lunes, 11 de noviembre de 2019

La inevitable caída de Morales



Evo Morales, el indígena que sucumbió a las mieles del poder

El punto de inflexión de su largo mandato fue el 2016, cuando perdió el referéndum para cambiar la Constitución. Hoy, poco quedaba del humilde líder cocalero que asumió en su día la presidencia.

Cuando el primer presidente indígena de América Latina nació, en octubre de 1959, estaba destinado a llamarse Evaristo. Así lo establecía el «calendario pintoresco de Brístol», tan en boga en aquella época para otorgar nombres de santos católicos a los recién nacidos. Pero a Dionisio Morales no le gustaba la idea, aquel nombre era demasiado largo para su hijo varón. Como si algo le dijera que aquel bebé que luchaba por sobrevivir desde antes de nacer, algo que no consiguieron los dos hermanos que le precedieron, necesitaba un nombre sonoro e impactante para cambiar el destino de su nación.

Así que optó por Evo, la versión más corta del nombre inicial, una contracción de la que sólo quedaron las dos primeras letras y la última. Todo aquello previa discusión con el sacerdote, que en aquellos tiempos también mandaba mucho.

Las peripecias de su nacimiento y bautizo las describe el propio líder ‘aymara’ en su autobiografía, ‘Mi vida, de Orinoca al Palacio Quemado’, un largo relato de cómo la vida se confabuló con la política para empujarle hasta la Presidencia de su país, un puesto hasta entonces vedado para los indígenas. Hoy, 60 años después de su nacimiento y transcurridos 14 de su primer triunfo electoral, el nombre de Evo, el que fuera el mandatario actual más longevo del continente, ya forma parte del abanico de nombres, tan cortos e impactantes como el suyo pero que tanto han cambiado la Historia de la región: Fidel, Lula, Raúl…

Lo más paradójico es que ya no queda mucho de aquel Evo, el que alcanzó al poder desde la dirigencia ‘cocalera’ de los Andes bolivianos, en dura pugna con los poderes de toda la vida de un país sumido en la pobreza. Un giro inesperado para una Bolivia con presidentes que hablaban con un acento tan gringo que ni se les entendía.

Un simple vistazo al hasta ahora todopoderoso presidente le acerca más a Evaristo, decidido a perpetuar su nombre en el poder, alargarlo a la fuerza en la Historia de su país, incluso más allá de 2025, cuando vencía la próxima legislatura. Si hay un punto de inflexión, sucedió en 2016, cuando perdió el referéndum para cambiar la Constitución. «Los que dijeron ‘sí’ (48,7%) es para que siga Evo. Los que dijeron ‘no’ (51,3%) es para que no se vaya Evo», señaló el presidente a los periodistas para confirmar que en la América de la revolución no importa mucho lo que quiera el pueblo. Ya lo demostró su gran padrino político y aliado, quien tras perder una consulta parecida en 2007 definió el triunfo de los estudiantes que le confrontaban como «una victoria de mierda».

SU «HERMANO», NICOLÁS MADURO

De Evo a Evaristo, aunque no sea oficial ni reconocido. Al propio líder indígena le gusta repetir su nombre,»Evo» o «el Evo», como si se diera cuenta de que las mieles del poder le estaban engordando y quisiera subsanarlo con las palabras. Lo mismo le ocurrió a su aliado Hugo.

Nada queda en el aburguesado Evo de hoy de la humildad de entonces («No conocí la ropa interior hasta los 14 años»), olvidada por los dispendios que acompañan a los líderes populistas del continente, otra de las cuestiones que parte del país no le perdona al ya ex presidente, cuya principal salvaguarda ha sido la bonanza económica que disfruta el país andino. Una bonanza nacida en la nacionalización de los recursos del gas (en su mayoría en manos brasileñas) y de una administración solvente y eficaz de las cuentas públicas, siempre bajo la tutela de su inefable vicepresidente, García Linera, el cerebro gris de la administración del Movimiento Al Socialismo (MAS), y del ex ministro Luis Arce.

Morales se ha gustado apoltronado en el poder, tan protegido que no dudaba en patear sin disimulo a quien le presionaba, ya fuera en una de esas habituales pachangas de fútbol o en una partida del ajedrez político. El indígena ‘aymara’ persiguió sin disimulo a su enemigos políticos, castigó a la prensa privada, se aprovechó del poderoso aparato estatal para llenar las urnas y se alineó de forma irrestricta con su «hermano» Nicolás Maduro, más allá de las torturas y las ejecuciones extrasumariales denunciadas por la que fuera presidenta izquierdista de Chile, Michelle Bachelet, con la que Evo jamás hizo buenas migas. El histórico diferendo de la salida al mar de Bolivia lo impidió una y otra vez.

Como ya anunció durante la pasada campaña, una vida como la suya, rebosante de jornadas maratonianas de casi 20 horas, necesitaba un segundo volumen de biografía. «Hasta ahora no nos equivocamos, juntos cambiamos la Historia. ¡Vamos por un futuro seguro!», clamó el líder revolucionario en Oruro, cerca de su su Orinoca natal, un pueblito tan pequeño que los mapas se olvidaron de él. Allí, donde la lucha por la supervivencia y contra la exclusión le forjó hasta convertirle en un líder carismático empeñado en convertir en su hogar el Palacio Quemado, la antigua sede presidencial. Pero ya no podrá ser. La calle, la OEA, el ejército, la policía han doblegado a Evo Morales.