lunes, 11 de mayo de 2009

UN PREMIO A LA CENTRO- DERECHA




UN PREMIO A LA CENTRO- DERECHA


Desde que Europa realiza “elecciones comunitarias” o “europeas”, es decir, elecciones para seleccionar autoridades supra-nacionales, la interpretación de los resultados electorales ha sido un rompecabezas para los analistas.

Entre el jueves y el sábado pasados, 27 países votaron para elegir 736 escaños en el Parlamento Europeo, una institución con poderes crecientes en la lógica integracionista de la Unión. Si bien las conductas de los electores eran razonablemente consistentes con las respectivas realidades políticas nacionales, -(incluso una tasa de participación relativamente más baja que en las elecciones de cada país, era esperable)-, el resultado final que surgía tradicionalmente, en el caso de la composición final del Parlamento Europeo planteaba más de un interrogante y muchas veces no era claro “hacia dónde votaba Europa”. La razón más plausible era que los electorados de los distintos países se permitían en las elecciones europeas emitir votos más "contestatarios” que en las lecciones nacionales ya que percibían que el impacto de su voto “europeo” era mucho menos directo y concreto que el del voto nacional

En este caso, en plena crisis económica, y con una perspectiva de mediano plazo nada halagûeña para la economía europea, una lectura superficial habría augurado una suerte de “voto-castigo”, más bien fuerte, para los partidos de centro-derecha en el poder que gobiernan mayoritariamente en Europa. Angela Merkel, Nicolas Sarkozy o Silvio Berlusconi deberían de haber sufrido alguna erosión más no fuere por las tasas de desempleo que se han incrementado fuertemente en sus respectivos países. No olvidemos que, para muchos, esta crisis económica tiene mucho de fracaso de las políticas inspiradas en el liberalismo económico y, para más de un despistado, es una de las tantas pruebas de la inviabilidad del capitalismo. Al mismo tiempo, gobiernos de izquierda como el de Rodríguez Zapatero, o el de Gordon Brown, fueron, particularmente este último, fuertemente golpeados y la social-democracia alemana, en este caso en una incómoda posición minoritaria en la coalición de gobierno, cayó hasta obtener el score electoral más bajo desde la post-guerra.

Es que, en algún sentido, paradójicamente los electores de Europa votaron una poco más “europeamente” -(y menos nacionalmente)- que antes y optaron por la centro-derecha mientras que los partidos de la izquierda tradicional -(esencialmente el bloque socialista que se presenta bajo el lema “Partido Socialista Europeo”)-, mas referidos discursivamente a la problemática nacional, recogen una de las derrotas más amplias de los últimos tiempos.

El resultado convoca dos explicaciones distintas que, sin embargo, no son contradictorias entre sí.

La primera consiste en reconocer, de una vez por todas, que es evidente que las izquierdas tradicionales europeas persisten en aferrarse a una retórica elaborada en el momento de gloria del Welfare State y no han podido reconstruir un discurso efectivamente contemporáneo con la problemática social que las sociedades europeas están enfrentando. Es más, no faltó algún líder político socialista que, en privado, se frotase las manos ante el avance de la crisis y pensase, muy latinoamericanamente, “cuanto más crisis tengamos, mejor será para la izquierda”. En ese registro, hace tiempo que los electorados europeos no sintonizan. El discurso centrado en la protección social de corte más bien asistencialista, en la defensa del mercado nacional como medida para paliar la crisis, en la permanencia de un estado siempre omnipresente mediante un funcionariado público corporativamente aferrado a sus privilegios y, todo ello aderezado de un obrerismo preocupado por la exportación de las industrias a los países emergentes, no logró convocar al grueso del electorado. Los aproximadamente 160 votos logrados por esta izquierda, en comparación con los casi 270 de la centro derecha expresan ese malentendido. En este razonamiento, el fenómeno que se logra explicar -(dejando de lado el desempeño de algunos países nórdicos)- es porqué la izquierda tradicional europea perdió las elecciones y cayó a un pobre 21% de los votos emitidos.

La segunda explicación apunta, aunque parezca de perogrullo, a explicar, en cambio, porqué la centro-derecha ganó las elecciones. Y dos parecen ser los argumentos fuertes que explican este triunfo que consistió en mantener aproximadamente el mismo 36% de los votos que en 2004. En primer lugar, los gobiernos de centro-derecha fueron bastante pragmáticos y, enfrentados a la crisis, rápidamente recurrieron a medidas de intervención y de regulación económica y financiera, sin abandonar la retórica liberal, con lo que que desarmaron a una izquierda que no supo proponer otra alternativa diferente. En segundo lugar, la centro-derecha tuvo la capacidad de capitalizar, sino el miedo, al menos la generalizada aprehensión que la brutalidad de la crisis ha instalado en la sociedad europea. Ante la inexistencia de una propuesta de izquierda renovadora, más valía votar, quizás sin mucho entusiasmo, a una centro-derecha que parecía ser relativamente eficiente en la contención de la catástrofe.

Hay un tercer elemento que debe ser señalado y que permite explicar porqué razón la centro-derecha logra buen triunfo cuando, en realidad -(lo que no es poco en tiempos de crisis)-, mantiene el porcentaje total de votos obtenido en 2004. Considerando que la representación europea de los partidos que podrían ser catalogados de “liberales”, aunque en baja, se mantiene en torno a algo más del 10%, el cambio parece haberse dado en el crecimiento del electorado dispuesto a dar su voto a partidos que recogen la tradición de votar “contestatariamente” en las elecciones europeas.

Así se verifica un fuerte crecimiento del voto ecologista en Francia; un partido “anti-islámico” en los Países Bajos probablemente llegue a sumar el 15% del electorado de ese país; la Liga Norte, en el seno de la alianza con Berlusconi, con su discurso anti-inmigración, consigue una excelente votación; en Austria, Rumania, Hungría y Dinamarca los partidos de extrema derecha logran resultados sorprendentes; el Partido “Pirata” de Suecia, -(cuya plataforma electoral gira en torno a la limitaciòn de los derechos de autor y la liberalización de todos los contenidos de Internet para uso sin fines de pucro)- lograría al menos un euro-diputado, y hasta el Partido Independentista británico, que lucha por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, logra ¡oh paradoja! una gran votación europea.

En esta heterogénea mezcla, separando, por un lado, el voto “verde”, que parece ir adquiriendo una verdadera ciudadanía europea cada vez mas consistente y, por otro, los casos decididamente folklóricos, quizás se pueda entrever un cierto empuje de la xenofobia y del voto “chauvinista” de extrema derecha. En realidad eso es poco probable a escala europea y no sería la primera vez que esa “ola” se insinúa pero luego se desdibuja a nivel de las elecciones nacionales. La presencia firme de partidos como los socialcristianos alemanes, el Partido Popular en España y de líderes como Sarkozy o Berlusconi que nunca descuidan su derecha, hace remota la posibilidad de que la extrema derecha se generalice, al menos, en lo inmediato.

En resumen: una elección sin demasiadas sorpresas: una centro-derecha que se mantiene a pesar de la crisis, una izquierda tradicional que no termina de sacar las consecuencias de sus repetidas derrotas, un movimiento "verde" que parece avanzar hacia una cierta consolidación. Lo más destacable, en todo caso, es que la elecciones "europeas" comienzan a robarle parte del protagonismo a las tradicionales elecciones nacionales: signo, seguramente positivo, que la supranacionalidad de la Unión se consolida.