jueves, 16 de junio de 2016

Populismo, corrupción y desgobierno

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Venezuela como problema regional


Venezuela parece estar llegando a puntos límites. La Cruz Roja de Curazao está haciendo preparativos para atender una eventual ola de refugiados venezolanos, mientras que numerosos países europeos podrían recibir a quienes tengan ciudadanía de miembros de la Unión.
Junio 2016


La noticia, filtrada a mediados de mayo, consternó a muchos en Venezuela: la Cruz Roja de Curazao, señaló la prensa de la isla, está haciendo preparativos para atender una eventual ola de refugiados venezolanos. Sin atenuantes ni medias tintas comprendimos lo mal que nos están viendo en el vecindario. Sabemos que los saqueos por falta de comida son cosa de todos los días; que el líder opositor que encabeza las encuestas está preso con un juicio que genera muchas dudas, que el Tribunal Supremo invalida una a una las decisiones de la Asamblea Nacional, que los apagones trastornan la vida cotidiana y que la delincuencia ha popularizado los linchamientos en una sociedad que ya siente más rabia que miedo; pero cuando oímos que en Curazao temen una especie de gran crisis de balseros venezolanos, comprendimos que, el aspecto que entregamos, es el del caos y la desolación.

Tal parece que la profecía formulada por el escritor y político Arturo Uslar Pietri durante la década de 1990, según la cual sin petróleo la Cruz Roja tendría que venir a Venezuela a repartir sopa, parece haberse hecho realidad. No, por supuesto, porque el petróleo se haya agotado, sino porque un conjunto de errores e inconsecuencias cometidos desde hace tres décadas, pero agudizados en los últimos diecisiete años, han hundido a uno de los países más ricos de la Latinoamérica en una crisis humanitaria cuyas consecuencias desestabilizadoras para la región pueden ser enormes. Por eso los curazoleños no son los únicos preocupados. Las discusiones que, mientras se escribe este artículo, se llevan a cabo en la OEA; las negociaciones que, por la vía de UNASUR, se iniciaron en República Dominicana; la carta enviada por el Papa Francisco a Nicolás Maduro y los esfuerzos que lleva adelante la Nunciatura en Caracas para que llegue a una salida electoral de la crisis; la visita, in extremis, de Evo Morales a Caracas, para darle apoyo al gobierno casi como el último aliado que queda del desmoronado orden alternativo erigido con tanto esfuerzo (¡y petrodólares!) por Hugo Chávez ; los pronunciamientos de la ONU, la Eurocámara, el G-7, Barack Obama y la Internacional Socialista: todos manifiestan el temor de que del país termine de deslizarse hacia el caos si no se llega a alguna forma de entendimiento democrático.

Sus temores van más allá de la solidaridad con un pueblo acosado por la carestía y la violencia. Hay motivos más pragmáticos para inquietarse por la suerte de Venezuela. Pensemos tan sólo en el hecho de que la Cruz Roja de Curazao (una isla cuyas costas se ven desde las playas más septentrionales de Venezuela) ya trabaja sobre una posible crisis de refugiados. Colombia y, en general, la Comunidad Europea, correrían riesgos similares, si ese apocalíptico escenario se llevara realmente a cabo. Convencionalmente se afirma que tres millones de colombianos viven en Venezuela, pero Hugo Chávez, con la facilidad que lo caracterizaba para realizar afirmaciones, elevó esa cifra a cinco millones (que aceptó Bogotá, tal vez a falta de otra mejor). Lo cierto es que, en los primeros años del presente siglo, mientras profesionales de la clase media venezolana y empresarios huían del socialismo bolivariano hacia una Colombia cada vez más segura y próspera, desplazados colombianos se establecían en Venezuela para buscar refugio con familiares, aprovechar las políticas sociales del chavismo y, en muchos casos, disfrutar del bolívar sobrevaluado que tuvimos hasta 2013 para mandar remesas o, en no pocos casos, participar del «bachaqueo », es decir, del contrabando entre los dos países. Aunque nadie sabe, a ciencia cierta, cuántos colombianos viven en Venezuela, la idea de que su número ha aumentado en la última década no está desencaminada. Esto implica que, en una situación que empeore, Colombia podría recibir a una enorme masa de connacionales, empeorando su ya de por sí complicada situación de desplazados.

Otro tanto podría suceder con países de la Comunidad Europea como Portugal, España e Italia. Recientemente el primer ministro portugués, Antonio Costa, expresó la preocupación de su gobierno por los 400.000 portugueses que viven en Venezuela. Existen cálculos que refieren a un millón de venezolanos con derecho al pasaporte italiano y de unos tres millones con derecho al español. Oficialmente unos 120.000 italianos y unos doscientos mil españoles viven en el país. Esta situación podría significar para la Comunidad Europea una crisis como la de Siria, con la diferencia tan particular de que se vería obligada a recibir a los migrantes ya que poseen su ciudadanía. Si a esto añadimos el hecho de que Curazao forma parte de Holanda y de que Venezuela limita al norte con Francia en el mar que comparte con Guadalupe, Europa tendría, en el caso de que el país colapse, un problema en sus fronteras. Tal vez, esa sea la razón del incremento de las fuerzas holandesas en la zona que, según denunció Chávez en una de sus declaraciones más sensacionales en 2009, debía prepararnos para una guerra con los Países Bajos.

La cosa, sin embargo, no acaba aquí. Venezuela es un actor clave tanto en las negociaciones de La Habana con las FARC, como en las que se realizan en la mismísima Caracas con el ELN. Por ello, la caída en el caos del país podría incidir de forma directa en la pacificación de Colombia. Otro tanto sucedería con los precios del petróleo, si el caos obstruyese la industria del quinto productor mundial y acaso con la economía de los grandes prestamistas y proveedores del régimen chavista, como Rusia, China y Brasil, cuyos intereses son tan altos como controversiales en Venezuela. La crisis que actualmente padecemos ha merecido y seguirá mereciendo la atención internacional. Pero recordemos algo: la Cruz Roja curazoleña habla de una «eventual» ola de refugiados. Es decir, se trata de una posibilidad, tal vez la peor entre muchas. La apuesta es que los campos de refugiados que piensan montarse permanezcan sin uso. Pero para ello, Venezuela precisará esfuerzos para encontrar una salida que no ponga en discusión su soberanía, pero en la que toda la ayuda que pueda ofrecerle los sectores democráticos y progresistas del mundo será de una enorme utilidad. Por el bien de Venezuela y el de toda la región.