viernes, 13 de septiembre de 2013

G-20 en San Petersburgo





UN G-20 TENSIONADO


En los últimos años se han sucedido un número significativo de reuniones del G-20 y ninguna de ellas pudo se calificada de particularmente armoniosa. Nada de sorprendente hay en ello, en última instancia, las reuniones internacionales de este tipo se justifican por la existencia de conflictos reales y, muchas veces, altamente significativos. Aunque hay un público siempre listo para criticar estas convocatorias -(sea porque las asimilan tontamente a una forma de “inacción“ política, sea porque entienden, en código populista, que son “gastos“ que los ciudadanos no deben pagar)-, lo cierto es que las reuniones internacionales, multi o bilaterales, forman parte de la fisiología normal de la vida política internacional, en su versión más civilizada, la diplomacia.

Dicho esto, no es menos cierto que la reunión del G-20 que acaba de concluir en San Petersburgo, donde concurrieron las 20 potencias más relevantes del planeta, más un número muy grande de países “invitados” y de instituciones altamente relevantes, no solamente fue relativamente tensa, en los hechos terminó con resultados muy pobres y fundamentalmente relacionados a temas secundarios de la agenda. Además, por la vía de los hechos, concluyó con la consolidación de una profunda división, aparentemente “tripartita”, entre los asistentes en lo que hace al problema medular que marca a fuego la actual coyuntura internacional: la crisis en Siria.

Aunque es cierto que los dos grandes líderes enfrentados, Barack Obama y Vladimir Putin, hicieron equilibrios laboriosos para sostener un clima de cordialidad mínima, no es menos cierto que un agudo periodista ruso dio en el clavo cuando dijo: “Este G-20 tuvo lugar porque lo salvó el Parlamento británico con su voto contra Cameron”: era obvio que Putin no hubiese podido recibir a Barack Obama y a las potencias occidentales ya en vías de lanzar el castigo contra Siria.

En todo caso el documento de clausura de la Conferencia aporta, en primer lugar, información sobre algunos vagos acuerdos en temas relativos a la importancia que los asistentes le dan al tema de retomar el crecimiento económico -(aún no claramente restablecido en las economías desarrolladas y cada vez más balbuceante en los países emergentes)-, insistiendo, mediante el recurso a una retórica ya más que desgastada, en la necesidad de crear empleos bien remunerados, productivos y de calidad, en especial para la población joven.

En segundo lugar, la declaración final tiene, sin embargo, un poco más de concreción en lo que hace a la voluntad de impulsar la coordinación internacional en el combate al fraude y a la evasión fiscal y una mención a comenzar a regular el sector bancario “gris”, lo que requerirá el montaje de un sistema internacional “automático”  (¿?) de intercambio de datos fiscales que debería estar operativo hacia finales del año 2015.

Que este punto haya sido tratado y aprobado en San Petersburgo, en Rusia, no deja de ser tragicómico. Todos sabemos que en todas partes “se cuecen habas”, y que se pueden encontrar irregularidades en todo tiempo y lugar, pero si hay un país que no respeta nada parecido a algún tipo de regulación financiera internacional, si hay una clase empresarial corrupta y filo mafiosa en el mundo que utiliza sistemáticamente el crimen organizado para fines empresariales, esa es la clase de los “nuevos ricos rusos”, criados a la sombra del poder, por ahora interminable, de la troika Putin, Medveded y Gazprom.

En consecuencia, de este segundo punto, sólo cabe esperar que la oligarquía rusa (y, más discretamente, los jerarcas del Partido “Comunista” chino y de muchos otros países emergentes) continúen sus conocidas andanzas mientras impulsan declaraciones “anticorrupción” cuyos efectos se aplican, casi exclusivamente, a los países menos poderosos.

En tercer lugar, se hizo referencia a algunos aspectos monetarios que también agitan la coyuntura. La previsible modificación de la política expansiva y de tasas de interés bajas de la Reserva Federal de los EE.UU., que está en buena medida detrás de la balbuceante salida de la recesión de muchas economías en la actualidad, preocupa a casi todos los ministros de Hacienda de las economías más significativas. En otros términos, mientras que, como veremos en el punto siguiente, en materia política y militar soberbios y principistas presidentes, celosos defensores de soberanías nacionales a veces muy poco dignas, entienden que los EE.UU. no deben auto-adjudicarse un papel de relieve en la toma de decisiones de la Comunidad Internacional, en materia financiera los ministros de economía de esos mismos países suplican que la previsible alza de tasas de interés que prepara el Reserva Federal les sea previamente comunicada y “calibrada con prudencia”, -(como si la decisión de subir su tasa de interés no fuese una decisión soberana de los EE.UU.)-, porque saben que, en muchos casos, cuando llegue ese momento, se acabará la fiesta y las posibilidades de jugar a ser potencias emergentes, salvo en uno o dos casos, pasarán a mejor vida.

Pero el ya mencionado bloqueo de la reunión se transformó en una verdadera fractura política en lo que concierne al tema álgido de la agenda: la guerra civil en Siria, el uso de armas químicas casi seguramente por parte del régimen de Bachar el-Assad y la voluntad abiertamente exhibida por los EE.UU. y Francia de proceder a una intervención punitiva en ese país por el uso de armas químicas y las masacres sistemáticas que el Assad lleva a cabo sobre su propia población.

Con el campo occidental, y con la necesidad urgente de castigar al régimen alauita, se alinearon, además de los dos mencionados, Arabia Saudita, Australia, Canadá, Corea del Sur, Italia, Japón, el Reino Unido, Turquía y España. A este grupo vino a agregarse, algo sorpresivamente y a último momento, Alemania, llevando a 12 el número de países que entiende que algo debe de hacerse y rápido.

Pero, aunque estos 12 países son altamente relevantes cada uno de por sí, y todavía más tomados en conjunto,  aún así este resultado para Barack Obama era un resultado más bien pobre porque, a su vez, Rusia y China, lograron también un bloque en una postura exactamente contraria.

Es obvio que Rusia y China, que tienen totalmente paralizado el funcionamiento del Consejo de Seguridad desde hace mas de dos años -(en última instancia, bñoquean el funcionamiento del único instrumento que puede introducir algún elemento de juridicidad en el terreno internacional)-, se apresuraron a construir inmediatamente una “coalición” contraria a todo castigo a Siria, con el apoyo de estados cuyas políticas exteriores, en su mayoría, recurren sistemáticamente al terrorismo, como Irán, y a los emergentes “segundones” de la firma “BRICS” (Brasil y Sudáfrica) que, convencidos de que sí importan internacionalmente,  no pierden oportunidad de aliarse con Irán algunos, con Zimbabwe otros, terminando así enrolados con las peores compañías y renegando de sus mejores tradiciones.

Es importante destacar que hubo en San Petersburgo una tercera posición, integrada por una decena de países que se aferraron a la muy respetable postura de abstenerse y no tomar partido en un tema cuya complejidad el lector conoce ampliamente, y ello respondiendo a una profusa diversidad de razones nacionales que no hacen al tema analizado en esta nota editorial.

En reunión posterior, llevada a cabo inmediatamente después de concluida la conferencia del G-20, el sábado 7, en Vilnius, Lituania, entre John Kerry y los Ministros de Asuntos Exteriores de los 28 países de la Unión Europea, algunos nuevos pasos se dieron en el sentido de hacer avanzar las diferentes propuestas que entienden que es necesario sancionar de alguna manera al régimen de Bachar el-Assad.

Hacia la tarde de ese mismo sábado, Catherine Ashton anunciaba un acuerdo generalizado entre todas las partes pero, expresado en términos tan meticulosamente medidos que su eficacia quedó parcialmente erosionada. Los EE.UU. y la UE acordaron que había “fuertes presunciones“ de que el utilizador de las armas químicas el 21 de agosto había sido el régimen sirio, que debería esperarse el informe final de los inspectores de las Naciones Unidas que concurrieron al lugar de los hechos y que, sobre esta base, recién se decidirían las características de la “fuerte respuesta” que la actitud del gobierno sirio eventualmente merecía. Es de hacer notar que en Lituania, además de Francia, Dinamarca reclamó abiertamente -(y por primera vez)- que se procediese a castigar militarmente a Siria. Aunque el resultado final de la reunión de Vilnius fue más bien proclive a la postura estadounidense, su efecto fue marginal y solamente confortó en algo al Presidente Hollande que hubo de sentirse algo menos solitario en el seno de la Unión Europea.

En paralelo, mientras la OTAN toma fuertes y activas medidas de defensa abierta de su principal socio en la región,  Turquía reclama, no solamente la intervención sino, también, el ataque directo al régimen de el-Assad y su derrocamiento. La OTAN, según las declaraciones de Rasmussen, sin alinearse con la posición turca, piensa que los ataques con armas químicas no pueden quedar impunes.

En resumen, la diplomacia he llegado a un “impasse” del que no parece poder desembarazarse fácilmente. Seguramente, Obama deberá emprender inmediatamente el laborioso camino de obtener la luz verde de su propio Congreso y quizás, durante ese forzado interludio, algo permita destrabar el bloqueo que se hereda de San Petersburgo.

En todo caso, algo de eso parece estar en marcha. En vísperas del cierre de nuestra edición, los EE.UU. procederán a un voto preparatorio, y esencialmente procedimental, en el Senado el día miércoles 11. Ante esta perspectiva, Moscú, en la madrugada del martes 10, propuso intentar de convencer al régimen de Bachar el-Assad de entregar la totalidad de su arsenal de armas químicas a la Comunidad internacional. Todo esto parece particularmente difuso y poco realizable en plazos razonables. Evidentemente, esta triste historia está lejos de ver el final.