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lunes, 7 de septiembre de 2020
LOS ATAQUES A LA LAICIDAD
viernes, 19 de junio de 2020
LA INTOLERANCIA DE LOS ANTI-INTOLERANTES
Por Julio María Sanguinetti
CORREO DE LOS VIERNES
19/06/2020
Avasallar
derechos en nombre de esos mismos derechos, conduce a la degradación de
la causa que se afirma defender y, al final, de la libertad,
entronizando el oscuro universo del autoritarismo inquisidor.
El
mundo entero vive, en los últimos años, extraños debates, confusiones de
principios, razonamientos antihistóricos y fanatismos que han instalado
una verdadera dictadura de lo que es "políticamente correcto”. Es "la
derrota del pensamiento", como titula Alain Finkielkraut un ensayo ya
clásico que hace años planteó la dificultad, casi imposibilidad, de
discutir ciertos temas con racionalidad.
Esto ha pasado en Europa con
la "islamofobia", que se instaló como arma arrojadiza para cualquiera
que intente denunciar la atroz situación de la mujer en el mundo árabe,
la naturaleza terrorista del gobierno de Gaza o cosas tan evidentes como
que el día es día y la noche es noche. Quien lo intente será acusado de
"sionista", "islamófobo" y "racista". En el fondo se trata de un
rechazo, un intento de demolición de los valores de la civilización
occidental. Hasta el escritor Pascal Bruckner fue llevado a juicio por
dos organizaciones a las que acusó, con razones, de alentar atentados
como los que ocurrieron en París en enero de 2015.
De ese modo muchas buenas causas son confiscadas por minorías intolerantes, que pasan luego a ser dictaduras del pensamiento.
El
tristísimo episodio de George Floyd, un muchacho negro asesinado por un
policía que lo asfixió en un procedimiento abusivo, ha dado lugar ahora
a una ola descontrolada de intolerancia que, en nombre del más que
legitimo antirracismo practica, a la inversa, un estricto racismo. Podrá
decirse que el Presidente Trump pudo haber manejado la situación con
poco tacto, pero que esto termine en atentados contra monumentos a Colón
o, en Inglaterra, a Churchill, es degradar la causa hasta lo
intolerable.
Deshonrar la estatua de Winston Churchill en nombre del
antirracismo es algo tan imbécil que cuesta tener que razonar a ese
respecto. El gran campeón de la libertad, el conductor de la victoria
ante el movimiento racista más peligroso de la historia, es apostrofado
por algunas ideas conservadoras (nunca racistas) que sostuvo en
ejercicio de la libertad democrática por la que luchó toda su vida.
Cuando
se agrede el monumento a Colón en nombre del antirracismo
antiimperialista, se incurre, si tomamos en serio el tema, en un
anacronismo histórico rotundo. No puede aplicarse a episodios de hace
500 años, la lógica política e ideológica de hoy.
El Renacimiento en
Occidente había alcanzado niveles tecnológicos en la navegación que le
permitían a las potencias europeas de la época salir a conocer -y
eventualmente ocupar- un mundo que les era desconocido. Por supuesto que
esto llevó a un dramático choque de civilizaciones, como había ocurrido
antes en Europa y la propia América, entre los mismos pueblos
indígenas. Era tan dramático como inevitable, porque si no era España,
sería Portugal, o Inglaterra, u Holanda. De ese choque somos hijos, de
esa amalgama mestiza nació nuestra América Latina. Y si hablamos y
pensamos en castellano es porque se impuso, como siempre en la historia,
aquella civilización más avanzada científica y tecnológicamente.
Como
se advierte, de este modo llegamos a la negación de nuestros propios
valores, a la renuncia a ser lo que lo somos. Es lo que pasa entre
nosotros con el "charruismo" -como decía Daniel Vidart- que genera una
suerte de complejo de culpa sobre todos nuestros próceres, hijos de una
sociedad hispano-criolla, con la especial y calumniosa referencia al
primer Presidente Constitucional de la República, el General Fructuoso
Rivera.
En Estados Unidos, una cadena de "streaming" borró estos días
de su lista la histórica película "Lo que el viento se llevó" porque,
supuestamente, promueve prejuicios racistas. Imaginar una censura de esa
naturaleza para creaciones serias es totalitario. Atribuir además
intenciones racistas es tonto, porque la película recoge los valores de
un tiempo histórico de los EE.UU. Y eso no se puede borrar. Al revés,
servirá de comprobación, por contraste, de los avances alcanzados hoy
por la sociedad en el camino de la tolerancia e igualdad.
No es muy
distinto lo que pasa con el feminismo, que en el mundo occidental ha
triunfado en el reconocimiento de la igualdad de los sexos y sin embargo
promueve en su nombre exageraciones que atentan contra la libertad de
los demás. En un país como el nuestro, donde la Justicia y los egresos
universitarios son mayoritariamente femeninos, querer imponer -por
ejemplo- el "lenguaje inclusivo" en los ámbitos educativos es un
retroceso cultural. Lo que sí hay que hacer es seguir predicando la
convivencia, tratar de que el feminicidio (como el abuso a menores) sean
erradicados de la mentalidad humana; incluso batallar porque en el
ámbito laboral no se produzcan discriminaciones. Pero agredir al que
piensa distinto, solo es degradar los valores proclamados.
El tema es
amplio y profundo. Da para mucho más. Pero es la hora de decir en voz
clara que insultando a Churchill o cortándole la cabeza a Colón, no se
logrará más igualdad entre los seres humanos y más libertad para la
sociedad. Más bien, al revés: nos iremos hundiendo en el mundo sombrío
de los inquisidores de todos los tiempos.
Copyright © 2020 Secretaría Julio María Sanguinetti, All rights reserved.
lunes, 18 de mayo de 2020
ESTAREMOS TODAVIA A TIEMPO ?
Comentario
La urgente modernización del Mercosur
El
bloque comercial sudamericano está en crisis, pero ante el panorama
económico sombrío provocado por la pandemia es necesario actualizarlo y
fortalecerlo: la mejor vía para enfrentar la situación será hacerlo de
manera regional.
Para The New York Times
Por Nicolás Albertoni
Experto en integración regional de América Latina.
Regístrate para recibir nuestro boletín con lo mejor de The New York Times.
LOS ÁNGELES, Estados Unidos — A finales de abril, el gobierno de Argentina le comunicó a sus pares del Mercado Común del Sur (Mercosur) —el bloque comercial formado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y que en conjunto serían el equivalente a la quinta economía del mundo—
que el país dejaría de participar “en las negociaciones de los acuerdos
comerciales en curso y de las futuras negociaciones”. A los pocos días,
Argentina revirtió su posición.
Las
señales encontradas de Argentina reavivaron las incertidumbres en un
bloque que ha estado en crisis en la última década. Pero,
paradójicamente, también abren una oportunidad. El sombrío panorama
económico por la pandemia del coronavirus ha hecho más urgente que nunca
la modernización del acuerdo para enfrentar mejor la crisis en
desarrollo.
Hace 29 años, en marzo de 1991, los cuatro países sudamericanos firmaron el Tratado de Asunción, que dio origen al Mercosur. Entonces, los miembros se propusieron establecer una zona de libre comercio y dar paso a la creación de una unión aduanera,
lo que implicaría contar con un arancel externo y una política
comercial externa comunes. Después, la idea era transitar a un mercado
común, a algo más parecido a la Unión Europea. Pero el Mercosur
solamente cumplió el primer objetivo, ser una zona de libre comercio.
Como el bloque no ha querido abandonar aún las intenciones de alcanzar
algún día una unión aduanera, todavía mantiene regulaciones que hacen
muy complejas las posibles negociaciones bilaterales con otros países
sin el consentimiento de los demás miembros. De ahí la necesidad
apremiante de modernizar el acuerdo.
Este
debate tendrá que suceder mientras el continente atraviesa un momento
de gran debilidad. El impacto de la pandemia no tendrá precedentes en la
región, tanto en términos sanitarios como socioeconómicos. El Banco
Interamericano de Desarrollo ajustó drásticamente las previsiones de crecimiento para América Latina y el Caribe:
en enero calculaba un crecimiento regional del PIB del 1,6 por ciento,
pero ahora estima una caída de entre el 1,8 y 5,5 por ciento.
La actual dislocación de los mercados financieros, la caída
de los precios de los productos básicos y la reducción de los flujos de
entrada de capital afectará especialmente a los países del Mercosur.
Este shock de oferta será
acompañado porla caída en la demanda, puesto que sus principales socios
comerciales también estarán afectados por la contracción económica (se
prevee un escenario donde los países desarrollados llevarán adelante
políticas comerciales más restrictivas). El Mercosur debe responder a
estas dificultades de manera coordinada, con más integración hacia el
interior y, al mismo tiempo, más apertura al mundo.
Argentina, en particular, necesita de un Mercosur sólido y actualizado. En medio de la negociación de su deuda pública, no puede darle la espalada a negociaciones comerciales que le permitirían dinamizar su economía en el futuro.
Durante el siglo pasado, todos los países que integran el bloque atravesaron por crisis económicas devastadoras en las que la hiperinflación,
la pobreza extrema y la desigualdad crearon estragos en la sociedad. No
podemos permitir que esto suceda de nuevo. La solución pasa por actuar
en conjunto.
El
problema es que, en muchos sentidos, la pandemia ha hecho que las
naciones se aíslen dentro de sus fronteras. Es importante decirlo: el
aislacionismo no es la solución. De esta crisis solo se saldrá con mayor
integración política y económica. Y saber aprovechar la integración que
ofrece un bloque como el Mercosur exige adaptarlo a los nuevos tiempos.
Esa modernización deberá tener como ejes centrales la claridad y la
transparencia para trazar un mapa de ruta que genere certezas y no más
incertidumbre de la que ya existe.
Hacerlo no es tan complicado si los socios son francos sobre la necesidad de hacer cambios.
En
primer lugar, los miembros deben dejar claro que los beneficios
regionales ya adquiridos no estarán en juego y para ello es vital
consolidar y profundizar la zona de libre comercio. Cumplido este paso,
se debería preparar la plataforma institucional para fomentar más
acuerdos internacionales, ya sea de forma bilateral o que se decidan
negociar en conjunto.
También
es necesario flexibilizar las condiciones de las negociaciones de
acuerdos que los miembros decidan abordar en bloque. En este sentido, un
precedente importante es el que se consideró para el recién concluido
acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, que incluye la figura de
la ratificación bilateral.
Cuando un acuerdo se firme, cada país que lo ratifique podrá comenzar a
hacer uso del mismo sin necesidad de esperar a los demás miembros del
bloque. Esa modalidad —utilizada ya, aunque solo en pocos acuerdos—
debería ser la norma de aquí en adelante.
Por
otra parte, cada país del bloque debería tener la libertad de avanzar
bilateralmente en acuerdos con países que sean de su interés. Y para que
esto sea dentro de un marco equilibrado y transparente se podría
considerar, por ejemplo, cláusulas que favorezcan la lógica de la
transparencia más que de consulta o “veto”. Hay otros acuerdos regionales
que ya han creado mecanismos en los que se establece que si uno de los
socios desea comenzar un acuerdo comercial con un país externo al
bloque, solo deberá avisar (no consultar) a los socios antes de iniciar
las negociaciones. Mercosur debería remover la lógica de “veto” que hoy existe para generar una mayor dinámica comercial.
Por
la realidad regional y los inmensos desafíos que abrirá el nebuloso
horizonte post-COVID, es urgente que el Mercosur se modernice para
avanzar en conjunto su agenda de desarrollo. Los mecanismos de
integración podrían transformarse en espacios centrales para un mundo
que necesitará como nunca de coordinación y diálogos permanentes.
Nicolás Albertoni (@N_Albertoni)
es investigador del laboratorio de Economía Internacional y Seguridad
(SPECLab) de la Universidad del Sur de California y autor de tres libros
sobre la integración regional de América Latina.
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jueves, 26 de marzo de 2020
CONTINUIDAD EN LA OEA
OEA: Más vale Almagro conocido que buena por conocer

Los cambios generados por las últimas elecciones latinoamericanas alteraron en algo el apoyo a Luis Almagro. Ganó con Luis Lacalle Pou, quien sustituyó a Tabaré Vázquez; también con la situación en Bolivia, así como por el representante en la OEA del presidente (encargado) de Venezuela, Juan Guaidó. Perdió con Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández. Pero, en definitiva, se impuso la dispar revaloración de la democracia que —aunque Latinobarómetro no lo registre así— pareciera ir retomándose en América Latina.
El pasado viernes 20 de marzo, el uruguayo Luis Almagro (56) fue
reelecto por 23 votos, de un total de 33, para un nuevo periodo de
cuatro años como secretario general de la Organización de Estados
Americanos (OEA). Almagro compitió con la excanciller ecuatoriana María
Fernanda Espinosa, y contó con el apoyo de los Estados Unidos, Brasil,
Colombia, Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Venezuela, entre otros.
Espinosa fue respaldada por Argentina, México, Antigua y Barbuda, y
San Vicente y las Granadinas, así como una decena más de países del
Caribe, ganados por los petrodólares chavistas de la época del ALBA,
pero no así por Ecuador, donde se desempeñó como ministra de Relaciones
Exteriores de la administración Rafael Correa.
Los cambios generados por las últimas elecciones latinoamericanas
alteraron en algo el apoyo a Almagro. Ganó con Luis Lacalle Pou, quien
sustituyó a Tabaré Vázquez; también con la situación en Bolivia, así
como por el representante en la OEA del presidente (encargado) de
Venezuela, Juan Guaidó. Perdió con Andrés Manuel López Obrador y Alberto
Fernández. Pero, en definitiva, se impuso la dispar revaloración de la
democracia que —aunque Latinobarómetro no lo registre así— pareciera ir retomándose en Latinoamérica.
Es cierto que desde 2015 a la fecha el panorama americano ha cambiado
y mucho. Almagro, entonces propuesto por el expresidente uruguayo Pepe
Mujica, obtuvo 33 de los 34 votos en un contexto regional donde todavía
se sentía la ola neopopulista que imperó en el continente.
El primer Almagro (2015-2020) se autopresentó como un secretario
general práctico que lucharía por la unidad americana, ajeno a las
declaraciones ideológicas, una práctica corriente en funcionarios
latinoamericanos.
Paulatinamente, y ante el carácter desembozado que mostraba el
régimen chavista, Almagro fue erigiéndose en un firme defensor de los
derechos humanos y por ende en acusador de Nicolás Maduro y la cúpula
militar imperante en Miraflores.
No fue ese el talante aplicado para con el régimen de Daniel Ortega.
Personal de su estricta confianza — Luis Rosadilla— fue y vino varias
veces entre Washington y Managua en busca de una salida a la crisis que
empantanaba más y más al sandinismo atornillado en el poder.
Finalmente,
Almagro tomó una postura de cuestionamiento del régimen devenido en una
sangrienta dictadura que contabiliza más de 300 muertos, centenares de
presos políticos —con tandas de excarcelamiento, pero con esos
ciudadanos opositores mantenidos bajo represión— y múltiples jóvenes
apaleados y reprimidos.
Otra inconsistencia de Almagro durante su periodo en la secretaría
general de la OEA fue su apoyo a una tercera reelección del expresidente
Evo Morales, pese al rechazo ciudadano expresado en un referéndum, si
bien luego denunció el fraude electoral ocurrido en Bolivia.
En lo referente a Cuba, Almagro ha sido diáfano en exigir el
restablecimiento de la democracia en la isla gobernada desde 1959 por un
régimen de partido único.
La candidata de Nicolás Maduro y el régimen cubano, Espinosa, quien
en lo previo parecía concitar más apoyo, obtuvo diez votos que también
miden el decrecimiento regional de las aventuras populistas, más allá de
los resultados electorales del año pasado en Argentina y México.
Artículo publicado en el portal Análisis Latino, de CADAL, el 24 de marzo de 2020.
lunes, 11 de noviembre de 2019
La inevitable caída de Morales

Evo Morales, el indígena que sucumbió a las mieles del poder
El punto de inflexión de su largo mandato fue el 2016, cuando perdió el referéndum para cambiar la Constitución. Hoy, poco quedaba del humilde líder cocalero que asumió en su día la presidencia.
AMERICA NUESTRA
11/11/2019
Cuando el primer
presidente indígena de América Latina nació, en octubre de 1959, estaba
destinado a llamarse Evaristo. Así lo establecía el «calendario
pintoresco de Brístol», tan en boga en aquella época para otorgar
nombres de santos católicos a los recién nacidos. Pero a Dionisio Morales no
le gustaba la idea, aquel nombre era demasiado largo para su hijo
varón. Como si algo le dijera que aquel bebé que luchaba por sobrevivir
desde antes de nacer, algo que no consiguieron los dos hermanos que le
precedieron, necesitaba un nombre sonoro e impactante para cambiar el
destino de su nación.
Así que optó por Evo, la versión más corta del nombre inicial, una
contracción de la que sólo quedaron las dos primeras letras y la última.
Todo aquello previa discusión con el sacerdote, que en aquellos tiempos
también mandaba mucho.
Las peripecias de su nacimiento y bautizo las describe el propio líder ‘aymara’ en su autobiografía, ‘Mi vida, de Orinoca al Palacio Quemado’,
un largo relato de cómo la vida se confabuló con la política para
empujarle hasta la Presidencia de su país, un puesto hasta entonces
vedado para los indígenas. Hoy, 60 años después de su nacimiento y
transcurridos 14 de su primer triunfo electoral, el nombre de Evo, el que fuera el mandatario actual más longevo del continente,
ya forma parte del abanico de nombres, tan cortos e impactantes como el
suyo pero que tanto han cambiado la Historia de la región: Fidel, Lula,
Raúl…
Lo más paradójico es que ya no queda mucho de aquel Evo, el que
alcanzó al poder desde la dirigencia ‘cocalera’ de los Andes bolivianos,
en dura pugna con los poderes de toda la vida de un país sumido en la
pobreza. Un giro inesperado para una Bolivia con presidentes que hablaban con un acento tan gringo que ni se les entendía.
Un simple vistazo al hasta ahora todopoderoso presidente le acerca
más a Evaristo, decidido a perpetuar su nombre en el poder, alargarlo a
la fuerza en la Historia de su país, incluso más allá de 2025, cuando
vencía la próxima legislatura. Si hay un punto de inflexión, sucedió en
2016, cuando perdió el referéndum para cambiar la Constitución.
«Los que dijeron ‘sí’ (48,7%) es para que siga Evo. Los que dijeron
‘no’ (51,3%) es para que no se vaya Evo», señaló el presidente a los
periodistas para confirmar que en la América de la revolución no importa mucho lo que quiera el pueblo. Ya lo demostró su gran padrino político y aliado, quien tras perder una consulta parecida en 2007 definió el triunfo de los estudiantes que le confrontaban como «una victoria de mierda».
SU «HERMANO», NICOLÁS MADURO
De Evo a Evaristo, aunque no sea oficial ni reconocido. Al propio
líder indígena le gusta repetir su nombre,»Evo» o «el Evo», como si se
diera cuenta de que las mieles del poder le estaban engordando y
quisiera subsanarlo con las palabras. Lo mismo le ocurrió a su aliado
Hugo.
Nada queda en el aburguesado Evo de hoy de la humildad de entonces («No
conocí la ropa interior hasta los 14 años»), olvidada por los
dispendios que acompañan a los líderes populistas del continente, otra
de las cuestiones que parte del país no le perdona al ya ex presidente, cuya principal salvaguarda ha sido la bonanza económica que disfruta el país andino.
Una bonanza nacida en la nacionalización de los recursos del gas (en su
mayoría en manos brasileñas) y de una administración solvente y eficaz
de las cuentas públicas, siempre bajo la tutela de su inefable
vicepresidente, García Linera, el cerebro gris de la administración del Movimiento Al Socialismo (MAS), y del ex ministro Luis Arce.
Morales se ha gustado apoltronado en el poder, tan protegido que no dudaba en patear sin disimulo a quien le presionaba,
ya fuera en una de esas habituales pachangas de fútbol o en una partida
del ajedrez político. El indígena ‘aymara’ persiguió sin disimulo a su
enemigos políticos, castigó a la prensa privada, se aprovechó del
poderoso aparato estatal para llenar las urnas y se alineó de forma
irrestricta con su «hermano» Nicolás Maduro, más allá de las torturas y las ejecuciones extrasumariales denunciadas por la que fuera presidenta izquierdista de Chile, Michelle Bachelet, con la que Evo jamás hizo buenas migas. El histórico diferendo de la salida al mar de Bolivia lo impidió una y otra vez.
Como ya anunció durante la pasada campaña, una vida como la suya,
rebosante de jornadas maratonianas de casi 20 horas, necesitaba un
segundo volumen de biografía. «Hasta ahora no nos equivocamos, juntos
cambiamos la Historia. ¡Vamos por un futuro seguro!», clamó el líder
revolucionario en Oruro, cerca de su su Orinoca natal, un pueblito tan
pequeño que los mapas se olvidaron de él. Allí, donde la lucha por la
supervivencia y contra la exclusión le forjó hasta convertirle en un líder carismático empeñado en convertir en su hogar el Palacio Quemado, la antigua sede presidencial. Pero ya no podrá ser. La calle, la OEA, el ejército, la policía han doblegado a Evo Morales.
viernes, 26 de julio de 2019
DE LA NATURALEZA POLITICA DEL FRENTE AMPLIO
I.- Nuestro estimado colega Oscar Bottinelli publica en la página de ”Análisis” de ”El Observador” de Montevideo, el domingo 23 de enero 2011, una nota que lleva como título ”EL FA COMO PARTIDO O COALICION”. Su intención fundamental es convencer a los lectores de que el Frente Amplio es ”un partido político a la uruguaya”.
Como suele ser el caso, Bottinelli lleva a cabo una serie de consideraciones que resultan en grandes líneas compartibles porque él es, por formación y profesión, un agudo observador de la realidad política nacional. Asi, por ejemplo, nos informa que ”El Frente Amplio tiene una conformación particular, producto además de la existencia de dos grandes visiones -dificilmente compatibles- en cuanto a arquitectura política”. No queda muy claro, al inicio del artículo, cuales son las dos grandes visiones ”difícilmente compatibles”, pero más adelante se hace explícito que una visión es la que percibe al Frente Amplio como ”un partido político” y, otra, sería la que lo percibe como “la llamada coalición de izquierda”.
Bottinelli se pronuncia claramente por la calificación del Frente como un partido político. Nadie puede cuestionar la pertinencia (lo que no quiere decir la exactitud) de esta afirmación porque es evidente que una enorme cantidad de uruguayos perciben, con razón o sin ella, al Frente Amplio como si fuese, efectivamente, un partido político. Y tiene nuevamente razón Bottinelli cuando afirma que nuestros conciudadanos lo perciben, más precisamente, como ”un partido a la uruguaya”.”Partido a la uruguaya, porque la arquitectura normal de un partido político uruguayo es el de una entidad política con identidad propia, con valores propios y diferenciados, pero compuesto por corrientes que cubren un abanico muy amplio y hasta contradictorio en cuanto a modelos de sociedad y de país, y en cuanto a concepciones ideológicas.”
Bottinelli se extiende en una serie de reflexiones, también atinadas, sobre las características de los partidos políticos tradicionales de nuestro país que, desde siempre, tuvieron la cualidad de conformar, a la vez, grandes identidades políticas muy claramente definidas y articular sectores y corrientes internas que, sobre determinados temas, podían tener grandes diferencias filosóficas, ideológicas, etc. Habiendo sido así desde tiempo inmemoriales los partidos tradicionales uruguayos, ¿porqué no sería el Frente Amplio una simple ”nueva versión” de nuestros viejos partidos ”catch all a la uruguaya”?
II.- Sin embargo algo le molesta al autor cuando pretende hacer explícito el argumento del paralelismo entre la historia de diversidad interna de los partidos tradicionales y la sorprendente amalgama de posiciones políticas que se cobijan en este supuesto nuevo partido de izquierda. Para el autor, ”Desde que se constituyó en 1971...” se trata de un ”...Frente Amplio (que) alberga corrientes diferentes: socialdemócratas, marxistas, marxistasleninistas, de izquierdas libertarias, revolucionarias sin ideología definida...”. Y Bottinelli es discreto porque la enumeración será evidentemente mucho más larga y contradictorias cuando ensayemos, algo más exhaustivamente, calificar todas y cada una de las fracciones del Frente Amplio y sus variedades ideológicas. Y eso que le molesta queda claro rápidamente porque, en la frase siguiente, Bottinelli nos dice después de la enumeración mencionada: ”Quizás la distancia ideológica (dentro del F.A.) pudiera ser mayor que la habida en los partidos tradicionales“: aunque ”no necesariamente”, corrige rápidamente Bottinelli, si pensamos en el Partido Colorado y el Partido Nacional de 1930. Es decir, en buen castellano, si pensamos en las diferencias que se crearon dentro de los partidos tradicionales en la conyuntura del golpe de estado de Terra en 1933. O sea Bottinelli tiene que ir a buscar uno de los momentos del siglo XX de crisis partidaria más intensa dentro de los partidos tradicionales para encontrar contradicciones internas relativamente parecidas a las que existen, desde 1971 hasta la fecha, en el entrevero ideológico que ha sido, es y será el Frente Amplio.
En realidad sólo hasta aquí nos interesa el artículo de Bottinelli. Como hemos señalado en artículos anteriores de este Blog, en nuestro país la agenda política ha sido fagocitada por el Frente Amplio y, como lógica consecuencia, nuestro estimado colega escribe el artículo para la interna del Frente. Ël está empeñado en desarticular el discurso de aquellos frenteamplistas que pretenden que el Frente sea una alianza o una coalición y no un partido. Y suponemos que lo hace porque los frenteamplistas partidarios de esta visión ”federal” del F.A. no solamente le están haciendo la vida imposible al presidente: están en una patética dinámica de fagocitosis sectorial, de disputa por espacios, por influencia, por recursos financieros, etc. etc., que Bottinelli parece no compartir.
III.- Nada de eso nos interesa directamente a nosotros, con la sola excepción de un tema: creemos, a diferencia de Bottinelli, que el Frente Amplio nunca fue un partido político y probablemente nunca lo sea. El propio Bottinelli, para designar al Frente, tiene que utilizar la triste y peligrosa expresión: ”una fuerza política” que se repite ominosamente en nuestro lenguaje político cotidiano desde hace casi una década.
Nos parece evidente que el argumento de que ”las distancias” ideológicas de los sectores existentes dentro de los partidos tradicionales pudieron llegar a ser, en determinados momentos tan amplias como las que ostenta el Frente Amplio desde su fundación, es totalmente irrelevante. Es más, aunque alguien demostrase que las diferencias ideológicas dentro del Partido Colorado o del Partido Nacional hubiesen sido tan o mas amplias que las que ostenta el Frente Amplio desde su nacimiento, en nada cambia el hecho que los partidos tradicionales constituyen identidades históricas y culturales, pre-ideológicas, que mediante la generación de liderazgos partidarios, funcionaron y funcionan como imaginarios aglutinadores de voluntades políticas desde hace casi 170 años. Así ha sido: los blancos ”se viven” como blancos, independientemente del candidato que voten, y los colorados ”se viven” como colorados más allá de sus opciones electorales coyunturales. En el Frente Amplio, más allá de una epopeya antidictatorial (cada vez más voluntariamente distorsionada con respecto al transcurso efectivo de los acontecimientos a los efectos de poder ser monopolizada por él mismo Frente) hay muy poca identidad sólidamente construída porque hay muy poca historia padecida y construída en común.
Esencialmente, además de historias prestadas de viejos partidos de izquierda que dejaron de ser tales hace décadas en todo el mundo políticamente desarrollado, la única "identidad frenteamplista" ha sido la construída en décadas de empeño para destruir los elementos republicanos y liberales que el país posee y que constituyen un capital institucional que, aunque claramente insuficiente para resolver todos sus problemas, sólo pueden ser la base de cualquier Uruguay futuro. El Frente Amplio es la coagulación electoral y política de aquella compulsiva postura intelectual que, a partir de los años 45, decidió desdeñar. por hastío o por tiliguería, un régimen democrático y una cultural política que, en aquel entonces y hasta bien entrados los años 60 (Cf. "La Poliarquía", Dahl , Robert, p. 221), calificó entre las únicas 26 democracias poliárquicas del planeta. Por ello, lo que interesa cuando uno se pregunta con Bottinelli ¿cual es la naturaleza política del Frente Amplio? no solamente es posible elegir el camino de evaluar esa naturaleza en términos de toda la distancia ideológica y filosófica que separa a sus disparejos grupos integrantes. En realidad es importante, también, evaluar esa naturaleza política aquilatando en qué términos y en torno a qué puntos esa desmadejada cuadrilla de grupos ha decidido y logrado convivir como una unidad política. O sea, en otros términos, cuales son los reales puntos de coincidencia de este supuesto partido político ”de izquierda”.
IV.- Analicemos entonces, la inquietud de nuestro autor desde ambas perspectivas.
1).- Primero, y siguiendo su razonamiento, vale la pena revisar brevemente los distintos perfiles ideológicos de los principales grupos que integran la organización hoy en el poder y aquilatar sus distancias ideológicas.
- a) El Frente Amplio tiene en su seno, en primer lugar, un mayoritario MPP cuyo difuso rumbo ideológico proviene de un guevarismo foquista, tan actual como el estalinismo comunista, y que se reduce a un relato, entre literario y marketinero, de epopeyas "militares" pasadas que esconden derrotas históricas ilevantables;
- b) Un Partido Comunista que es (y, para peor, lo es cada vez más) una triste caricatura del más ramplón de los estalinismos que hasta utiliza, desembozadamente, "correa de transmisión sindical", como lo requería el comunismo de los años 30. Es decir un Partido comunista que, en esencia, termina siendo pre-krushoviano.
- c) Un Partido Socialista que, allá por 1967-68, claudicó ante el populismo "trabalhista" de un Brizola refugiado en Uruguay y ante el "nacionalismo revolucionario" de Vivian Trías, luego de renegar de todo el ideario de la IIa. Internacional, y expulsar a su insigne fundador, Don Emilio Frugoni. Su relación ideológica sustantiva con los partidos social-demócratas actuales constituye una incógnita puesto que, sistemáticamente controlado por un arcaismo visceral, está más cerca de Castro y de Chávez que del PSOE, del laborismo inglès, o de cualquier de los otros congéneres europeos de ese perfil.
- d) Una Vertiente Artiguista, que funge como la prolongación más ostensible de aquella supuesta "conciencia crítica" de 1945, y que recoge las veleidades "progresistas" de intelectuales, funcionarios, pequeños empresarios, propietarios "acomodados" y de clase media que, en una suerte de "gauche caviar" vernácula, permanece ideológicamente atada al catálogo ideológico del 68 parisino: feminismo, ambientalismo, espontaneidad "vital", "naturalismo", libertad ante las opciones de género, énfasis en la política cultural, etc. todo salpimentado de una discreta dosis de displicencia posmoderna,
- e) En realidad, como corriente política "actual", históricamente vigente y poseedora de un discurso efectivamente "contemporáneo", dentro de esta extraña amalgama sólo puede distinguirse a Asamblea Uruguay que ensaya, sin demasiada elegancia, mantener posturas social-demócratas. Se podrá estar de acuerdo o no, pero, más allá de las permanentes concesiones que debe de hacerle al resto del Frente (por ejemplo no comprometer para gasto corriente el astronómico crecimiento de la recaudación), nadie puede negar que la mayoría de sus posturas resultarían aceptables para las democracias liberales políticamente desarrolladas.
- f) Un ”Nuevo Espacio” cuyos lejanos orígenes batllistas y batallistas sólo son legibles en el recurso sistemático al uso electoral de distintas versiones del número 99 y cierta ”moderación” genérica (excepto en el tema violación de los derechos humanos por la dictadura) que, conjuntamente con Asamblea Uruguay y Alianza Progresista, les viene de su antigua relación con ambos partidos tradicionales.
- g) Una Alianza Progresista, también originada en escisiones de partidos tradicionales, cuya razón de ser hubo de ser esencialmente potenciar la candidatura a la vice presidencia de un Nin Novoa, personaje funcional para acompañar la candidatura de Tabaré Vázquez y, al mismo tiempo, recoger los restos del viejo progresismo católico que parece haberse difuminado en un ”progresismo” a secas.
- h) Por último conviene recordar al CAP-Libertad y a Claveles Rojos que son esencialmente dos etiquetas de utilidad táctica para la diversificación y el crecimiento del mayoritario MPP del presidente Mujica.
Es también cierto que, como veremos, precisamente en la medida en que estamos ante un formato político no partidario, hay un sinnúmero de grupos, fracciones, sectores y facciones sindicales, líderes locales y barriales, etc, que, aunque carecen de representación parlamentaria forman parte de esta compleja realidad política que dice llamarse Frente Amplio. Su operativa política se asienta en una nebulosa de prácticas ”pre-ciudadanas” que se organizan en diferentes registros de la lógica corporativa y de defensa de intereses grupales y particulares.
2).- Pero si nos vamos a plantear con rigor la pregunta sobre la naturaleza política del Frente Amplio, la pregunta decisiva no es la que interroga "sobre las discrepancias internas" de los grupos intergrantes de esa entidad. La pregunta clave es, como dijimos, ¿que es lo que lleva a tanta y tan diversa gente a estar juntos en el seno de eso que se autodenomina Frente Amplio ?
Y las respuestas a esta pregunta son múltiples. La más obvia y superficial es, evidentemente, una reacción de rechazo electoral a las opciones ofrecidas en las últimas elecciones por los partidos tradicionales. Pero no es difícil advertir que la emergencia del Frente Amplio no es un fenómeno electoral. La segunda respuesta, también muy poco convincente, es que la emergencia de este ”partido de izquierda a la uruguaya” tiene alguna relación de causalidad con los 13 años de dictadura y autoritarismo militar………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….
V.- En nuestra opinión Bottinelli se equivoca en discutir si el Frente Amplio es "un partido político a la uruguaya" o "una coalición de izquierda". Y se equivoca por partida doble. En primer lugar la institución cuya naturaleza politica debe ser investigada es el "Encuentro Progresista" y no es el Frente Amplio ya que, por más que se juegue publicitariamente con la denominación "FA-Encuentro Progresista", el conglomerado más amplio, abarcativo y decisivo es electoral, parlamentaria, políticamente e ideológicamente el "Encuentro Progresista". Inteligentemente, en su artículo Bottinelli no lo toma en cuenta porque nadie puede siquiera iniciar la argumentación que el Encuentro Progresista tenga algo que ver con "un partido político a la uruguaya”: su inorganicidad partidaria es demasiado obvia.
Pero, en segundo lugar, Bottinelli se equivoca en la elección de los términos que pretende oponer (partido político vs coalición) y entre los que se propone terciar. Desde las propias dudas que nuestro autor manifiesta en su pretendida comparación con la diversidad interna que, con altibajos, siempre acompañó la historia de los partidos tradicionales, hasta el breve análisis que hemos realizado hasta aquí, donde resaltamos no solamente la desproporcionada diversidad ideológica del Encuentro Progresista, sino más bien la existencia, por sobre cualquier consideración filosófica o programática, de la construcción de una "Voluntad" y una "Fuerza" políticas destinadas a desmontar, para siempre y por las más diversas y heterogéneas razones, la herencia republicana y liberal (y por ende "maldita") que construyó nuestra, si se quiere cojitranca, pero democracia liberal al fin. Esa clarísima e irresistible convergencia, desde los más diversos puntos cardinales del planisferio político hacia un ”moto” central y decisivo que funciona como el más eficaz aglutinador de las mayores divergencias políticas e ideológicas imaginables indica que el Encuentro Progresista es, ”genéticamente”, si es que la expresión cabe en política, "Un Movimiento".
miércoles, 7 de noviembre de 2018
Populism against Liberal Democracy in Latin America
Can Latin American Democracy Withstand the Populist Assault?
The region’s democratic systems have been tested by many authoritarian rulers throughout history. But lines of defense against its challengers often do their job.
By Javier Corrales
Mr. Corrales is a specialist in authoritarianism and populism in Latin America.

AMHERST, Mass. — It is common to think of Latin America as the land of no hope for democracy. Since independence, the region has been ravaged by authoritarianism and populism. Brazil’s new president-elect, Jair Bolsonaro, an ex-military macho promising zero tolerance of everything he dislikes, evokes a “here we go again” feeling. Once again, illiberalism seems ascendant, to the detriment of democracy.
But an alternative narrative is that Latin America is actually the land of democratic resilience. Always under attack, democracy does not always prevail, but it does not always die.
In their efforts to stay alive in an inhospitable environment, Latin American democrats have produced survival tactics and innovations. Frequently, these creations have allowed democracy to triumph.
The resilience of democracy in Latin America is impressive. In the current global wave of democracy, which started in the late 1970s, Latin America stands as the region where democracy spread and survived the most. Democracy spread to every country except Cuba and has survived in every country except Venezuela and Nicaragua, and possibly Honduras and Bolivia.
No doubt, during this era, the region has been assaulted by populist presidents who threaten liberal democracy: Market-oriented populists were the trend in the 1990s (Argentina, Mexico, Peru) and socialist populists in the 2000s (Venezuela, Ecuador, Bolivia). But even during those populist waves, many Latin American countries elected rule-respecting presidents, from either the right or the left, or defeated illiberal presidents at the polls.
If democracy has survived the assaults of dictators and populists, it has not been because of waning supply and demand for those offerings. Candidates offering some version of populist authoritarianism are as popular now as ever. Today it’s Mr. Bolsonaro. Twenty years ago it was the Venezuelan leader Hugo Chávez. And more will come.
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Democracy has survived instead because Latin American societies have learned to bolster the line of defense against democracy’s internal enemies. They’ve done it through institutional innovation.
First, Latin Americans have focused on institutions that regulate entry and exit mechanisms. At the entry level, the most important innovation has been the runoff rule.
Runoff rules have now been adopted by 75 percent of Latin American countries. Cynthia McClintock’s research shows the moderating effects of runoff rules. With a few exceptions, and Brazil’s recent election was one, illiberal presidents seldom manage to emerge from runoff elections. The beauty of second rounds is that they force contenders to bargain with other groups, often moderates, as just happened in Colombia this year. So electoral coalitions are less extreme.
On the exit side, a key barrier has been term limits. They were popularized by Latin America in the 19th century, long before the United States adopted the rule in 1951 with the 22nd amendment. Despite a recent weakening of term limits in Latin America, they still work. Mexico, for instance, with strict term limits since the early 20th century, has not had a classic dictator since. Most Latin American presidents respect term limits, and those who try to circumvent them usually face an uphill battle.
Another key lesson from Latin America is the importance of enhancing the autonomy of courts and social movements — important checks on illiberal presidents. Courts have the legal power to stop illiberal measures, and social movements can block them via resistance.
Ensuring that courts and movements remain detached from presidential influence is therefore vital, and Latin America has improved its scores on both fronts. A new book documents how Latin American countries for the most part have made the process of selecting judges more pluralistic, which makes it less dependent on the president.
Likewise, where social movements have resisted the temptation to be co-opted by presidents, illiberal presidents face barriers. In Ecuador, for instance, one of the most effective checks on the illiberal designs of former President Rafael Correa was the advocacy and resistance stemming from feminist, indigenous and environmental groups that refused to be folded into Mr. Correa’s ruling party.
A third lesson from Latin America is information maximization. Almost every Latin American country has expanded the number of watchdogs, or as they are often called, observatories. The obsession with observation started with electoral observation in the 1980s, but now covers a variety of public concerns: homicides, police activity, government-business relations, social policy, gender and sexuality. Argentina has even developed observatories of government economists, so that when the populist president Cristina Fernández instructed her officials to doctor economic figures, everyone found out about it.
Finally, some Latin American countries have taken to heart the very liberal principle that in a democracy, the winner shouldn’t win that much, and the loser shouldn’t lose that much. The most obvious example involves gender.
Women are one of the world’s most underrepresented groups in politics. But in Latin America, they have expanded their presence in legislatures, mostly after adopting quota systems mandating parties to nominate more women. More representation of women is no panacea, but it is a significant victory in a region where machismo is a frequent fuel of authoritarianism.
None of these lines of defense against illiberalism is foolproof. Runoff elections fail to deliver moderation if extremist candidates do well in the first round, as happened in Brazil. And crime and corruption remain Latin America’s foremost pollution, always choking democratic institutions and fueling demand for hard-liners like Mr. Bolsonaro.
Presidents still try tricks to weaken exit rules and undermine courts and social movements. States and nonstate actors have learned to use traditional and new media to counter fact-based reporting.
Political winners, even when they lose ground, always find ways to silence losers. And more inclusion can lead to more fragmentation of the opposition, which lowers the chances of blocking illiberal presidents.
Mr. Bolsonaro is likely to exploit these vulnerabilities. Brazilian democrats should not relax — they will need to reinforce their lines of defense and invent new ones.
Nonetheless, there is reason for optimism. Authoritarian populism is a recurrent threat in Latin America, and now in advanced democracies too. Democratic survival is never guaranteed. Countries often come close to falling prey to autocrats. But many times, these episodes become “near misses” rather than full crashes. Latin America continues to be a region where illiberalism often meets its match.
Javier Corrales, a professor of political science at Amherst College, is author of “Fixing Democracy: Why Constitutional Change Often Fails to Enhance Democracy in Latin America.”
LINK: https://www.nytimes.com/2018/11/06/opinion/can-latin-american-democracy-withstand-the-populist-assault.html?em_pos=small&emc=edit_ty_20181107&nl=opinion-today&nl_art=12&nlid=81090422emc%3Dedit_ty_20181107&ref=headline&te=1
LINK: https://www.nytimes.com/2018/11/06/opinion/can-latin-american-democracy-withstand-the-populist-assault.html?em_pos=small&emc=edit_ty_20181107&nl=opinion-today&nl_art=12&nlid=81090422emc%3Dedit_ty_20181107&ref=headline&te=1
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