penetración en la cultura difusa, en las neuronas de todos los cerebros, del lenguaje y de la lógica de los comerciales. Era un viento tibio, tonto, debilitante que envolvió toda sociedad en una atmósfera homogénea, o como se decía entonces “homologada”: en un cabaret televisivo italiano a esto se le llamó el “hedonismo reaganiano”. En efecto, a finales de los setenta y a inicios de los ochenta había llegado al poder en el centro del primer mundo, antes en Inglaterra e inmediatamente después en Estados Unidos, una orientación política sustentada por una corriente cultural que habría logrado difundir la ideología de la muerte de las ideologías. 

Era en realidad, ésta, solamente la cara negativa (en sentido lógico) de la ideología destinada en un tiempo relativamente breve a volverse dominante, a imponerse como “el pensamiento único”: el neoliberalismo. Así, mientras que Bobbio escribía El futuro de la democracia y La época de los derechos, ya había comenzado la larga marcha de los enemigos de la democracia y de los derechos. Él, Bobbio, nos había avisado: el neoliberalismo es “una amenaza grave”, decía ¡en 1981! Pero no podía imaginar qué tan serio se habría vuelto el peligro. Tampoco nosotros, sus lectores y alumnos, lo percibimos.


Al contrario. La historia pareció mandarnos una señal inesperada y fortísima que se había encaminado —ella misma, la historia— en el buen sentido, hacia el triunfo de la democracia y de los derechos. La caída del Muro de Berlín nos sorprendió cuando estábamos celebrando el segundo centenario de la revolución francesa. Seguimos con trepidación los efectos de la nueva ola sísmica, hasta la quiebra del imperio soviético y, en fin, la defunción del socialismo real. Algunos, aunque con muchas vacilaciones, escribimos que tal vez se estaba abriendo la oportunidad de instaurar una democracia mejor, no solamente en el Este sino también en el Occidente. Las decepciones llegaron muy pronto. 

Las ruinas del Muro dejaron pasar, no sólo y no tanto, los vientos favorables a la libertad, sino los contrarios a la igualdad, en todos los sentidos. Ahora la democracia está sola, escribió Bobbio, sin la competencia de un ideal alternativo como pretendía ser el comunismo: ¿será capaz, la democracia, de satisfacer las demandas de justicia que el socialismo real dejó frustradas? Esto preguntaba Bobbio. Pero no, la democracia no estaba sola. Había dejado crecer a su interior otro enemigo que se volvería fatal, y que podemos nombrar con una fórmula kantiana: la “libertad salvaje” de los neoliberales, del capitalismo financiero global, de sus instituciones transnacionales y de sus partidarios en los poderes estatales. Un enemigo tan peligroso como para hacernos temer que la democracia ya no sería capaz de defender ni la justicia, ni a sí misma. También, y tal vez sobre todo, porque la libertad salvaje no ha encontrado una verdadera y eficaz oposición: ya desde los ochenta, con formas y ritmos diversos, todos los partidos tradicionales de izquierda se deslizaron fatalmente hacia la derecha, persiguiendo políticas de privatización y “liberalización”.

Desde los primeros años noventa el mundo no ha avanzado hacia formas de vida mejores y más justas, como esperábamos, sino que se abrió paulatina y sigilosamente el camino hacia la precarización de la existencia de la gente común, mientras que la corrupción inundaba los pisos altos de la sociedad y del Estado, y la locura más tragicómica y grotesca empezaba a subir a la escena política. Guía y faro del mundo, en esto, Italia: después de “manos limpias”, enseguida la kakistocracia. 

Pero, quizá justamente por eso, es decir porque nos topamos con estos procesos de degeneración, no nos dimos cuenta lo suficiente que era necesario pararnos a reflexionar crítica y profundamente sobre la “utopía puesta al revés”. El experimento del comunismo histórico, a pesar de toda su carga de horrores, en el origen había sido el intento espectacular de hacer descender el cielo en la tierra, de resolver el enigma de la historia. ¿Por qué la utopía se volvió distopía, en vez de corregirse y adaptarse a la bruta materia del mundo? No me parece que la cultura haya discutido con suficiente atención y tensión sobre el problema. Ahora que se perfila un nuevo regreso a Marx, tal vez con el riesgo de repetir errores de mala comprensión, habría que volver a considerar las tantas facetas de la tragedia del comunismo en el siglo XX, un verdadero enigma de la historia al cuadrado.

El inicio del siglo XXI ha vuelto a poner el terror y la guerra en el primer plano de la escena mundial y, en consecuencia, ha inducido una extendida y agudizada percepción de inseguridad en la vida de las personas comunes, luego sumamente agravada por la gran crisis económica y social que ha golpeado al globo entero. Los tantos fenómenos y movimientos de protesta que se han despertado en estos años —No Global, Occupy, Indignados, etcétera— no han logrado ni parar, ni tampoco revertir la marcha de los procesos de degeneración. 

En Europa y en Estados Unidos el descontento social y la desconfianza política se han concentrado sobre todo en las nuevas víctimas de la globalización, las clases medio-bajas relativamente (o incluso absolutamente) empobrecidas: déjà vu, escenario ya visto, hace un siglo. Con muchas diferencias, por supuesto. Indico una: allí donde no existen oportunidades, salidas a la izquierda que parezcan viables, la protesta se encauza masivamente por canales de derecha, viejos o nuevos. Por un lado, renovando figuras y estrategias bien conocidas y bien olvidadas, como el nacionalismo y la invención de un enemigo, social y/o político, esta vez los migrantes (más) pobres. Por el otro, buscando formas inéditas, a través de la red, de identificación colectiva; sin lograrlo, si no con muchas ambigüedades. Queda como fondo común, y a menudo se hace patente, la arrogancia de la ignorancia. Los llamamos populismos. En Europa, en el año electoral 2017, circulaba el miedo de que esta ola de protesta derechista llegara al poder, poniendo en riesgo los equilibrios básicos de los sistemas políticos e incluso del orden mundial. No aconteció. Había sucedido pocos meses antes en Estados Unidos, con la elección de Trump: la kakistocracia en un solo individuo. Pero tal vez esto es lo que está pasando en Italia, justo en estos días. El laboratorio de Frankenstein sigue activo.

Sin embargo, con todo, hasta ahora hemos resistido a través de todas las vicisitudes de este medio siglo. Las arquitecturas de la convivencia que nuestros padres habían construido, la constitución, la democracia, aunque dañadas y a menudo desfiguradas por tantos innobles personajes públicos, siguen en pie. Hasta ahora. Bajo los arquitrabes y resguardados por los muros maestros hemos encontrado espacios para nuestras vidas, amparo en nuestras amistades y amores, hemos tratado de ayudarnos y sostenernos. Los que nos dedicamos al estudio y la enseñanza seguimos nutriéndonos con seriedad del inmenso patrimonio de la cultura. En Turín, con particular atención a los clásicos, a partir de los griegos. 

Bobbio citaba a menudo y con gusto un pasaje de Maquiavelo: “Los hombres prudentes suelen decir, y quizá no sin motivo, que quien quiera ver lo que será, considere lo que ha sido, porque todas las cosas del mundo tienen siempre su correspondencia en sus tiempos pasados. Esto sucede porque, siendo obra de los hombres que tienen y tendrán siempre las mismas pasiones, conviene necesariamente que produzcan los mismos efectos”. Y comentaba que, justamente por eso, Maquiavelo “leía a Tito Livio para extraer, como escribe en el Proemio, ‘aquella utilidad por la que debe buscarse el conocimiento de la historia’”. Proseguía Bobbio: “Algunos siglos después, y por las mismas razones, Gramsci leía a Maquiavelo, y nosotros y nuestros descendientes leeremos a Gramsci, a Maquiavelo y a Tito Livio”. Agrego yo: siempre por las mismas razones, nosotros seguiremos leyendo a Bobbio y, a través de él y con su ayuda, a todos los autores que plasmaron nuestra cultura. También para defender las arquitecturas de la convivencia que nos han protegido.
Un día —al inicio de ese medio siglo al que me he referido, yo tenía entonces poco más que veinte años—, encaminándose hacia nuestra aula para dar clase, Bobbio me dijo: “Acuérdate, nosotros tenemos el deber de transmitir el conocimiento”. Este es el legado que Bobbio me dejó. No sé si he cumplido. Pero mi labor de profesor está a punto de finalizar. Ahora este legado se lo transmito a ustedes, sobre todo a los más jóvenes. Custódienlo. Manténganse fieles.

Los abrazo a todos.

México, 17 de mayo de 2018

Michelangelo Bovero
Link Original: https://www.nexos.com.mx/?p=38296#.W06GmOhODL0.twitter

domingo, 3 de junio de 2018

CONDENADOS A UNA CIUDADANIA INFANTIL Y BALBUCEANTE ANTE LA RETORICA BANANERA DEL CAUDILLISMO..,


La vuelta del caudillo







Credit Martin León Barreto
CIUDAD DE MÉXICO — El líder recorre el país. La gente se vuelca a su paso con delirio y devoción. Unos le besan la mano, otros lo abrazan con lágrimas, todos lo vitorean. Hay un éxtasis colectivo. Una genuina comunión. El líder representa la esperanza, la redención. “Nosotros sentíamos que no éramos nadie, que no teníamos valor, que no importábamos. Eso fue lo que nos dio”, dice una mujer humilde en la novela Patria o muerte de Alberto Barrera Tyszka. Ante la multitud, el Comandante declara: “Amor con amor se paga”, hermosa frase que José Martí acuñó para otro contexto, pero que recoge el sentimiento irresistible entre el caudillo y el pueblo. Por eso Hugo Chávez, el fallecido presidente de Venezuela, pudo exclamar al final de su vida: “Ya tú no eres Chávez, tú eres un pueblo”.


La escena no es privativa de Chávez. Con variantes, en América Latina este hechizo mutuo caracterizó el liderazgo carismático de Eva y Juan Domingo Perón, el de Fidel Castro, en un principio el de los sandinistas, en menor medida el de Evo Morales, Correa, los Kirchner. Y es también muy visible en el ascenso de Andrés Manuel López Obrador.










Fidel Castro en un discurso en La Habana en la década de los setenta Credit OFF/AFP/Getty Images

Asistimos al renacimiento del caudillismo bajo una faceta muy distinta a la del siglo XIX. Aquellos personajes novelescos, terribles y atractivos, eran poderosos sobre todo por su carisma personal y su uso de la fuerza. Los caudillos modernos son caudillos populistas. Encabezan vastos movimientos sociales, pero ya no llegan al poder por la vía de las armas (como Castro o los sandinistas). Llegan por vías democráticas, pero no representan un cambio de gobierno, sino de régimen. Buscan instaurar un nuevo orden de justicia, refundar el Estado, abrir una nueva era histórica ligada a su nombre, pero lo hacen con daño severo, a veces definitivo, a las costumbres, instituciones, leyes y libertades propias de la democracia, a la que deben su ascenso.


En un libro de aparición reciente titulado El pueblo soy yo me propuse esclarecer las raíces históricas (digamos que el ADN) del caudillismo populista. Su proliferación parte de agravios de toda índole, reales y dolorosos: la desigualdad, la pobreza, la marginación, la impunidad, la inseguridad y, desde luego, la corrupción de los partidos políticos. A estas explicaciones he querido aunar otra, de índole cultural, que discurrió hace más de medio siglo el historiador estadounidense Richard M. Morse (1922-2001) en su libro El espejo de Próspero.


El derrumbe del edificio imperial español, a principios del siglo XIX, dejó un vacío de legitimidad. Lograda la Independencia, el poder central se disgregó regionalmente y se fortalecieron los caudillos surgidos en las guerras de independencia. Aquel espectáculo —según Morse— era la impronta de Maquiavelo, no leído, sino reencarnado en caudillos como José Antonio Páez en Venezuela, Facundo Quiroga en Argentina o Antonio López de Santa Anna en México. Morse escribe: “Casi en cada página de sus Discursos y aun de El príncipe, Maquiavelo da consejos que parecen extraídos de la trayectoria de los caudillos americanos”; la presencia física, el valor personal, el conocimiento de montañas y llanos, ríos y pantanos.









Para celebrar el aniversario de Simón Bolivar, el entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez, reveló un busto en 3D del libertador el 24 de julio de 2012. Credit Carlos García Rawlins/Reuters

Pero la legitimidad carismática pura no se sostenía. El propio Maquiavelo —aducía Morse— reconoce la necesidad de que el príncipe se rija por “leyes que proporcionen seguridad para todo su pueblo”, lo cual implicó en casi toda la América hispana la adopción, al menos formal, de una nueva legitimidad, inspirada en las constituciones francesa, española y estadounidense. El resultado fue un híbrido. Bajo la delgada superficie de nuestras repúblicas democráticas y federales lo que predominó fue la convergencia de los caudillos con la tradición del Estado que dominó la América hispana por tres siglos. En una palabra, las ideas de Locke sobre el individualismo liberal, los derechos cívicos y la tolerancia eran ajenas a un continente regido por la doctrina política neotomista española, representada sobre todo por el teólogo jesuita Francisco Suárez (1548-1617).


La tradición escolástica —explica Morse— ha sido siempre el sustrato más profundo de la cultura política en América Latina. Se caracteriza por un concepto paternal de la política, y por la idea del Estado cristiano, construido como una arquitectura orgánica, un “cuerpo místico” cuya cabeza es la de un padre que provee el bien común, ejecuta, legisla y juzga. El pueblo —dato crucial— no solo está dispuesto a delegar el poder, sino a enajenar por entero al monarca. En la clásica terminología de Max Weber —que Morse aprovechó años más tarde— este tipo de dominación legítima corresponde puntualmente a la tipología patrimonialista. “Hoy día es casi tan cierto como en tiempos coloniales que en Latinoamérica […] el grueso de la sociedad está compuesta de partes que se relacionan a través de un centro patrimonial y no directamente entre sí. El gobierno nacional no funciona como árbitro de grupos de presión, sino como fuente de energía, coordinación y dirigencia para los gremios, sindicatos, entidades corporativas, instituciones, estratos sociales y regiones geográficas”, escribió Morse en 1987.


Varios casos avalan esta interpretación de la cultura política iberoamericana del siglo XIX: el último Simón Bolívar (el de la presidencia vitalicia), la república aristocrática de Diego Portales en Chile, el propio dictador Juan Manuel de Rosas en Argentina, Porfirio Díaz en México. Entre 1929 y 2000, México fue el ejemplo más acabado (y exitoso) de caudillismo patrimonialista. El país que adoró a los caudillos Villa y Zapata terminó volviendo, en muchos sentidos, a Nueva España, con un monarca en la silla presidencial cada seis años. Por eso Octavio Paz me advirtió una vez, con resignación, sobre la fragilidad de nuestras esperanzas democráticas y republicanas: “Convénzase, usted, México nunca se consolará de no haber sido una monarquía”. Se refería a la herencia viva de la monarquía absoluta, tanto de los Habsburgo como de los Borbones.






El presidente de Venezuela Nicolás Maduro, después de tomar protesta, en un evento del 24 de mayo de 2018 en el que las Fuerzas Armadas celebraron su segundo periodo presidencial Credit Cristian Hernández/EPA, vía Shutterstock

En los años cuarenta, apareció una variante en Argentina: el caudillismo populista. Con la irrupción de la radio, que Perón descubrió como agregado militar de Argentina en la Italia de su admirado Mussolini, el caudillismo patrimonialista adquirió su moderna impronta populista mediante el uso de la comunicación masiva para azuzar a las masas contra el enemigo interno o externo, polarizar a la sociedad, decretar la verdad única, reescribir la historia. Castro llevó a extremos ese paradigma. Acaso su dilatado dominio (que sobrevivió a su muerte y llega hasta nuestros días) deba tanto al legado hispano y caudillista como al Estado totalitario de inspiración soviética. Hugo Chávez fue un peronista cruzado de castrismo. Nicolás Maduro, su heredero, ya no pertenece a esta clasificación porque carece de legitimidad. Es el tirano típico de la historia latinoamericana, con una novedad: induce deliberadamente el hambre, la miseria y el exilio del pueblo.


Con todo, a lo largo de estos dos siglos, nunca pareció imposible la construcción democrática de América Latina. En los intersticios de las legitimidades carismáticas y monárquicas, varias figuras del siglo XIX buscaron cimentar una política moderna y liberal: Rivadavia, Sarmiento y Alberdi en Argentina; Balmaceda y Bello en Chile; la generación de la Reforma en México. Y tampoco faltaron en el siglo XX pensadores y periodistas que intentaron consolidar la democracia liberal. Países como Chile, Uruguay, Argentina (hasta 1931), Costa Rica y aun Colombia construyeron, no sin sobresaltos, una sólida continuidad republicana. La propia Venezuela lo logró por cuarenta años. De hecho, a fin del siglo XX, la mayoría de los países parecía adoptar ese modelo. Hasta México llegó a su cita con la historia: desde el año 2000 es una democracia liberal.







Andrés Manuel López Obrador, candidato a la presidencia de México por Morena, en un evento de campaña en la comunidad de San Marcos en Guerrero, el 17 de mayo de 2018 Credit Francisco Robles/Agence France-Presse — Getty Images 
 
Quizá no por mucho tiempo. Asistimos ahora a un nuevo ciclo, tal vez decisivo, del caudillismo populista. El carisma personal de López Obrador alcanza tonos mesiánicos, no solo en la gente que se le acerca como a un rey taumaturgo que cura y salva, sino en él mismo, que ha dicho: “El corazón de Jesús está conmigo”. Este aliento redentor, aunado a una oferta que recuerda al antiguo patrimonialismo del PRI, instaurará, con toda probabilidad, un régimen que —al margen de sus éxitos o fracasos en el ámbito económico y social— buscará ser la “la fuente de energía” y “el centro patrimonial”. En consecuencia, comenzará por dominar al Congreso para de allí modificar la Constitución, alterar a su favor la naturaleza del Poder Judicial, limitar o anular la autonomía de instituciones clave (financieras, electorales, de transparencia, de competitividad) y acotar la libertad de expresión. No está claro si las instituciones y las voces de la libertad resistirán el embate.


Estados Unidos nunca ha ayudado al desarrollo de las democracias en México y América Latina; más bien las ha obstaculizado al apoyar tiranías oprobiosas. Pero alguna vez fue un faro al que los demócratas y liberales del continente podían voltear. No más. Ahora nuestro vecino del norte ha contraído un mal específicamente nuestro: hay un caudillo populista en la Casa Blanca. Así de poderoso es el paradigma.

miércoles, 30 de mayo de 2018

LA IGNOMINIA DEL REGIMEN NICARAGUENSE





Parlamento Europeo prepara resolución para condenar represión en Nicaragua



Los diputados españoles ante el Parlamento Europeo pidieron a este organismo condenar la “brutal represión contra las protestas de estudiantes y civiles en Nicaragua, a través de una Resolución, cuyo contenido preliminar  ya está publicado en la página  oficial del organismo. En ese documento, se exigiría el cese a la represión policial y se pedirían elecciones adelantadas.
Los eurodiputados debatieron este martes sobre la situación de Nicaragua y se acordó aprobar la Resolución en los próximos días.
Ramón Jáuregui, diputado socialista ante el Parlamento, dejó entrever en su intervención de dos minutos, que no se puede seguir apoyando a un gobierno que “aborta las libertades y la democracia en nombre del socialismo”.
“Las protestas que han tenido lugar en Nicaragua han puesto de manifiesto un descontento social, una crisis democrática muy profunda. No se trata solo de una respuesta a las medidas de la seguridad social. Lo que se ha puesto de manifiesto es que hay una ciudadanía harta, cansada de un sistema democrático que no lo es, que no funciona como tal: concentración del poder económico, mediático, en un clan familiar; una oposición poco construida, falta de una justicia independiente, corrupción. Había una necesidad de protestar y el pueblo ha salido a la calle. Lo cierto es que las manifestaciones han sido respondidas con una represión enorme, que ha provocado más de 80 muertos, centenares de herido, lo que se ha considerado una represión totalitaria, de un sistema casi dictatorial”, dijo Jáuregui en la sesión plenaria.
“En nombre de qué revolución cabe responder así a las demandas populares. Yo me pregunto señorías ¿cómo es posible defender una propuesta que aborta las libertades y la democracia en nombre del socialismo? Yo quiero decirles que no hay socialismo sin libertad y sin democracia”, agregó el diputado socialista.
Jáuregui manifestó que el Parlamento Europeo, a través de una resolución, pedirá que continúe un diálogo entre el gobierno y la sociedad civil, en el que se discutan reformas políticas profundas, que impliquen elecciones presidenciales adelantadas.

Violencia debe finalizar

En representación de la Comisión Europea, el comisario de Ayuda Humanitaria, Christos Stylianides, afirmó que la violencia “debería finalizar inmediatamente”.
Desde Izquierda Unida, Javier Couso pidió el cese de la violencia en Nicaragua, pero aseguró que no se puede tolerar que “se trate de derrocar con violencia un Gobierno democráticamente elegido”, y calificó de “positiva” la reanudación del diálogo.
Javier Nart, de Ciudadanos, opinó que Ortega ha “traicionado” al sandinismo.
La europarlamentaria socialista Elena Valenciano, durante su intervención ante el pleno de la Eurocámara, manifestó que corresponderá “a la historia o la psicología” explicar cómo el actual presidente Ortega, comandante de la revolución contra la dictadura somocista, “se ha convertido en alguien que defiende los intereses de la oligarquía”.
El eurodiputado del Partido Popular, Luis de Grandes, también mencionó el giro de Ortega.
“La historia, señorías, se repite: la revolución sandinista que legitimó su lucha contra el dictador Somoza ha ido paulatinamente reconvirtiéndose en un poder autoritario. El modelo: Cuba”, recalcó el político.
Consideró “inaceptable” que el presidente de Nicaragua esté “intentando mantenerse en el poder enviando un mensaje de fuerza para acallar la presión popular”.
“La salida implica elaborar un itinerario y las medidas concretas para avanzar hacia la expresión de la voluntad mayoritaria. Esto implica cambio, significa cambio de régimen”, dijo el eurodiputado, quien expresó su solidaridad con el fotógrafo y la camarógrafa de la agencia Efe agredidos ayer por la Policía Nacional de Nicaragua.

Libertad de prensa

El Parlamento Europeo también reafirmará, de aprobarse la resolución, que la libertad de prensa y los medios de comunicación son elementos vitales de la democracia y una sociedad abierta, y hace un llamamiento a las autoridades nicaragüenses para que restablezcan la pluralidad de los medios; pide a las autoridades que respeten el trabajo realizado por los defensores de los derechos humanos, los periodistas y los medios de comunicación y que garanticen su adecuada protección; recuerda a todas las fuerzas de seguridad nicaragüenses su deber de, ante todo, defender a los ciudadanos de cualquier daño.

Resolución

La Resolución del Parlamento Europeo, pendiente de aprobación, recoge los detalles del informe preliminar de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que confirma la muerte de 76 personas en las protestas, 868 heridas y 438 detenidas arbitrariamente, incluidos estudiantes, civiles, activistas y periodistas, durante las protestas contra las reformas de la seguridad social anunciadas por el presidente Daniel Ortega el 18 Abril de 2018.

El principio del fin....





A Maduro le salió el tiro por la culata

El espectáculo de las mesas de votación vacías y la población desmovilizada hizo imposible inflar las cifras más allá de los modestos guarismos ofrecidos

A Maduro le salió el tiro por la culata


La afirmación de que a alguien le sale el tiro por la culata es una expresión muy gráfica que alude a lo mal que pueden resultar las cosas. Esto le ocurrió a Nicolás Maduro y a la cúpula del chavismo con su adelanto electoral de más de medio año. Y si bien el presidente bolivariano ya ha jurado su cargo ante la Asamblea Constituyente, su nuevo mandato (hasta 2025) no comenzará hasta el 1 de enero de 2019.

Ante tal vacío temporal, que no político, surge la duda de si valió la pena manipular tanto para obtener tan poco. O incluso, atendiendo a la magnitud de la crisis venezolana y a los efectos de una hiperinflación astronómica, no es descabellada la pregunta de si seguirá en su cargo en la fecha señalada.¿Por qué le salió el tiro por la culata? Para comenzar pensaba que con su jugada maestra de adelantar las elecciones no sólo asestaría un duro golpe a la oposición, pillándola a contrapié, sino también se relegitimaría de forma inapelable. Sin embargo, ha ocurrido todo lo contrario. Maduro salió tocado de la jornada electoral quedando más débil que nunca, mientras que los impulsores de la abstención se han reforzado.

Si bien frente a la nueva etapa, tanto la Mesa de Unidad Democrática (MUD) como la instancia que pueda surgir del llamado Frente Amplio Venezuela Libre deberán hacer un gran esfuerzo de adaptación, la inyección de moral recibida es un gran espaldarazo para su causa. También le salió el tiro por la culata porque los 6 millones 250 mil votos oficialmente recibidos, probablemente bastantes menos, distan mucho de los anhelados 10 millones.

El espectáculo de las mesas de votación vacías y la población desmovilizada hizo imposible inflar las cifras más allá de los modestos guarismos ofrecidos.

La extensión del horario de votación y el desesperado llamado a movilizar a las bases muestran la impotencia vivida en la cúpula chavista.

Y finalmente le salió el tiro por la culata porque Venezuela esta hoy más aislada internacionalmente que nunca. Salvo aisladas excepciones, prácticamente ningún observador externo refrendó lo ocurrido. Es más, los países latinoamericanos del Grupo de Lima (incluyendo a Canadá), la UE y EU han decidido desconocer el resultado de los comicios. Incluso algunos están dispuestos a ir más allá e imponer nuevas sanciones. Ante la evidencia de su fracaso, Maduro ha vuelto a llamar al diálogo y a la reconciliación, liberando a presos políticos y al misionero estadounidense Josh Holt. También se comprometió a resolver la crisis económica, comenzando por aumentar en un millón de barriles diarios la declinante producción petrolera. Pero ya nadie le cree. De ahí que sea importante ver qué pueda pasar, intentando analizar si el proceso se enquistará todavía más con una socializante huida hacia adelante o si el fracaso en las urnas acentuará la quiebra del chavismo y sus divisiones internas, facilitando la salida de la crisis. Y si bien es pronto para saberlo, lo cierto es que tras estas elecciones, ya nada será igual en Venezuela.

LINK:   https://heraldodemexico.com.mx/opinion/a-maduro-le-salio-el-tiro-por-la-culata/

*Investigador 
del Real Instituto Elcano. 

lunes, 21 de mayo de 2018

A PROPOSITO DE LAS "ELECCIONES" LLEVADAS A CABO EN VENEZUELA::::



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"Año del Diálogo y la Reconciliación Nacional"



DECLARACIÓN DEL GRUPO DE LIMA

 (Comunicado Conjunto 009 - 18)

Los gobiernos de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Guyana, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía, expresan lo siguiente:

1.    No reconocen la legitimidad del proceso electoral desarrollado en la República Bolivariana de Venezuela que concluyó el pasado 20 de mayo, por no cumplir con los estándares internacionales de un proceso democrático, libre, justo y transparente.

2.    Acuerdan reducir el nivel de sus relaciones diplomáticas con Venezuela, para lo cual llamarán a consultas a los embajadores en Caracas y convocarán a los embajadores de Venezuela para expresar nuestra protesta.

3.    Reiteran su preocupación por la profundización de la crisis política, económica, social y humanitaria que ha deteriorado la vida en Venezuela, que se ve reflejada en la migración masiva de venezolanos que llegan a nuestros países en difíciles condiciones y en la pérdida de las instituciones democráticas, el estado de derecho y la falta de garantías y libertades políticas de los ciudadanos.

4.    Deciden presentar en el marco del 48° periodo de sesiones de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos una nueva resolución sobre la situación en Venezuela.

5.    A fin de atender la situación derivada por el preocupante incremento en los flujos de venezolanos que se ven obligados a abandonar su país y por el impacto que esta situación está teniendo en toda la región, deciden adoptar las siguientes medidas:

i.              Convocar a una reunión de alto nivel con autoridades responsables del tema migratorio y de refugio para intercambiar experiencias y definir los lineamientos de una respuesta integral, incluyendo temas de facilidades migratorias y documentos de identidad. En ese sentido, aceptan el ofrecimiento de Perú de ser sede de dicha reunión la primera quincena de junio.

ii.             Considerar la posibilidad de realizar contribuciones financieras a los organismos internacionales competentes para fortalecer las capacidades institucionales de los países en la región, especialmente los países vecinos, para atender el flujo migratorio de venezolanos.

6.    Deploran la grave situación humanitaria en Venezuela y tomando en cuenta las implicaciones en materia de salud pública para toda la región deciden adoptar las siguientes medidas:

i.              Convocar a una reunión de alto nivel con autoridades responsables del sector salud para coordinar acciones en materia de salud pública y fortalecer la cooperación para atender la emergencia epidemiológica.

ii.             Apoyar el suministro de medicamentos por instituciones independientes y las acciones de vigilancia epidemiológica en Venezuela y en sus países vecinos, en particular frente a la reaparición de enfermedades como sarampión, paludismo y difteria.

7.    Reiteran el párrafo 4 de la Declaración de Lima del 8 de agosto de 2017 y, con objeto de contribuir a preservar las atribuciones de la Asamblea Nacional, acuerdan adoptar, siempre que su legislación y normativa interna lo permitan, las siguientes medidas en el ámbito económico y financiero:

i.              Solicitar a las autoridades competentes de cada país que emitan y actualicen circulares o boletines a nivel nacional que transmitan al sector financiero y bancario el riesgo en el que podrían incurrir si realizan operaciones con el gobierno de Venezuela que no cuenten con el aval de la Asamblea Nacional, incluyendo convenios de pagos y créditos recíprocos por operaciones de comercio exterior –incluido bienes militares y de seguridad.

ii.             Coordinar acciones para que los organismos financieros internacionales y regionales procuren no otorgar préstamos al Gobierno de Venezuela, por la naturaleza inconstitucional de adquirir deuda sin el aval de su Asamblea Nacional, excepto cuando el financiamiento sea utilizado en acciones de ayuda humanitaria teniendo presente previo a su otorgamiento, los posibles efectos no deseados en economías de terceros países más vulnerables.

iii.            Intensificar y ampliar el intercambio de información de inteligencia financiera, a través de los mecanismos existentes, sobre las actividades de individuos y empresas venezolanas que pudieran vincularse a actos de corrupción, lavado de dinero u otras conductas ilícitas que pudiera derivar en procedimientos judiciales que sancionen dichas actividades criminales, tales como en el congelamiento de activos y la aplicación de restricciones financieras.

iv.           En el marco de los estándares internacionales fijados por el Grupo de Acción Financiera (GAFI) y de los mecanismos operacionales ya existentes, se insta a contar con un análisis de riesgo de lavado de activos y financiamiento al terrorismo, y se propone además que los países sensibilicen al sector privado en sus jurisdicciones, sobre las amenazas y riesgos de lavado de dinero y corrupción que han identificado en Venezuela y que afecten a la región, lo que ampliará la capacidad de prevenir o detectar posibles actos ilícitos con mayor oportunidad.

v.            De igual forma, se solicita a las Unidades de Inteligencia Financiera y a las autoridades competentes de cada país, que emitan y actualicen guías, circulares o boletines a nivel nacional que alerten a las instituciones financieras sobre la corrupción en el sector público venezolano y los métodos que los servidores públicos venezolanos y sus redes pueden estar usando para esconder y transferir recursos procedentes de actos de corrupción.

8.    El Grupo continuará dando seguimiento al desarrollo de la situación en Venezuela con el objeto de adoptar las medidas adicionales que correspondan, de manera individual o colectiva, para favorecer el restablecimiento del estado de derecho y el orden democrático en ese país.

Lima, 21 de mayo de 2018


OFICINA GENERAL DE COMUNICACIÓN
                                                           MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES