lunes, 18 de agosto de 2008

LOS JUEGOS OLÍMPICOS




LOS JUEGOS OLÍMPICOS


Por Javier Bonilla Saus*
Las lecturas políticas del deporte suelen ser tan desatinadas como las interpretaciones deportivas de la política. Como con el arte, con la ciencia, como con todas aquellas actividades que responden a iniciativas, recursos y talentos esencialmente individuales -(o eventualmente de pequeños grupos)- con el deporte, el análisis político suele transitar por los caminos más reduccionistas o maniqueos que uno pueda imaginar.
El problema reside, sin embargo en que los líderes políticos no cejan en su empeño de hacer jugar al deporte un papel fundamental en este ámbito.  Los ejemplos históricos sobran. Baste recordar desde los Juegos Olímpicos de 1936 hasta las demenciales décadas de la Guerra Fría donde el mundo entero leía los resultados olímpicos adicionando las "medallas socialistas" versus las medallas obtenidas por el mundo occidental.
Aunque, en este último, nunca se dejó de estar atento a esta perversa ideologización de los resultados deportivos y muchos participaron activamente de ella, en realidad fue en el campo socialista donde el fenómeno se tornó paroxístico. Las "bondades" del socialismo iban a quedar demostradas mediante una supuesta superioridad deportiva de éste sobre el capitalismo decadente de las sociedades occidentales. Los que juntamos suficientes años como para haber sido testigos de esas payasadas, nunca podremos olvidar, los boicots respectivos, ni las sistemáticas pero puntuales barrabazadas de atletas y entrenadores de los países occidentales ni las "políticas de estado" de los aparatos deportivos estatales del socialismo.
En realidad, en cada campo de esta Guerra Fría del deporte, se imponían las reglas políticas del régimen imperante. Mientras que, en Occidente, nunca faltaron los entrenadores y atletas que recurrían por iniciativa propia al dopaje y a todo tipo de maniobras ilegítimas reñidas con un ejercicio razonable del deporte, en el mundo socialista se entronizó oficialmente el recurso a esas mismas prácticas. Nadie olvidará nunca las nadadoras de Alemania del Este con físicos de levantadores de pesas ni a las niñas gimnastas rumanas prácticamente condenadas al enanismo desde su infancia.
La caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la URSS desarticularon las significaciones de ese relato demencial que oponía "deporte socialista" contra "deporte capitalista" y, durante un cierto tiempo, los acontecimientos olímpicos evolucionaron más hacia el "show televisivo global" perdiendo la fuerte ideologización de las décadas anteriores. Quizás pueda decirse que fue en Atenas donde los Juegos Olímpicos lograron desembarazarse en algo de esta permanente intromisión política.
Desde luego que un evento de la repercusión global de estos Juegos no deja de ser una oportunidad única para proyectar un país en el contexto internacional y, por ello, siempre cabe esperar que la política diga "presente" en distintos aspectos del acontecimiento.
Pero la  reciente inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín parece traer un nuevo mensaje y ser portadora de un nuevo significado político. Aunque ya instalado (como efecto del desarrollo de las comunicaciones globales) el principio de que esta ceremonia inaugural ha de ser un show global, en este caso presenciado por cerca de 3000 millones de espectadores, estamos quizás ante un nuevo mensaje político.
El titular del "China Daily" del día 8 fue "Bienvenido, mundo". Y, este denotado diálogo entre la China y el Mundo, la descomunal desmesura y opulencia de la ceremonia inaugural parecen anunciar que las autoridades chinas nos están diciendo algo distinto. La cantidad de recursos invertidos, tanto en la ceremonia como en el conjunto del evento, la reafirmación de identidad cultural del espectáculo, las presiones diplomáticas desplegadas para que decenas de jefes de estado – (Bush, Putin, Sarkozy, Lula, Fukuda, Rudd, etc.)- y personalidades políticas –(Schroeder, Shimon Peres, Bush padre, Kissinger, etc.)- se hiciesen presentes, y hasta el recurso a imágenes televisivas trucadas (que denunciase ayer el "Beijing Times" y "Le Monde") no pueden dejar de alertarnos. En realidad, todo fue, y está siendo, "…a bit too much…".
No estamos simplemente ante una afirmación nacionalista en el sentido tradicional del término. Todo parece indicar que estos Juegos Olímpicos traen un mensaje destinado a advertir, precisamente, a todo el mundo que ya nada podrá hacerse en el ámbito internacional sin contar con la China. Es un mensaje de “fuerza” y de “poderío”. Esto, dadas las dimensiones de esa sociedad, puede parecer anecdótico para algún observador desprevenido. Nunca resultará admisible para quienes, de Grocio en adelante, entendemos que en el mundo internacional hay, y debe haber, igualdad entre países y reglas aplicables para todos. Y, una vez más, el argumento que, durante siglos, las grandes potencias hicieron caso omiso de ese principio cardinal no debería ser de recibo. Nadie ignora la preeminencia del realismo, pero tampoco nadie puede cuestionar que su preeminencia siempre encuentra algún límite.
Si ese fue el mensaje, en cualquier caso, no es el más apropiado para enviar a propósito de los Juegos Olímpicos. Tanto más inapropiado se torna semejante discurso cuanto más cerril se manifiesta el totalitarismo político del régimen político chino.


*Catedrático de Ciencia Política
Depto de Estudios Internacionales
FACS –ORT Uruguay