jueves, 4 de abril de 2013

LA CRISIS DEL SAHARA



LA CRISIS DEL SAHARA


Revista “NEXOS”
México, D. F., 1 de abril 2013
Por Natalia Mendoza Rockwell
La soledad del Sahara es engañosa, disimula rutas ancestrales de intercambio y una enorme complejidad social. Abarca un territorio del tamaño de China atravesado por fronteras entre varios Estados: Mauritania, Malí, Argelia, Chad, Níger, Túnez, Sudán, Egipto, Libia, Marruecos y el Sahara Occidental. Si algo muestra la historia reciente de la región es que esas fronteras dejan pasar mucho más de lo que detienen: la “primavera” tunecina desata procesos políticos en Marruecos y Egipto, una guerra en Libia permite que se armen grupos rebeldes en Malí, la intervención militar en Malí provoca represalias en una planta de gas en Argelia. Todo en la región es transnacional. Hay órdenes religiosas que extienden sus lazos de Qatar a Mauritania, lazos de parentesco y afinidad cultural que vinculan a grupos a lo largo y ancho del desierto, redes de tráfico de drogas, de migrantes o de armas que atraen a profesionales de otras regiones de África y Medio Oriente, y migraciones de personas huyendo ya sea de conflictos armados o simplemente del avance del desierto que poco a poco se adueña de tierras que solían servir para el pastoreo.
Sahara

En el trazo de fronteras que resultó de los procesos de colonización y descolonización, el desierto quedó dividido y administrado por capitales lejanas. Los pueblos que se reclaman como originarios del Sahara —que se llaman a sí mismos tamaseq pero son conocidos como tuaregs o beréberes— hablan una docena de lenguas de origen común, se agrupan en más de 15 clanes esparcidos por el desierto y alternan la vida sedentaria en ciudades como Timbuktú o Kidal con largos periodos de nomadismo. Las capitales de las naciones del norte de África, como Trípoli o Algiers, ven hacia el Mediterráneo y han buscado por siglos inducir la lengua y cultura árabes a las poblaciones “salvajes” del sur. En Argelia, por ejemplo, no fue sino hasta 2001 que el bereber fue reconocido como lengua oficial. Por su parte, las capitales de los Estados del Sahel, como Bamako (Malí) o Niamey (Níger), se ubican en las orillas fértiles del río Níger, centenas de kilómetros al sur del desierto, y han tenido dificultades para administrar y patrullar las remotas fronteras del Sahara desde la época de las independencias.

A esta peculiar geografía se suman concepciones racistas que resurgen con cada conflicto. Para empezar a entender las relaciones étnicas en la región habría que remontarse a la historia del tráfico de esclavos. No me refiero al tráfico transatlántico controlado por los europeos, sino al tráfico a través del desierto dirigido hacia Medio Oriente y controlado por reinos afro-árabes que hicieron de la compra y venta de personas de grupos subordinados su principal sostén. En el siglo XIX la administración y la antropología coloniales contribuyeron al fortalecimiento de dichas distinciones raciales estableciendo una jerarquía en la que los árabes eran considerados como la población más evolucionada —aunque considerados despiadados y mezquinos— seguidos por los grupos seminómadas del desierto, de piel clara y rasgos afilados, y relegando a la población negra que vive al sur del Sahara, aglomerados en la categoría de bantúes, a lo más bajo de la jerarquía racial.

La premisa fue que África era un continente negro y primitivo y que todo aquello que contradijera dicha visión tenía que ser de origen extranjero. El mito de la “raza hamítica”, según el cual las poblaciones del desierto serían descendientes de Ham y por lo tanto originarios no del continente africano sino del Medio Oriente, justificó durante muchos años un trato diferenciado. Esta construcción de diferencias raciales, y la serie de privilegios otorgados con base en ellas, son fundamentales para entender los conflictos contemporáneos en toda la región: el conflicto entre Sudán del Sur y del Norte, el conflicto entre los musulmanes del norte y los cristianos del sur en Chad, las rebeliones tuareg en Níger. Incluso figura en la historia del genocidio de Rwanda ya que los privilegios que la administración belga otorgó a los tutsis estaban basados en la idea de que éstos eran de origen “hamítico” y por lo tanto un subgrupo de la raza caucásica.

El conflicto que provocó la intervención francesa en Malí en enero 2013, aunque singular en muchos aspectos, repite una serie de elementos característicos de los conflictos del Sahel. Basta leer la maravillosa rendición que hace W. Churchill en su libro The River War de la guerra madhista a finales del siglo XIX en Sudán para ver las continuidades.

Los hechos

En Malí pasaron dos cosas. Por un lado, un golpe de Estado militar, y por el otro la ocupación de la mitad del territorio por cuatro grupos distintos: MNLA, MUJAO, AQMI, Ansar ed Dine. El 22 de marzo de 2011 un joven capitán del ejército maliense de nombre Amadou Haya Sanogo encabezó el golpe de Estado que puso fin al mandato del presidente democráticamente electo Amadou Toumani Touré —conocido por todos como ATT—. El golpe sucedió 40 días antes de la fecha oficial de finalización del mandato presidencial y en un momento en que la mayoría de los partidos políticos estaban ya en campaña para las elecciones presidenciales. Se alegó que la incompetencia de ATT para lidiar con “el problema del norte” y su supuesta intención de posponer las elecciones y permanecer en el poder justificaban el golpe militar.

El capitán Sanogo prometió restablecer la seguridad en el norte del país, restaurar el orden constitucional y convocar a elecciones democráticas una vez llegado el momento apropiado. Pero la presión internacional le hizo cambiar de opinión y pocos meses después del golpe restituyó el gobierno a los civiles. Actualmente, la autoridad máxima en el país es el presidente interino, antiguo presidente de la Asamblea Nacional, de nombre Diouncounda Traore, seguido de un primer ministro designado por los militares. Los partidos políticos siguen activos, lo mismo que los periódicos y otros medios, y se espera que una vez que las regiones del norte hayan sido reconquistadas se organicen elecciones presidenciales.

A pesar de la intención del capitán Sanogo de hacer frente a los grupos hostiles en el norte del país, el golpe de Estado precipitó la catástrofe y una semana bastó para que cayeran las principales ciudades septentrionales en manos de los “rebeldes”: Kidal, Timbuktú y Gao. Pasó prácticamente un año sin que el ejército de Malí intentara recuperar las regiones perdidas, y sin grandes iniciativas militares por parte de los grupos rebeldes. Todos los representantes del Estado maliense —maestros, prefectos, jueces— abandonaron las regiones del norte; hace un año el Estado de Malí no ejerce ningún tipo de administración en esas regiones.

Durante el año que transcurrió, el enemigo del norte cambió de naturaleza: Malí empezó enfrentándose al reclamo de autodeterminación por parte de los tamaseq organizados en el MNLA (Movimiento de Liberación Nacional del Azawad) y terminó solicitando la ayuda de Francia para resistir la amenaza del “terrorismo islamista”.

Los ánimos independentistas de los tamaseq han sido una constante desde la independencia de Malí en 1960. La primera rebelión de los jefes tamaseq de Ifoghas contra el Estado de Malí fue en 1963 y fue reprimida por el gobierno socialista de Modibo Keita. Desde entonces, los tamaseq han mantenido diferentes grados de movilización, con épocas de enfrentamiento directo y épocas de relativa calma. Argumentan no sólo que hay poca cercanía cultural entre ellos y los grupos del sur —bambaras, malinkes, soninkes, etcétera— sino que Bamako los ha dejado fuera del gobierno y de las iniciativas de desarrollo. Durante la década de los ochenta el movimiento tamaseq se fortaleció bajo el liderazgo de Iyad ag Ghali, también de la jefatura de Ifoghas, que sostuvo un discurso secular y nacionalista. Un nuevo levantamiento en 1990 dio pie a la firma del Pacto Nacional en 1992. Para este momento ya había un régimen multipartidista en Malí que además promovió fuertemente la descentralización administrativa del país. A pesar de las concesiones por parte del gobierno central, el MNLA retomó la rebelión, tomó las principales ciudades del norte y declaró la independencia del Azawad en abril de 2012.

El MNLA se describe a sí mismo como un movimiento laico y multiétnico y ha sabido ganarse la simpatía de los medios occidentales evocando con romanticismo la vida nómada del desierto —sobre todo a través del grupo musical Tinariwen que es relativamente popular en Francia—. Sin embargo, en Malí se les acusa de racismo contra la población negra del sur y de haberse aliado con grupos terroristas en su afán por “reconquistar” su territorio original. Es difícil conocer la serie de alianzas y negociaciones que se dieron entre los diferentes grupos, lo cierto es que poco después de que el MNLA hiciera la declaración de independencia, se empezó a registrar la presencia de otros grupos en la región. Grupos como Ansar ed Dine o AQMI que son abiertamente islamistas y que emprendieron gestos simbólicos de imposición de la ley islámica o sharia en las ciudades ocupadas —la lapidación de una pareja viviendo en concubinato, la amputación de la mano de un ladrón, etcétera.

El 10 de enero de 2013 una coalición de grupos islamistas avanzó sobre la ciudad de Konna. La facilidad con que la ciudad cedió ante el ataque rebelde comprobó lo que todavía algunos se atrevían a poner en duda: que el ejército de Malí no tenía la capacidad suficiente para hacerles frente. El riesgo inminente era que los “rebeldes” tomaran Sevaré, con lo cual hubiera quedado bajo su control el único aeropuerto capaz de recibir tropas extranjeras en el norte del país. Al día siguiente ya estaba el ejército francés en Malí.

Es importante notar que Francia intervino bajo la petición explícita del presidente interino Diouncounda Traore. En menos de un mes, el ejército francés, acompañado del de Malí y de las tropas de la Unión Africana, recuperaron la totalidad del territorio de Malí. François Hollande visitó Timbuktú el 2 de febrero de 2013 y fue recibido con aplausos y elogios, incluso se dijo que esta vez Francia le había otorgado una “segunda independencia a Malí”. Nadie está dispuesto a negociar con el “terrorismo islamista”, pero la gran pregunta en este momento es cuál debe ser la posición frente al MNLA. Francia ha sugerido que se encuentre una salida negociada al conflicto, ya que el MNLA tiene una demanda legítima; Malí sostiene que el MNLA es el primer culpable de la ocupación terrorista y no merece un trato especial.

La amenaza terrorista

A falta de una palabra más precisa, los malienses hablan de “los bandidos” del norte. En los medios internacionales abundan los calificativos: terroristas, rebeldes, jihadistas, islamistas, salafistas, malhechores, narcotraficantes, entre otros. Uno de los aspectos más interesantes del conflicto en Malí es que pone en evidencia la diversidad de actividades que se agrupan detrás de la categoría de “terrorismo islamista” y, sobre todo, la rapidez con que se forman nuevos grupos y grupúsculos que se sirven de la bandera del universalismo islámico.

Empezamos con el MNLA que fue fundado en 2011, aunque sus antecedentes se remontan hasta los años sesenta. Como ya dijimos, se trata de un movimiento tamaseq laico y multiétnico, aunque está predominantemente conformado por tamaseq de Ifoghas. Sus objetivos son la autodeterminación y la independencia del Azawad —la mitad de Malí—.

Se dice que han recibido apoyo de Francia. Poco después, en marzo de 2012, aparece Ansar ed Dine, un grupo dirigido por uno de los jefes más prominentes de la rebelión tamaseq de los años noventa, Iyad ag Ghali que se desligó del MNLA para constituir su propia organización. La gran diferencia es que Ansar ed Dine define como su objetivo principal la imposición de la sharia en todo Malí. Enseguida escuchamos que Ansar ed Dine está vinculado con Al-Qaeda du Magreb Islamique (AQMI). AQMI es una organización de origen argelino que formaba parte de una organización salafista llamada GSPC (Grupo Salafista por la Predicación y el Combate) y cuya adhesión a Al-Qaeda habría sido aprobada por Bin Laden. AQMI se ha adjudicado atentados en Francia, se le asocia concretamente con el atentado de Mohamed Merah, que mató tres militares y cuatro civiles judíos en Toulouse en marzo de 2012. Aparece en la lista de organizaciones terroristas buscadas por Estados Unidos, Rusia y Francia. Poco después se registró que MUJAO, el Movimiento por la Unidad y la Jihad en África Occidental, había ocupado la ciudad de Gao en el norte de Malí y, entre otras cosas, prohibido la transmisión de música “profana”. Este grupo es resultado de una escisión de AQMI y busca la expansión del movimiento jihadista en África Occidental. Pero el ejemplo más interesante de una apropiación subsahariana del discurso jihadista es el grupo Boko Haram, uno de los últimos en integrarse al conflicto en Malí. Se trata de un movimiento islamista de origen nigeriano que busca la imposición de la sharia en dicho país y que se ha enfrentado al gobierno nigeriano y a la población cristiana desde 2002. Finalmente, hace unas cuantas semanas, ya con el ejército francés en Malí, una nueva escisión de Ansar ed Dine crea MIA, Movimiento Islamista del Azawad que, al igual que el MNLA, se dice favorable a una negociación y dispuesto a combatir al resto de los grupos.

Este complicado mapa de actores sugiere algunas conclusiones. Se trata de grupos sumamente móviles, con miembros de nacionalidades muy diversas, que se nutren de los conflictos y los van siguiendo: sólo eso explica que un grupo nigeriano o argelino decida operar en Malí. Esto indica que tienen poco arraigo en la localidad que los acoge, a diferencia por ejemplo del MNLA que sí es la expresión de una preocupación local. El gran número de escisiones y lo efímero de las alianzas entre los diversos grupos, un grado de improvisación, poca disciplina y endeble sentido de pertenencia a una organización. El discurso religioso, la vocación universalista del islam, parece proveer unidad y cohesión al interior de cada grupo y entre las diferentes entidades, además de que facilita el traslado de los actores de un contexto a otro. Es decir, gracias al discurso islamista por un lado y antiislamista por el otro, un conflicto local, tomemos como ejemplo la demanda de infraestructura por parte de poblaciones aisladas hacia el gobierno central, se convierte en una expresión más de un conflicto global: Occidente contra el islam. Una vez que el conflicto se plantea como expresión de esa dicotomía queda abierto a la intervención de cualquier grupo armado que sepa servirse de la circunstancia, incluyendo las potencias occidentales.

Hay en la opinión pública internacional una tendencia a reducir este o cualquier otro conflicto a una lucha por recursos naturales. La receta es “encuentra el petróleo y entenderás el conflicto”, eso te evita la tarea de estudiar los detalles de cada caso. Sin embargo, la fórmula no funciona para Malí. Se ha hablado de la existencia de yacimientos petroleros en el territorio del Azawad, pero esto sigue siendo una hipótesis, además de que su explotación en un territorio tan retirado y hostil será sumamente costosa. El oro y los diamantes de Malí, que con frecuencia salen a relucir en la prensa crítica que busca el hilo negro, no están en la zona del conflicto y su extracción hace mucho que está en manos de mineras canadienses que no necesitaron ninguna guerra “neocolonialista” para conseguir su explotación. Las minas de uranio no están en Malí sino en Níger. Hasta prueba contraria, en el norte de Malí hay sal, gas y mucha arena.

Hay dos fuentes de financiamiento reales para los grupos rebeldes que convierten la zona en un territorio estratégico: el tráfico de cocaína, una novedad total en Malí, y el secuestro de rehenes extranjeros. El vínculo entre cárteles sudamericanos y grupos en el Sahara no es un mito, aunque lo parezca. La prueba más contundente fue el extraño caso del avión Boeing que en 2009 fue hallado en el desierto en el norte de Malí después de un accidente. No se aclaró el caso, pero se sabe que el avión había llegado de Venezuela cargado con cocaína y que al intentar despegar tuvo una falla. No se sabe cuánta droga transportaba, aunque se calcula en toneladas. El norte de Malí es un lugar adecuado para el tráfico de drogas por la ausencia de autoridades estatales, y porque basta atravesar Argelia y el mar Mediterráneo para alcanzar el mercado europeo.

La intervención francesa

Lo adecuado en términos de derecho internacional habría sido una intervención encabezada por la CEDEAO, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, que es el organismo regional encargado del mantenimiento de la paz y la integridad territorial de los Estados miembro. La CEDEAO de hecho estuvo a cargo de las negociaciones con el MNLA y Ansar ed Dine en un primer momento. Pero el hecho de que este organismo haya impuesto un embargo económico a Malí como “castigo” por el golpe de Estado del capitán Sanogo le valió la antipatía de la población.

Una intervención africana habría significado, en términos prácticos, una intervención dirigida por Nigeria y Costa de Marfil, la existencia de vínculos entre las elites políticas de los diferentes Estados miembro ponían en entredicho la neutralidad de cualquier potencia regional. La resistencia de la población y de muchos partidos políticos en Malí a aceptar la intervención de la CEDEAO fue tal que incluso bloquearon con una marcha la pista de aterrizaje del aeropuerto de Bamako para impedir la llegada de los representantes del organismo regional.

Naciones Unidas analizó el caso de Malí y el 20 de diciembre autorizó el despliegue de una operación africana, denominada MISMA, aunque no estableció un plazo para ella. Estados Unidos supeditó su apoyo al establecimiento de un régimen democrático en Bamako —aunque celebrar elecciones sin las regiones del norte habría sido como aceptar de facto la partición del país— y ofreció apoyo logístico a una operación encabezada por la CEDEAO.

La facilidad con la que los rebeldes avanzaron hacia el sur, y la situación desesperada de la población en los territorios ocupados, llevaron al presidente interino Diouncounda Traore a solicitar la intervención de Francia. Sin duda, Francia ha tenido mucho que ver con la desestabilización de la región, recientemente con la intervención en Libia e históricamente de 50 maneras diferentes. Sin embargo, en esta ocasión no creo que la intervención francesa en Malí deba leerse con el trillado lente del neocolonialismo. Es decir, creo que esta intervención hace aún más evidentes los lazos de dependencia que la mayor parte de los gobiernos africanos mantienen con Europa, los cuales son el efecto de relaciones de intercambio asimétricas e injustas, pero también de la mala gestión de las elites políticas africanas. La dependencia es un hecho, a pesar de que se disfrace cada tanto con nacionalismos exaltados. Francia no necesita emprender una “guerra neocolonial” para afianzar la dependencia africana y sus intereses económicos en Malí son escasos.

Sin duda hay una serie de razones más y menos egoístas que llevaron a Hollande a tomar la decisión de intervenir en Malí: convencer a los electores de centro y derecha de que él también ejercerá mano dura contra los islamistas, probar la independencia de la política exterior de Francia respecto a la Comunidad Europea y Estados Unidos, patrullar el Sahara, ganarse el voto de la diáspora maliense y africana en Francia, etcétera. Hasta ahora, la operación ha sido poco costosa en dinero y vidas francesas, y a François Hollande le valió ser recibido en Malí como el nuevo gran libertador.

Conociendo el alcance del sentimiento nacionalista y concretamente antigálico de los malienses, no pude dejar de sorprenderme con las muestras de entusiasmo que la intervención suscitó en Malí. La bandera francesa se izó en casas y oficinas. Hollande tuvo un gesto diplomático acertado que no sonó mucho en los medios franceses y que seguramente no mella el paternalismo y la condescendencia que caracterizan la relación de la potencia con sus antiguas colonias, pero que en África significó mucho. En el discurso que pronunció durante su breve visita a la recién liberada Timbuktú, Hollande afirmó que la intervención francesa en Malí era el pago de una deuda histórica de sangre que los franceses tenían con los soldados malienses que dejaron su vida luchando por la liberación de Francia durante la Segunda Guerra Mundial.

Bastaron un par de semanas para que los franceses, acompañados de tropas malienses y chadianas, recuperaran la totalidad del territorio ocupado por los grupos islamistas. Pero sucedió lo previsible, después de dos meses las tropas siguen enfrascadas en un enfrentamiento difuso contra varios grupos jihadistas replegados en las montañas de Ifoghas. Argelia ha hecho lo posible por patrullar sus fronteras para impedir la entrada de “terroristas”. Pero los medios franceses y africanos empiezan ya a prever una “nueva crisis” protagonizada por los rebeldes que logren escapar del tiroteo con los franceses en el norte de Malí, atravesar Níger y regresar al sur de Libia. Se apagó la llama pero no el incendio.

Natalia Mendoza Rockwell. Candidata al doctorado en antropología por la Universidad de Columbia. Es autora del libro Conversaciones en el desierto: cultura, moral y tráfico de drogas.