viernes, 24 de octubre de 2014

El castigo histórico de Latinoamérica



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//EDITORIAL//

“NUEVAMENTE SOBRE EL POPULISMO LATINOAMERICANO”


Recurrentes noticias de la actualidad política latinoamericana traen, una y otra vez, los malos olores que emanan de la consolidación y expansión de las experiencias populistas que asuelan a los países del continente y a sus ciudadanos.
Quizás lo más grave del asunto es que las nuevas generaciones de ciudadanos (donde los hay en sentido estricto), y de proto-ciudadanos en la mayoría de los casos, en la medida en que no han conocido, más que de forma excepcional, el funcionamiento mínimo adecuado de la democracia liberal, ni siquiera logran entrever el enquistamiento y la recurrencia de la perversión populista.
A este proceso de “populisitización” de las democracias que surgieron de la caída de los regímenes militares, grosso modo durante la década de los años 80, han colaborado diversas corrientes, algunas de las cuales, en realidad, son viejas tendencias históricas. La convergencia de éstas con versiones más modernas han terminado por desarmar el espíritu democratizador de los tiempos de las luchas contra los militares.
Hoy las ciudadanías latinoamericanas, en su enorme mayoría, creen que viven en democracia porque el Gorila (macho o hembra) de turno, los invita a votar con regularidad. En la más patética y paradójica de las simplificaciones, las elecciones se han transformado en el ritual que ha dado por tierra con los valores esenciales del régimen democrático representativo y liberal. Este proceso de falsificación de la democracia hasta ha sido teorizado por infaltables académicos peronistas que siempre se arremolinan en torno a las cortes de las Presidencias “populares” y que han acuñado la expresión “democracia plebiscitaria” para vestir lo que, en realidad, es una ficción de elección ya que no hay nada parecido a la libre competencia en estos rituales autoritarios.
En el ejercicio de estos plebiscitos ratificatorios de los caudillos populistas, ahora llamados “elecciones”, altos porcentajes de las ciudadanías de nuestros países ni siquiera están al tanto de las constantes presiones y gruesas violaciones de la ley que son ejercidas sobre los medios de prensa por estos regímenes. Es más, en este mismo momento, en Santiago de Chile, la Sociedad Interamericana de Prensa (S.I.P.) denuncia la muerte de un número récord de periodistas asesinados en el primer semestre de 2014 y el aumento de las agresiones de todo tipo por parte de agentes estatales (golpizas, encarcelamiento ilegal, presiones tributarias, etc.) de los países del continente. Como siempre Cuba, Venezuela y México se disputan el podio de la anti-democracia. Argentina es mencionada como otro país agresivamente adverso a la libertad de prensa.
Igualmente, los votantes ignoran -(en parte porque no hay nadie dispuesto, por aceptación, por corrupción o por miedo, a denunciarlo)- que los distintos niveles de los Poderes Judiciales subsisten más o menos sometidos a las órdenes -(o a las prebendas)- de los Presidentes cada vez más enquistados en sus sillones ejecutivos. Ya casi nadie señala que la Presidencia de la República debería ser la representación y la encarnación de toda la Nación y/o de la “voluntad general” de Rousseau, si es que recurrimos a una definición más técnica. En realidad, los Presidentes populistas, por definición no representan, ni quieren representar a la Nación. Son Jefes de Facciones, más o menos amplias, que, embanderados en retóricas populacheras, se han establecido como Presidentes mediante el viejo y conocido recurso de fracturar a la ciudadanía y a la sociedad política entre dos campos “opuestos”: los “buenos populares” y los “malos privilegiados”.
Para ello han echado mano a los mismos procedimientos que el PRI mexicano utilizara -(y utiliza)- desde aproximadamente 1929: a idénticas mañas que las que manejaban Perón o Getulio Vargas y las que hoy continúan manejando Cristina Kirchner o Dilma Rousseff.
Ante todo declarar, aunque sea contra toda evidencia, que con la instauración del régimen populista de turno se inicia, siempre, algún tipo de renovación –(o de revolución “bolivariana”, “multiétnica”, “nacional y popular” o lo que sea)- que sólo puede tener como destino final la consecución completa de los fines históricos nacionales y la instauración del infinito bienestar de los desposeídos del país.
Para ello, el requisito fue -(y sigue siendo)- destruir todos o casi todos los lazos con el pasado, en particular, con el pasado organizativo de los trabajadores. En ese sentido priísmo, peronismo, varguismo, aprismo, etc. siempre comenzaron por arrasar con los gérmenes de organizaciones obreras que, en muchos países del continente, provenían del anarquismo mediterráneo, de formas llamadas “utópicas” como el chartismo o el owenismo británicos, del marxismo de la IIa. y de la IIIera. Internacional, etc. Logrado ese objetivo, al control de las organizaciones de trabajadores se agrega, rápidamente, el control por el partido populista de las organizaciones campesinas y de artesanos, pequeños propietarios, empleados de servicios, etc.
En este sentido, el perfil del populismo mexicano es casi “un modelo” de encuadramiento de la sociedad y de organización de la necesaria sumisión de buena parte de la ciudadanía. En el caso de México, sólo el relato “progresista” puede no advertir el carácter netamente fascista del trípode sobre el cual descansa la otrora “dictadura perfecta” del PRI: la Central de Trabajadores Mexicanos (CTM), la Confederación Nacional Campesina (CNC) y la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP).
Aunque la perfección de este modelo no siempre ha podido ser emulada, lo cierto es que su función esencial se ha conseguido recorriendo vías menos sofisticadas. De lo que se trata es de destruir a la ciudadanía democrático-liberal y, con ella, al proceso de legitimación ascendente que va, desde la voluntad individual de cada ciudadano, hasta la institucionalización de un poder legítimo. En otros términos, la legitimidad del régimen populista ni nace ni descansa en los ciudadanos como en la democracia. Ahora, la legitimidad nace de las distintas formas de “excepcionalidad” que el Líder se auto-adjudica, que sus cortesanos le consolidan y que “las organizaciones populares” reproducen.
En este aspecto, el mejor ejemplo reciente es el de Hugo Chávez que pasó de ser un oficial golpista cualquiera a fungir como la reencarnación viviente de Simón Bolívar. Como el populismo latinoamericano todavía no ha encontrado la forma de tornar inmortales a sus más prestigiosos Gorilas, la estruendosa operación política de Chávez se vio cortada por la enfermedad y posteriormente por la muerte. Aunque el proceso llamado “bolivariano” estaba en caída ya antes de ellas, lo cierto es que el reemplazo del oficial golpista por el inepto Maduro ha condenado al fracaso un proyecto de autoritarismo político mayor, que parecía tener un futuro brillante por delante para desgracia de la ya bastante castigada ciudadanía venezolana.
La construcción de la legitimidad populista, que ahora desciende desde el líder hacia las masas, tiene dos enormes ventajas que hacen del populismo uno de los modelos más apetecidos de autoritarismo político. Por un lado como la voluntad del Líder “es” lo que determina la legitimidad de las decisiones del régimen, el Estado de Derecho o bien desaparece o bien queda entre paréntesis, recluido a problemas marginales de la juridicidad de la sociedad. Es el conocido proceso por el cual “lo político está por arriba de lo jurídico”. Por el otro, y como resultado de lo anterior, la corrupción generalizada de la sociedad política -(y luego de la civil)- termina siendo el corolario de la consolidación del autoritarismo populista.
En todo caso, el relato detallado y la explicitación teórica de todas las características de la variopinta fauna populista latinoamericana es una tarea que desborda esta nota editorial. Por otra parte, se corre el riesgo que el lector apresurado crea que estamos hablando de temas o demasiado históricos o demasiado abstractos cuya relación con su cotidianeidad política le parece lejana.
Por ello corresponde concluir con algunas notas breves de la más estricta actualidad y que representan ejemplos concretos de las menciones generales hechas arriba.
Hace pocas semanas, Evo Morales acaba de obtener “el derecho” para ejercer por tercera vez la Presidencia de la República. Desde luego que ya es vox populi en La Paz que estos años por venir los dedicará el Presidente Morales a elaborar, desde su posición en el Ejecutivo, una reforma constitucional que le permita reelegirse el mayor número de veces que logre imponer. O, quizás, como su colega de Ecuador, el Presidente Correa, apunte de una buena vez por todas a la reelección perpetua e indefinida con buenas chances de lograrlo. Por la vía de “la democracia plebiscitaria” son varios los Líderes populistas latinoamericanos que esperan realizar el milagro de transformarse en Monarcas por votación.
En materia de los daños causados por la escisión de la sociedad, deliberadamente causada por el relato populista, Venezuela está llegando a barbaridades sólo vistas hasta ahora en Cuba. La persecución política, la delincuencia promovida por el gobierno, la denigración de toda conducta social medianamente cívica, han causado una emigración de las clases medias venezolanas que no tiene parangón. Un reciente estudio señala que el 5.5% de los 29 millones de venezolanos se han ido de su país de 1999 a la fecha. Esos 1.6 millones que han emigrado constituyen el núcleo de las clases medias y los sectores de mayor educación de un país destinado a colapsar económicamente, entre otras razones, por la ausencia de profesionales y técnicos.
Aunque los casos de consolidación del populismo latinoamericano son de diferente dimensión. En Brasil, donde el Partido de los Trabajadores gobierna desde 2003 a la fecha, ha hecho de la corrupción su punto fuerte. El “Mensalao”, obra maestra de Lula, ya hoy ha quedado empalidecido por “la fiesta” de corrupción del Mundial de Fútbol. Como es sabido, cuando se eligió a dicho país para ser país anfitrión de ese evento futbolístico, la FIFA requirió la existencia de ocho sedes adecuadamente equipadas. La respuesta del gobierno del PT fue tajante: haremos 12 sedes. Mejor demostración de la voracidad para apropiarse de los dineros públicos y mayor desinterés por la seriedad en la política nacional de inversión pública no puede concebirse.
Estos son los gobiernos “democráticos” que se están dando los países latinoamericanos a sí mismos y esto es lo que hoy se llama “democracia latinoamericana”. No resulta ser particularmente perspicaz para sospechar que nada de esto termina bien y que las ciudadanías de nuestros países terminarán pagando caro los delirios de los Líderes populistas.

Javier Bonilla Saus
www.javierbonillasaus.com
jbonillasaus.blogspot.com
@JBonillaSaus