jueves, 30 de septiembre de 2010

¿UNA IRRESISTIBLE TRANSFORMACIÓN POLÍTICA?


En las elecciones del domingo 19 de septiembre, el electorado sueco se pronunció de manera tal que ha generado una noticia con amplias reacciones en los más diversos países. Al menos eso es lo que surge de un recorrido rápido de los titulares de los principales diarios del mundo. Lo interesante de ese recorrido es que, aunque los distintos titulares dicen cosas diferentes, su lectura indica, en el fondo, que todos aluden, directa o indirectamente ,a un mismo fenómeno.

Durante los días previos a la elección, los sondeos ya auguraban resultados parecidos a los que fueron los definitivos y la campaña electoral estuvo insólitamente crispada por la prohibición y censura de una publicidad del partido “Demócratas de Suecia”.

El resultado de la votación contiene tres cosas destacables. Primero, se constata el triunfo de la derecha con 49% de los sufragios. Segundo, este triunfo no representaría nada novedoso si no estuviese acompañado del hecho que el partido socialdemócrata quedó limitado a un 30.8% de los sufragios, en el seno de una coalición de izquierda que no pudo superar el 43% de los votos. En efecto, los socialdemócratas, “El Partido” constructor del “modelo sueco”, que ha conducido los destinos de Suecia durante 65 años en las últimas siete décadas, no conocía semejante derrota desde 1920. Tercero, y por primera vez en la historia, la extrema derecha, el partido “Demócratas de Suecia” accede al Parlamento con una votación de 5.7% del electorado, porcentaje que le proporciona un pequeño bloque de 20 diputados, con capacidad para formar o vetar mayorías, dada la configuración del nuevo Parlamento.

Un tanto paradójicamente, la mayoría de los titulares o bien destacan el avance de la extrema derecha, o bien la derrota de la socialdemocracia: muy pocos son los que se detienen a subrayar que la coalición conservadora, ya hoy en el poder, no hace otra cosa que obtener, luego de una exitosa y prolija gestión, un nuevo mandato.

Pero esta paradoja sólo es aparente. Efectivamente, algo mucho más sustantivo que resultados electorales como éste, naturalmente transitorios, está cambiando en Suecia y en Europa.

La irrupción de la extrema derecha en el Parlamento sueco constituye un hito histórico pero no significa en absoluto un “terremoto político” mayor a nivel nacional. Es, a corto plazo, inconcebible una “Suecia de derecha”. Es más, la primera reacción del ganador conservador fue la esperada: no aceptará la alianza con la ultra derecha e intentará obtener los votos de “los verdes” que figuran en el campo de la izquierda.

Pero lo que sucede es que la buena votación de la extrema derecha sueca viene a sumarse a una ola de resultados electorales sorprendentes de la extrema derecha en toda Europa. Obteniendo votaciones nunca alcanzadas, la extrema derecha de Italia, Austria, Dinamarca, Países Bajos, Bulgaria, Letonia, Eslovaquia, Lituania, Finlandia, Grecia, Hungría, o la región de Flandes en Bélgica, son ejemplos pertinentes y atendibles de un proceso que parece presentarse mayoritariamente en países pequeños, con la única excepción de Italia. Pero, para ser cautelosos y precisos, hay que recordar que en grandes países como Inglaterra (donde la extrema derecha emergió en la forma del British National Party) o Francia y España (en las que la derecha xenófoba, populista y ultranacionalista ha quedado parcialmente “incluida” dentro de vastos partidos de centro-derecha y de derecha como l´UMP de Sarkozy, o el PP de Rajoy, el fenómeno está también presente por lo que cabe sospechar que la mutación política que está sufriendo la opinión pública europea es de magnitud suficiente como para merecer un análisis cuidadoso.

Desde luego que las explicaciones "rápidas" están a la orden del día. Están los que se apresuran a hablar de un “European Tea Party” o los que, más tradicionalmente, recurren al argumento de la recesión económica, recesión que genera índices de desocupación altos, están los que ven en el proceso de integración europeo un elemento capaz de exacerbar nacionalismos y/o regionalismos o aquellos que recuerdan la inmigración significativa recibida durante las últimas décadas, que, en muchos casos, vino acompañada de reacciones de “islamofobia” aguda, etc.

Todo eso es seguramente atendible, pero nada de eso parece dar cuenta convincentemente del proceso de transformación política e ideológico al que aludimos al inicio. No parece plausible imaginar, tampoco, una Europa “de extrema derecha”, pero, en cambio, sí parece cada vez más claro que hay un persistente y paulatino corrimiento del electorado hacia el centro y el centro-derecha. La cuestión radica en saber si eso responde a que el discurso de la derecha se ha tornado particularmente atractivo o si, lo que sucede, es que el pensamiento, los partidos y ”la cultura” de izquierda son cada vez menos significativos, política y electoralmente, para las sociedades europeas. Lo que esta histórica derrota de la socialdemocracia sueca invita a reflexionar es: ¿cual será el destino de los socialistas europeos?


Recordemos que ya hace algunas décadas asistimos (salvo en países políticamente arcaizantes y congelados en el pasado) a la evaporación del ideario y de los partidos comunistas. El PC italiano y el PC francés, los 2 grandes “mascarones” de la proa occidental de la formidable Internacional Comunista de los años 70, son hoy partidos marginales. En aquel entonces, todos pensamos que, en buena medida, ello se debía a su ostensible servilismo y dependencia del totalitario soviético y que, cuando la historia dió su veredicto, la URSS se desplomó arrastrando al traspatio de aquella a todo lo que tuviese que ver con el comunismo.

Los socialismos y la socialdemocracia europeos, primos del comunismo, pero arraigados al tronco democrático-liberal de la modernidad política occidental, heredaron parte de las ruinas de aquella catástrofe. Y tuvieron entonces un momento de auge. La socialdemocracia europea alumbró personajes realmente renovadores de la política como Olof Palme, Felipe González, Tony Blair y (aunque en menor medida, por que era un político más tradicional) Francois Mitterand.

Pero ese renacer fue breve. La reciente derrota del más conspicuo y emblemático de los partidos socialdemócratas europeos, en un contexto de “derechización” de la política en ese continente, no puede dejar de convocar la pregunta sobre el futuro de la socialdemocracia. Y las respuestas son bastante desalentadoras. ¿Que puede resultar menos atractivo y moderno que Mariano Rajoy? La respuesta es obvia: Rodríguez Zapatero. ¿Quién aparece como más prepotente y poco abierto a nuevas ideas que Nicolás Sarkozy? También la respuesta en evidente: Martine Aubry. En el mismo sentido, no es necesario abundar sobre el papel(ón) cumplido (y ya sancionado) por Gordon Brown, la total intrascendencia de los socialistas belgas y holandeses o la desaparición de los italianos.

Desde luego que esta pregunta, y las dudas que ella revela, pueden tener, en corto plazo (particularmente en las nuevas sociedades de Europa del Este), una respuesta distinta y menos escéptica; de hecho nadie puede, seriamente, descartar la emergencia de una renovación política de la mano de algún nuevo líder en (o heredero de) ”la mouvance” socialdemocráta. Pero la inquietud aquí planteada no es gratuita ni original. Son muchos los indicios que apuntan a un agotamiento del pensamiento socialdemócrata, al menos en su versión europea.

Raffaele Simone, lingüista y filósofo italiano, hombre de izquierda y autor de “La tercera etapa”, denunciaba hace apenas diez días en “Le Monde Magazine” a “…una izquierda que parece no haber entendido nada del verdadero cataclismo civilizatorio de la victoria del individualismo y del consumo..."; a una izquierda que, por ejemplo, “…hasta hace muy poco se ha negado a discutir de la inmigración masiva y de los clandestinos…”.

Todo hace pensar que habremos de volver sobre este tema.